El salón de la duquesa de Monmouth olía a cera de abejas, perfumes caros importados de París y al sutil pero inconfundible aroma de la hipocresía aristocrática. Bajo las gigantescas arañas de cristal de Bohemia, la alta sociedad londinense se desplazaba con la gracia mecánica de un reloj de cuerda.
Lady Miranda se obligó a mantener la sonrisa perfecta que su institutriz les había enseñado a los siete años. Una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos gris tormenta, ocultos tras el parpadeo constante de su abanico de seda.
—Es un espécimen fascinante, ¿no cree, Lady Miranda? —comentó a su lado el barón de Rothbury, un hombre gordo cuyo aliento apestaba a jerez—. Dicen que el capitán francés ha hundido más barcos de su majestad que toda la flota española junta. Y ahora el Ministerio de Guerra ofrece una recompensa que sacaría de la miseria a tres condados.
Miranda desvió la mirada hacia el grupo de caballeros que se agolpaba cerca de las chimeneas de mármol. Hablaban del tema de moda en los clubes de Mayfair: el Albatros, un navío corsario que estaba burlando el bloqueo naval en el Atlántico, y su escurridizo capitán, Gabriel.
—Los hombres del mar suelen ser criaturas toscas y sobrevaloradas, mi lord —respondió Miranda con una voz deliciosamente arrastrada, modulada para sonar como la de una aristócrata aburrida de la vida—. Dudo que ese tal Gabriel sea más que un pirata con suerte y modales de taberna.
El barón soltó una carcajada que hizo temblar su chaleco de brocado.
—¡Oh, las damas siempre tan severas! Si me disculpa, iré a buscar más ponche.
En cuanto el barón se alejó, la sonrisa de Miranda desapareció de inmediato. Sus dedos, enguantados en fino encaje blanco, se tensaron sobre las varillas del abanico. Con un movimiento fluido, se dio la vuelta y caminó hacia la galería de los retratos, alejándose de la música del vals y del murmullo de la multitud.
La galería estaba en penumbra. Al final del pasillo, semioculto tras una pesada cortina de terciopelo carmesí, la esperaba un hombre de cabello canoso y levita impecable: lord Sterling, director de la sección de inteligencia del Ministerio de Guerra.
—Llegas tarde, Miranda —susurró el anciano, sin mirarla, manteniendo los ojos fijos en un cuadro de la Armada Invencible.
—El barón de Rothbury es un hombre insistente, milord. Y yo tengo que interpretar mi papel de debutante codiciada —replicó ella, situándose a su lado. Su postura recta y la fijeza de su mirada distaban mucho de la joven frívola de hacía unos minutos.
—No tenemos tiempo para ironías. El asunto del Albatros ha dejado de ser una molestia menor para convertirse en una crisis de estado.
Sterling metió la mano en el bolsillo interior de su levita y extrajo un pequeño sobre de lacre negro, que deslizó con disimulo en el bolso de cuentas de Miranda.
—¿Qué es? —preguntó ella, sintiendo el peso del secreto entre sus manos.
—Nuestros informantes en Francia confirman que el capitán Gabriel ha interceptado un cuaderno de bitácora cifrado. Contiene las rutas de todos los convoyes de oro que regresarán de las Antillas este otoño. Si ese cuaderno llega a manos del gobierno francés, Inglaterra estará en bancarrota antes de que caiga la primera nieve.
Miranda arqueó una ceja.
—Supongo que no puedo simplemente enviar a la marina a cañonear su barco.
—El Albatros es demasiado rápido, y Gabriel conoce las corrientes del Atlántico mejor que nuestros mapas. Necesitamos a alguien dentro. Alguien que localice el cifrado, lo robe y sabotee el barco desde el interior.
—¿Dónde está el barco ahora?
—Anclado en los muelles de Dover, reabasteciéndose en secreto bajo bandera falsa. Zarpa en tres días rumbo al Caribe. Gabriel busca una institutriz que viaje a las colonias para hacerse cargo de los hijos de un terrateniente adinerado que viaja a bordo. Es una tapadera perfecta.
Miranda asimiló la información en silencio. El tic-tac de un reloj de pie al fondo del pasillo parecía contar los segundos que le quedaban a su vida cómoda en Londres. Adiós a los bailes de máscaras, a los vestidos de seda y a las cenas de gala. Hola al olor a brea, a la madera húmeda y al peligro constante.
Un brillo de anticipación, el primero de la noche, iluminó sus ojos grises.
—Mañana por la mañana, Lady Miranda sufrirá una repentina e inoportuna gripe que la obligará a recluirse en su casa de campo —dijo ella con una media sonrisa—. Y una tímida, asustadiza y desmañada huérfana llamada Miss Andrews se presentará en Dover buscando empleo.
—Ten cuidado, muchacha —advirtió Sterling, mirándola por primera vez a los ojos—. Gabriel no es un pirata corriente. Es educado, es letal y tiene un instinto diabólico para oler las mentiras. Si descubre quién eres, el Atlántico será tu tumba.
—Entonces me aseguraré de que mis mentiras huelan mejor que sus mejores perfumes, milord.
Miranda le dedicó una última reverencia perfecta, dio media vuelta y regresó al salón de baile, lista para danzar su último vals antes de convertirse en una sombra.