Donde el viento no tiene dueño

Capítulo 2: El sabor de la sal y la madera

El trayecto en carruaje hasta Dover fue el último recordatorio de la comodidad que Miranda dejaba atrás. A medida que el traqueteo de las ruedas la alejaba de la opulencia de Mayfair, el paisaje verde y ordenado de la campiña inglesa dio paso a la bruma gris, espesa y gélida del canal de la Mancha.

Para cuando el carruaje se detuvo cerca de los muelles, Lady Miranda ya no existía.

Frente al espejo empañado de una posada de mala muerte, Miranda contempló su transformación. Llevaba un vestido de lana basta de un color marrón desvaído, un corsé que no buscaba moldear su figura sino ocultarla, y un gorro de lino que recogía su vibrante cabello castaño, dejando libre únicamente un rostro artificialmente pálido gracias a un toque de polvo de arroz. Sus manos, habitualmente adornadas con anillos de diamantes, ahora lucían desnudas; se había frotado los dedos con piedra pómez para simular la aspereza de quien se gana la vida trabajando.

—A partir de ahora, eres Miss Andrews —se susurró a sí misma, ensayando una postura encorvada y una mirada sumisa, clavada en el suelo. El contraste era perfecto.

Salió a los muelles sosteniendo una única y desgastada maleta de cuero que contenía un par de mudas sencillas, unos cuantos libros de oraciones y, ocultas en el doble fondo, tres ganzúas de acero templado y un frasco de arsénico concentrado.

El puerto de Dover era un hervidero caótico de marineros borrachos, carromatos cargados de barriles y el griterío estridente de las gaviotas. El aire estaba saturado de un olor penetrante a pescado podrido, brea caliente y agua salada. Entre la hilera de mástiles que se mecían contra el cielo plomizo, Miranda divisó su objetivo.

El Albatros.

A pesar de que ondeaba una bandera mercante de las Provincias Unidas para despistar a las autoridades, cualquiera con buen ojo arquitectónico naval sabría que ese barco no estaba hecho para comerciar. Era una fragata de tres mástiles, de líneas limpias, casco oscuro reforzado y una arboladura imponente que prometía una velocidad endiablada. Parecía un depredador agazapado entre cisnes gordos.

Miranda tragó saliva, compuso su rostro de huérfana asustada y caminó por la pasarela de madera que conectaba el muelle con la cubierta del barco.

La actividad a bordo era frenética. Hombres cubiertos de hollín y sudor izaban cajas de provisiones y barriles de pólvora. Nadie le prestó atención hasta que chocó casi deliberadamente con un hombre corpulento que gritaba órdenes a los oficiales de cubierta.

—¿Qué demonios hace una mujer a bordo? ¡Cuidado con esa jarcia, maldito infeliz! —rugió el hombre, girándose hacia ella con el ceño fruncido.

—Dis... disculpe, señor —tartamudeó Miranda, encogiéndose de hombros y apretando la maleta contra su pecho—. Busco al capitán. Me dijeron en la taberna del puerto que... que buscaba una institutriz para el viaje a las colonias. Soy Miss Andrews.

El hombre corpulento, que resultó ser el contramaestre por el silbato de plata que colgaba de su cuello, la barrió con una mirada de desprecio.

—¿Una institutriz? Parece que un soplo de viento la arrojaría por la borda. Espere aquí, muchacha. Veré si el capitán tiene tiempo para perder con ratones de biblioteca.

Miranda se quedó de pie junto a la borda, fingiendo temblar por el frío del viento marino, aunque sus ojos escudriñaban cada rincón de la cubierta: la posición de los cañones cubiertos con lonas, el estado de las cuerdas, las salidas de los camarotes. Estaba memorizando el mapa del barco cuando una sombra se proyectó sobre ella.

—Es un poco joven para un trabajo tan pesado, Miss Andrews.

La voz era profunda, modulada, con un ligerísimo acento que arrastraba las vocales con una elegancia perezosa. Miranda se giró despacio, manteniendo la cabeza baja, y se topó con unas botas de cuero negro perfectamente lustradas que subían hasta unos pantalones oscuros y una casaca de capitán azul marino, desabrochada en el cuello.

Al levantar la vista de forma tímida, se encontró con el capitán Gabriel.

No era el pirata salvaje y desaliñado que los panfletos de Londres describían. Era un hombre de unos treinta años, de facciones afiladas, piel bronceada por el sol de alta mar y un cabello negro que le caía rebelde sobre la frente. Pero lo que hizo que a Miranda se le helara la sangre por un milisegundo fueron sus ojos: de un azul verdoso tan claro y cortante como el hielo de un glaciar. Unos ojos que no miraban, sino que diseccionaban.

—Capitán Gabriel... supongo —dijo ella, haciendo una torpe reverencia de criada.

Gabriel dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. El olor que desprendía era una mezcla de tabaco de pipa, cuero refinado y la sal del océano. Paseó la mirada por el rostro pálido de Miranda, deteniéndose unos segundos de más en sus ojos grises.

—Me dijeron que la agencia de empleo de Londres enviaría a una mujer madura y con experiencia —comentó Gabriel, rodeándola lentamente como un lobo evaluando a una presa—. Usted parece que se desmayaría si el barco se inclina dos grados.

—Sé que parezco frágil, señor —respondió Miranda, forzando un temblor en su voz mientras mantenía las manos entrelazadas—. Pero tengo una salud de hierro. Domino el francés, la aritmética y los modales que los hijos de don Alejandro necesitarán en el Nuevo Mundo. No le daré problemas, se lo juro.




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