El humo de la pólvora aún flotaba en el aire del camarote destrozado de Gabriel. El viento de alta mar entraba con fuerza por el boquete del ventanal, revolviendo los papeles supervivientes y enfriando el sudor en la piel de ambos.
Gabriel cerró la puerta con suavidad, pero el eco del cerrojo al encajar sonó como un cañonazo en el silencio de la estancia. Se cruzó de brazos, apoyando la espalda contra la madera, y clavó sus ojos azul glaciar en Miranda. Ella seguía de pie en el centro, con la camisa mojada y el perfil del cuaderno de cuero negro claramente visible bajo la tela.
—Ya no hay franceses a la vista, "Miss Andrews" —comentó Gabriel, arrastrando las palabras con una calma que resultaba más intimidante que sus gritos en la batalla—. Así que sugiero que saques lo que llevas bajo la camisa antes de que decida registrarte yo mismo. Y créeme, no soy un caballero de los salones de Londres.
Miranda supo que negar la evidencia la haría parecer estúpida, y un espía del Ministerio jamás se permite parecer estúpido. Con movimientos lentos y deliberados, metió la mano bajo el lino húmedo y extrajo el cuaderno cifrado. Lo sostuvo en el aire un segundo antes de dejarlo caer sobre el trozo de mesa que aún quedaba en pie.
—Felicidades, capitán. Sabe contar hasta uno —dijo ella, deshaciéndose por completo de la timidez de la institutriz. Su voz recuperó el tono aristocrático, frío y cortante de Mayfair.
Gabriel arqueó una ceja, dando un paso al frente. Ver el cuaderno fuera de su escondite lo enfureció, pero la transformación radical de la mujer que tenía delante lo fascinaba aún más.
—¿Quién eres? —exigió, deteniéndose a solo un metro de ella—. Sabes usar un hacha, te mueves como un esgrimista experto y has venido a mi barco a robar un diario que solo tres personas en Europa saben que existe. ¿Para quién trabajas? ¿Para los españoles?
—Trabajo para la Corona británica, capitán —respondió Miranda, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Y ese cuaderno que robaste contiene las rutas del oro que mantiene a mi país a salvo. No es un trofeo de piratas. Es una declaración de guerra.
Gabriel soltó una carcajada amarga, llena de un cinismo oscuro.
—¿Tu país? ¿Inglaterra? A tu gobierno no le importa el oro para "salvar al pueblo", querida. Quieren ese diario para financiar sus propias guerras coloniales y seguir llenando los bolsillos de los lores que beben té en tazas de porcelana mientras mis hombres mueren de escorbuto. Ese diario me pertenece por derecho de abordaje.
—Ese diario va a hacer que te maten, Gabriel —dio un paso hacia él, la distancia entre ambos reduciéndose al mínimo—. La fragata de hoy era solo la vanguardia. El Ministerio de Guerra no va a parar hasta que el Albatros sea astillas en el fondo del mar. Entrégame el cuaderno. Puedo negociar un perdón real para ti y tu tripulación.
Gabriel se acercó tanto que Miranda pudo ver las motas doradas en el azul de sus ojos. El capitán extendió la mano hacia el cuaderno, pero no lo recogió. En su lugar, desvió los dedos hacia el rostro de Miranda, retirándole un mechón de cabello castaño que se le había pegado a la mejilla húmeda. Su tacto fue sorprendentemente suave, un contraste absoluto con la violencia de hacía unos minutos.
—Eres un espécimen fascinante, mi lady —murmuró él, su voz bajando a un tono peligrosamente íntimo—. Pero tienes una fe ciega en los hombres con peluca de Londres. No voy a darte el diario. Y tú no vas a irte de este barco. A partir de ahora, eres mi prisionera de honor.
—¿Me vas a meter en el calabozo? —preguntó ella, desafiante, aunque su piel reaccionó con un sutil escalofrío ante la cercanía de sus dedos.
—No —sonrió Gabriel, una sonrisa ladina y seductora—. Sería un desperdicio. Te quedarás aquí, donde pueda vigilarte cada segundo del día. Dormirás en mi camarote, comerás en mi mesa y, cuando lleguemos a las Antillas, decidiré qué hacer contigo.