La advertencia del capitán Gabriel no tardó veinticuatro horas en cumplirse. Al amanecer, el cielo sobre el canal de la Mancha se había teñido de un color plomizo y sucio, y el viento soplaba del norte con una violencia que obligaba a la tripulación a encaramarse a los mástiles para recoger las velas superiores.
Miranda se encontraba en la cubierta inferior, intentando distraer a los hijos de don Alejandro con una lección de geografía náutica, cuando el primer grito rasgó el aire desde la cofa de vigía:
—¡Vela a babor! ¡Bandera de los lirios! ¡Fragata francesa de guerra!
El caos estalló a bordo del Albatros con la precisión de una maquinaria bien aceitada. Se oyó el tableteo de docenas de botas corriendo sobre las tablas del techo, el rechinar de las poleas y los gritos ensordecedores del contramaestre ordenando zafarrancho de combate.
—Miss Andrews, quédese abajo con los niños. Pase lo que pase, no se muevan —ordenó don Alejandro, pálido como la cera, antes de salir corriendo hacia la cubierta para ponerse a las órdenes de la defensa.
Miranda asintió, abrazando a los dos pequeños que temblaban de miedo. Pero en cuanto el hombre desapareció por la escotilla, la expresión de sumisión de Miranda se desvaneció. Sus ojos grises se fijaron en las vigas del techo. Podía oír la voz firme y calmada de Gabriel desde el alcázar, dictando órdenes para virar el barco.
Un segundo después, el mundo pareció estallar.
Un estruendo atronador hizo temblar el Albatros. El impacto de una bala de cañón rozó la borda superior, astillando la madera y haciendo caer una lluvia de serrín y polvo sobre la cubierta inferior. Los niños gritaron. Miranda los arrastró debajo de una pesada mesa de roble anclada al suelo.
—Quédense aquí. Cuenten hasta cien. No se muevan por nada del mundo —les susurró con una voz tan firme y autoritaria que los niños, paralizados, asintieron sin pestañear.
Miranda sabía que esta era su oportunidad. Con el barco bajo ataque, nadie estaría vigilando el camarote del capitán. El cuaderno cifrado seguía en el suelo, detrás de la cortina de popa. Si el Albatros se hundía o era capturado por los franceses, la misión fracasaría y ella acabaría en una prisión flotante o en el fondo del mar.
Se deslizó fuera del camarote de los niños y subió las escaleras hacia la cubierta de oficiales. El aire aquí ya apestaba a pólvora quemada y humo negro. A través de las escotillas abiertas, se veían los fogonazos de los cañones del Albatros respondiendo al fuego enemigo. El ruido era ensordecedor: el silbido de las balas de cañón, el crujido de los cabos rompiéndose y los lamentos de los primeros heridos.
Llegó a la puerta del camarote de Gabriel. Para su sorpresa, la puerta estaba entornada a causa del violento balanceo del barco. Miranda entró de golpe, pero se detuvo en seco.
El camarote era un desastre. Un cañonazo francés de la fragata enemiga había atravesado parte del ventanal de popa, destrozando la mesa de roble y esparciendo mapas y astillas por doquier. El viento marino entraba aullando por el boquete, arrastrando una lluvia salada.
Miranda se lanzó hacia la cortina de popa. Estaba desgarrada y empapada de agua de mar. Buscó desesperadamente con las manos en el suelo, apartando pedazos de vidrio y astillas de madera, hasta que sus dedos tropezaron con la textura empapada del cuero grueso.
¡El cuaderno! Estaba intacto, aunque húmedo.
Se lo guardó rápidamente bajo la camisa, ajustándose el cinturón para que no se cayera. Justo cuando se giraba para salir, un crujido espantoso resonó sobre su cabeza. Un trozo de la verga del mástil de mesana, destrozado por la artillería francesa, cayó con violencia sobre la cubierta superior, justo encima del camarote, bloqueando la salida con un amasijo de lonas pesadas, cuerdas y madera rota.
Miranda corrió hacia la puerta, pero estaba atascada por los escombros que habían caído en el pasillo exterior. Estaba atrapada.
A través del boquete del ventanal de popa, vio a la fragata francesa acercándose a menos de cincuenta yardas, con los cañones de proa listos para una nueva andanada que arrasaría lo que quedaba de la popa del Albatros.
Sin pensarlo dos veces, Miranda evaluó la situación con la mente fría de una estratega. Cerca de los restos de la mesa de Gabriel, colgado de la pared, había un hacha de abordaje. Lo descolgó con fuerza, sopesando el metal. Si no abría una vía de escape hacia la cubierta principal por la ventana rota saltando a las jarcias exteriores, la siguiente descarga la desintegraría.
De repente, una silueta irrumpió a través del humo del pasillo exterior, empujando la puerta atascada con el hombro con una fuerza brutal.
Era Gabriel. Tenía el rostro manchado de hollín, una herida sangrante en la sien derecha y el sable desenvainado en la mano. Se detuvo al ver a Miranda en medio del caos, sosteniendo un hacha de guerra con una postura que distaba mucho de ser la de una institutriz indefensa.
Gabriel parpadeó, limpiándose la sangre de los ojos, y la miró fijamente.
—¿Miss Andrews? —logró decir entre el ruido de las explosiones—. ¿Qué demonios hace con eso?
Miranda no bajó el hacha. Sostuvo la mirada del capitán mientras el barco se inclinaba violentamente hacia un lado. El juego del gato y el ratón acababa de complicarse peligrosamente bajo el fuego enemigo.