Donde el viento no tiene dueño

Capítulo 4: El juego del gato y el ratón

La presión de los dedos de Gabriel en su muñeca era un recordatorio físico de que un solo paso en falso significaría el fin. Miranda podía sentir los latidos de su propio corazón reflejándose en la piel del capitán. Estaban tan cerca que el vaivén del barco los obligaba a compensar el peso de sus cuerpos el uno contra el otro.

Miranda forzó a su mente a enfriarse. Un espía acorralado nunca confiesa; cambia el tablero de juego.

—¿Espía? ¿Yo? —Miranda soltó una carcajada que sonó a partes iguales histérica y genuinamente ofendida. Dejó que sus ojos grises se encendieran, no con miedo, sino con la indignación de una mujer falsamente acusada—. ¡Es usted un paranoico, capitán! Si fuera una espía de la Corona británica, ¿no cree que habrían enviado a un hombre con una fragata de guerra en lugar de a una huérfana muerta de hambre en un vestido de lana basta?

Gabriel no aflojó el agarre, pero sus ojos se entrecerraron, evaluando el repentino cambio de actitud.

—Las mujeres hermosas son las armas más letales de los gobiernos, Miss Andrews. Hacen que los hombres bajen la guardia.

—Pues lamento decepcionar su desmedido ego, pero mi único objetivo a bordo es sobrevivir y educar a los hijos de don Alejandro —replicó ella, tirando de su muñeca con fuerza. Gabriel, tras un segundo de vacilación, la soltó—. ¿El aceite en mis manos? Sí, capitán. Llevo tres días intentando desatascar el pestillo del camarote de los niños porque la madera se ha hinchado con la humedad y nos estábamos quedando sin aire. Usé una lámpara de aceite del pasillo. Si entré aquí fue por pura desesperación, buscando una ventana. Si quiere colgarme del mástil por el terrible crimen de querer respirar, adelante. Hágalo.

Gabriel la observó en silencio, frotándose la barbilla donde empezaba a asomar una barba de varios días. La lógica de Miranda era sólida, pero el instinto de un corsario que ha sobrevivido a mil batallas no se apagaba fácilmente. Caminó de vuelta a su mesa, sin apartar los ojos de ella, y se sentó en el borde del mueble de roble.

—Tiene una lengua muy afilada para ser una simple institutriz, Miss Andrews. En mi experiencia, las criadas en Londres bajan la cabeza y piden perdón. Usted me mira como si fuera yo quien tuviera que disculparse.

—Quizás es porque, a diferencia de sus marineros, yo no le tengo miedo, capitán. Solo le tengo respeto al mar.

Una sonrisa auténtica, esta vez con un destello de genuina diversión, cruzó el rostro de Gabriel.

—Me gusta la gente que no me teme. Suelen ser los primeros en morir, pero hacen que el viaje sea más entretenido.

El capitán se levantó, dio por terminada la sutil tortura y caminó hacia la puerta del camarote, abriéndola de par en par. La luz del pasillo volvió a inundar la estancia.

—Regrese a su camarote, Miss Andrews. Y si vuelve a necesitar aire, use la cubierta principal como todo el mundo. Si la vuelvo a encontrar en mis dependencias privadas a estas horas, no me importará lo bien que hable francés o aritmética; la meteré en el calabozo de proa con las ratas. ¿Ha quedado claro?

—Perfectamente, capitán —dijo Miranda, haciendo una reverencia rígida.

Caminó hacia la salida con paso firme, obligándose a no mirar hacia la cortina de popa donde el cuaderno cifrado seguía oculto en el suelo. Había salvado la vida, pero el precio había sido alto: el diario de bitácora se quedaba atrás, y ahora Gabriel la vigilaría el doble.

Justo cuando cruzaba el umbral, la voz de Gabriel la detuvo una vez más.

—Miss Andrews.

Miranda se giró despacio, manteniendo la máscara bajo control.

—¿Sí, señor?

—Mañana entraremos en aguas de la costa francesa. Hay patrullas de la marina real de Luis XV por todas partes. Si aprecia su vida, sugiero que mantenga a los niños bajo cubierta. No todos en este océano son tan... pacíficos como yo.

Miranda asintió en silencio y se retiró por el pasillo oscuro.

Mientras descendía a las profundidades del Albatros, su mente ya estaba trazando el siguiente movimiento. El capitán Gabriel creía que había ganado el primer asalto, pero Miranda sabía algo que él ignoraba: el cuaderno cifrado ya no estaba en su compartimento secreto. Estaba en el suelo, detrás de una cortina, esperando a que la "tímida institutriz" regresara a por él. La tormenta real estaba por llegar.




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