Donde el viento no tiene dueño

Capítulo 3: La penumbra del compás

El Atlántico norte no tenía piedad con los intrusos. Para la tercera noche de navegación, el Albatros se encontraba en mitad de una negrura absoluta, cortando las olas atlánticas con una velocidad que hacía crujir las cuadernas de madera. En la cubierta inferior, el balanceo era un recordatorio constante de que solo unos tablones de roble separaban a Miranda de un abismo de agua helada.

En el pequeño camarote que compartía con los dos hijos de don Alejandro —un terrateniente andaluz que pasaba el día mareado en su propio catre—, el silencio solo era interrumpido por la respiración acompasada de los niños.

Miranda esperó pacientemente. Con los ojos abiertos en la oscuridad, contó las campanadas del reloj de bitácora que resonaban desde la cubierta superior. Las dos de la mañana. La hora del cambio de guardia. El momento exacto en que la atención de los marineros flaqueaba y el capitán, según había observado los días anteriores, subía al alcázar a revisar las cartas con el timonel.

Se deslizó fuera de su litera con la agilidad de un felino. No llevaba el aparatoso vestido marrón, sino una camisa de lino basta y unos pantalones oscuros de grumete que había robado del tendero de ropa el día anterior. Se recogió el cabello en una trenza apretada y se deslizó por el pasillo en sombras.

El barco cabeceaba. Miranda adaptó su cuerpo al vaivén de la cubierta, apoyando la espalda contra los paneles de madera cada vez que el navío descendía por la cresta de una ola. Llegó a la escalera que conducía a los camarotes de oficiales. Arriba, a través de las rendijas de la escotilla, se oía el silbido del viento y el crujido de las velas tensas. Abajo, el pasillo del capitán estaba desierto.

La puerta del camarote de Gabriel era de caoba maciza, adornada con un pomo de latón que brillaba tenuemente bajo la luz de una única lámpara de aceite colgada del techo.

Miranda sacó del bolsillo de su pantalón las ganzúas de acero. Se arrodilló ante la cerradura, conteniendo la respiración. Sus dedos, habituados a los mecanismos de los cofres más complejos de la aristocracia londinense, trabajaron con una delicadeza milimétrica. Un clic sutil. Luego otro.

La cerradura cedió.

Miranda empujó la puerta lo justo para deslizarse al interior y la cerró a sus espaldas, quedando sumida en la penumbra del camarote del capitán. El espacio era sorprendentemente amplio, dominado por un gran ventanal de popa a través del cual se veía el rastro de espuma blanca que el barco dejaba en el océano negro. Había un olor profundo a ron, mapas viejos, cera de sellar y ese perfume de cuero y tabaco que emanaba del propio Gabriel.

En el centro, una gran mesa de roble estaba sembrada de cartas náuticas, compases de bronce y sextantes.

—Busca el cuaderno de bitácora cifrado... —se repitió en un susurro inaudible.

Con movimientos precisos y felinos, Miranda comenzó a registrar los cajones del escritorio. Encontró manifiestos de carga falsos, cartas de navegación de las Azores y correspondencia en clave de varios puertos franceses, pero nada que se pareciera al volumen de cuero negro que lord Sterling le había descrito.

Pasó a las estanterías de libros, deslizando las yemas de sus dedos por los lomos de tratados de astronomía y novelas de cordel. De pronto, sus dedos tropezaron con una irregularidad en el panelado de madera detrás de los libros. Una pequeña hendidura. Un resorte oculto.

Al presionarlo, un compartimento secreto se abrió con un chasquido casi imperceptible. Dentro, envuelto en una tela de terciopelo oscuro, reposaba un cuaderno de tapas de cuero grueso, desgastado por la sal, sin ningún título en el lomo.

El corazón de Miranda dio un vuelco de triunfo. Lo extrajo con cuidado y lo abrió bajo la tenue luz que entraba por el ventanal. Las páginas estaban llenas de columnas de números, coordenadas geográficas y símbolos astronómicos que no correspondían a ninguna carta estelar conocida. Era el cifrado. Las rutas del oro inglés.

Se disponía a guardarlo en su camisa cuando, de repente, el sonido de unos pasos firmes y el tintineo de espuelas en el pasillo exterior la congelaron por completo.

Los pasos se dirigían directamente hacia la puerta.

Miranda no tenía tiempo de volver a colocar el libro en el compartimento secreto sin hacer ruido. Su mente, entrenada para el pánico, barajó las opciones en una fracción de segundo. Guardó el cuaderno tras su espalda, pegándose a la pared más oscura del camarote, justo detrás de la pesada cortina que cubría el ventanal de popa.

El pomo de la puerta giró.

La puerta se abrió y la silueta alta del capitán Gabriel recortó la luz del pasillo. Entró en el camarote, quitándose la casaca de oficial y arrojándola sobre una silla. Se pasó una mano por el cabello, exhalando un suspiro de cansancio. Miranda, oculta tras la cortina, apenas respiraba. Podía verle de perfil a través de una rendija del tejido.

Gabriel caminó hacia la mesa, se sirvió un vaso de ron de una licorera de cristal y le dio un trago largo. De pronto, se detuvo. Sus ojos azul glaciar se clavaron en el escritorio.

Miranda maldijo mentalmente. Había dejado un compás de bronce desplazado apenas dos centímetros de su posición original.

Gabriel no se movió, pero su postura se tensó de inmediato. Dejó el vaso sobre la mesa con una lentitud deliberada. Su mano derecha descendió, sin prisa pero sin pausa, hacia la culata de la pistola de chispa que llevaba en el cinturón.




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