El estruendo de una nueva andanada francesa sacudió el Albatros. La madera crujió y el suelo se inclinó de forma tan violenta que ambos tuvieron que clavar las botas en las cuadernas para no salir despedidos por el ventanal destrozado.
Gabriel no apartaba los ojos del hacha de abordaje que Miranda sostenía con perfecta firmeza. En sus ojos azul glaciar se mezclaban la adrenalina del combate, la sospecha y una desconcertante chispa de asombro. Una institutriz ordinaria habría estado gritando, rezando o desmayada entre los escombros. Ella, en cambio, respiraba a un ritmo controlado, con el peso distribuido en las piernas para amortiguar el balanceo del barco.
—¿Suele dar sus lecciones de aritmética con un hacha en la mano, Miss Andrews? —rugió Gabriel para hacerse oír sobre el ruido de los cañones.
—¡Suelo sobrevivir a los naufragios como buenamente puedo, capitán! —replicó Miranda, bajando el hacha solo un palmo, pero sin relajar los músculos—. La puerta se atascó por los escombros. Iba a usar esto para abrirme camino hacia las jarcias exteriores. ¿Tiene un plan mejor o ha venido a morir conmigo?
Gabriel soltó una carcajada ronca, limpiándose la sangre de la frente con la manga de su casaca.
—Morir no entra en mi agenda de hoy. ¡Muévase!
El capitán avanzó, la tomó del brazo libre y la arrastró fuera del camarote justo cuando una bala de cañón de ocho libras atravesaba el espejo de popa, pulverizando lo que quedaba de la mesa de roble. El pasillo exterior estaba inundado de un humo gris y espeso que quemaba la garganta.
Subieron la escala hacia la cubierta principal. Al salir al aire libre, el escenario era dantesco. El cielo estaba encapotado, el viento aullaba entre el velamen desgarrado y el Albatros devolvía el fuego cañón por cañón. La fragata francesa, un navío imponente con tres hileras de búnkeres de artillería, se deslizaba en paralelo a ellos, preparándose para el abordaje.
—¡A las amuras! ¡Preparen los ganchos y los mosquetes! —gritaba el contramaestre.
Antes de que Gabriel pudiera empujar a Miranda hacia la relativa seguridad de la bodega, un violento crujido anunció el impacto. Ambos barcos colisionaron de costado con un estrépito de madera triturada. Los garfios franceses volaron por el aire, clavándose en la borda del Albatros. Docenas de marineros e infantes de marina enemigos, armados con sables y picas, comenzaron a saltar sobre la cubierta.
—¡Quédese atrás! —le ordenó Gabriel, desenvainando su sable y lanzándose al combate.
Miranda se pegó al mástil de mesana, con el hacha firmemente sujeta. Intentó mantener su papel de espectadora inocente, pero la batalla la rodeó en segundos. Un infante de marina francés, al verla sola y asumiendo que era una presa fácil, saltó desde la borda blandiendo un alfanje recto.
—Regardez ici, ma petite... —comenzó a decir el soldado con una sonrisa torcida.
No tuvo tiempo de terminar. Miranda no lo dudó. Esquivó la estocada lateral con un quiebro de cadera perfecto —un movimiento que su instructor de esgrima en los sótanos del Ministerio de Guerra le había hecho repetir mil veces— y, aprovechando el propio impulso del francés, le plantó la base del hacha en el estómago. El hombre se dobló por el dolor, y ella completó el movimiento golpeándolo con el pomo de madera en la nuca. El soldado cayó redondo sobre las tablas.
Gabriel, que acababa de repeler a dos asaltantes a unos metros de distancia, giró el cabeza justo a tiempo para ver la secuencia. Sus cejas se elevaron al máximo.
—¿Eso también lo aprendió en la escuela de huérfanas? —gritó, bloqueando el golpe de otro enemigo sin desviar del todo la vista de ella.
—¡Era una escuela con un patio muy peligroso, capitán! —respondió Miranda.
Un segundo francés se abalanzó sobre Gabriel por la espalda mientras este se defendía de un oficial. Miranda reaccionó por puro instinto de supervivencia: si Gabriel moría, el barco caería y ella también. Lanzó el hacha de abordaje con una precisión milimétrica. El mango de hierro golpeó la muñeca del atacante, haciéndole soltar el arma justo antes de que pudiera apuñalar al capitán.
Gabriel aprovechó la distracción para derribar a su oponente, recogió el hacha del suelo y se colocó de espaldas contra Miranda, justo al pie del mástil.
Por un instante, el caos de la batalla pareció desvanecerse en la periferia. Miranda sentía la espalda ancha de Gabriel firmemente apoyada contra la suya, el calor de su cuerpo cubierto de sudor y hollín, y el ritmo acelerado de su respiración. Eran dos extraños, llenos de mentiras y sospechas mutuas, luchando por sus vidas en el mismo trozo de madera.
—Quienquiera que seas, "Miss Andrews" —susurró Gabriel, sin bajar la guardia—, admito que eres la mejor compañera de baile que he tenido en una tormenta.
—No se distraiga, capitán —replicó ella, arrebatándole un sable a un suelo cubierto de escombros—. Tenemos más invitados.
La tripulación del Albatros, motivada por la ferocidad de su capitán y la sorprendente resistencia de la misteriosa mujer, contraatacó con rabia. Gabriel lideró una carga que empujó a los franceses de vuelta a su propia borda. Mientras tanto, el timonel logró virar el timón, aprovechando una racha de viento a favor que infló la vela mayor intacta.