Donde el viento no tiene dueño

Capítulo 8: La jaula de seda

Para la mañana siguiente, el Albatros navegaba de nuevo bajo un sol radiante que desmentía la carnicería del día anterior. Los carpinteros trabajaban a destajo reparando la popa, y el olor a brea fresca inundaba el barco.

Miranda se despertó en el pequeño catre de campaña que Gabriel le había hecho instalar en la esquina del camarote. El capitán no había pasado la noche allí; había preferido quedarse en el alcázar, controlando el rumbo. Miranda se sentó, estirando sus músculos doloridos. Estaba encerrada. La puerta estaba custodiada por fuera por el contramaestre, un hombre que medía casi dos metros y no hablaba con nadie.

La puerta se abrió y Gabriel entró portando una bandeja de plata con pan fresco, frutas tropicales y café caliente. Había cambiado su casaca sucia por una camisa limpia de seda blanca, aunque mantenía el sable al cinto.

—Buenos días, prisionera —dijo con ironía, dejando la bandeja sobre un barril que ahora hacía las veces de mesa—. Espero que la falta de comodidades no haya arruinado tu delicado cutis aristocrático.

Miranda se levantó, ignorando el desayuno, y se acercó a él.

—¿Cuánto tiempo piensas mantener esta farsa, Gabriel? Los niños de don Alejandro necesitan sus lecciones. Si desaparezco de la cubierta inferior, el terrateniente empezará a hacer preguntas.

—Ya me he encargado de eso —respondió Gabriel, sirviendo dos tazas de café—. Le he dicho a don Alejandro que Miss Andrews demostró una valentía excepcional durante el ataque y que sufrió una crisis de nervios debido al trauma. Le sugerí que descansaras en la zona de oficiales bajo mi cuidado personal para evitar que asustaras a los niños. El buen hombre casi me besa las manos por mi "caballerosidad".

Miranda apretó los dientes. El capitán era exasperantemente inteligente.

—Eres un demonio manipulador.

—Soy un capitán que intenta mantener su barco a flote, mi lady. Por cierto, sigo sin saber tu verdadero nombre. No creo que en los registros de bautismo de la nobleza figures como "Miss Andrews".

Miranda dudó un segundo, pero sabía que un nombre falso no le serviría de nada ahora que su identidad como espía estaba descubierta.

—Miranda —dijo secamente—. Lady Miranda.

—Miranda... —repitió Gabriel, saboreando el nombre como si fuera un vino viejo—. Suena mejor que Andrews. Tiene más fuego. Siéntate, Miranda. Bebe café. El viaje hasta nuestra próxima escala en las Azores va a ser largo, y dudo que quieras pasar los próximos cinco días mirándome con ganas de apuñalarme.

Miranda se sentó a regañadientes, aceptando la taza. La tensión entre ambos era casi palpable, una cuerda estirada que amenazaba con romperse. Sin embargo, mientras el barco subía y bajaba con el suave oleaje, Miranda se descubrió observando los hombros anchos del capitán y la forma en que el sol de la mañana iluminaba su rostro. No era el monstruo que Sterling le había descrito.

—¿Por qué eres corsario, Gabriel? —preguntó de pronto, su curiosidad profesional mezclándose con algo más personal—. Tienes modales de la corte, hablas tres idiomas y sabes de astronomía. Podrías haber sido almirante de la flota francesa.

Gabriel dejó su taza y su mirada se ensombreció, perdiéndose en el horizonte a través del ventanal medio reparado.

—Los almirantes reciben órdenes de reyes que nunca han pisado una cubierta ensangrentada. Yo prefiero ser dueño de mi propio destino, aunque ese destino penda de un hilo de cáñamo. Además... la Corona francesa me quitó todo lo que tenía en tierra. El mar es el único lugar donde nadie puede pedirme títulos para respetarme.

Por primera vez, Miranda vio una grieta en la armadura del cínico capitán. Había un dolor real bajo su fachada arrogante, un pasado oscuro que la atraía magnéticamente. Gabriel la miró fijamente, notando el cambio en la expresión de la joven.

—¿Y tú, Miranda? ¿Por qué una dama de Londres arriesga su vida entre piratas?

—Porque la comodidad es una prisión más terrible que este camarote —respondió ella en un susurro, sosteniéndole la mirada.

Gabriel se inclinó hacia ella sobre el barril. El ambiente se volvió denso, cargado de una atracción que ambos llevaban ignorando desde Dover. El capitán estiró la mano y rozó los dedos de Miranda, que esta vez no se retiró.




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