Donde el viento no tiene dueño

Capítulo 9: Ancla en las Azores

El archipiélago de las Azores emergió de la bruma del Atlántico como un gigante de roca volcánica y campos de un verde rabioso. Para cuando el Albatros echó el ancla en la bahía de Angra do Heroísmo, Miranda sentía que las paredes del camarote de Gabriel se habían estrechado hasta el punto de quitarle el aire.

Cinco días de encierro forzado habían transformado la hostilidad inicial en un juego cerebral asfixiante. Habían compartido cenas en silencio, discusiones encendidas sobre política europea sobre mapas esparcidos y miradas que duraban un segundo más de lo estrictamente caballeroso. Miranda conocía ahora el ritmo de la respiración de Gabriel al dormir; Gabriel sabía exactamente cuántas cucharadas de azúcar le gustaban a ella en el amargo café de a bordo.

—Estaremos anclados cuarenta y ocho horas —anunció Gabriel mientras se abrochaba los botones de su casaca limpia frente al espejo—. Necesitamos agua fresca, verduras para combatir el escorbuto y reparar los cabos que los franceses dañaron.

Miranda, sentada en su catre de campaña con un libro de oraciones que no estaba leyendo, levantó la vista.

—Supongo que me dejarás bajar a tierra. Un paseo por suelo firme me vendría bien para mí... "crisis de nervios".

Gabriel soltó una carcajada suave, girándose hacia ella. Se acercó con paso felino y se inclinó, apoyando las manos en las rodillas de Miranda, acorralándola con su presencia.

—Eres una mujer brillante, Miranda, pero no soy estúpido. Si te dejo pisar el puerto de Angra, antes de que anochezca habrás encontrado al cónsul británico, le habrás entregado mis coordenadas y tendré a tres fragatas de la Armada Real bloqueando la salida de la bahía. Te quedas a bordo.

—No puedes tenerme enjaulada para siempre, Gabriel —siseó ella, sus ojos grises chispeando a escasos centímetros de los suyos.

—No será para siempre. Solo hasta que crucemos el charco y el diario ya no os sirva de nada —Gabriel desvió la mirada hacia los labios de ella por un instante que pareció eterno, antes de enderezarse—. El contramaestre se quedará a cargo. Si necesitas algo, pídeselo. Pero ni se te ocurra asomar la cabeza por la cubierta principal.

Cuando la puerta se cerró tras él, Miranda arrojó el libro de oraciones contra la madera con rabia. Sabía que esta era su última oportunidad antes de adentrarse en el océano abierto hacia el Caribe. En las Azores había una guarnición portuguesa, aliada comercial de Inglaterra. Si lograba escapar del barco y llegar a la oficina del gobernador, la misión estaría cumplida.

Esperó a que cayera la noche. El bullicio del puerto llegaba amortiguado por la distancia: cantos de marineros, música de taberna y el batir de las olas contra el casco. A bordo del Albatros, la tripulación restante se había relajado; muchos dormían tras una jornada pesada de carga y descarga.

Miranda se vistió de nuevo con su ropa de grumete. Se acercó a la puerta del camarote y sacó la última ganzúa que le quedaba, oculta en el dobladillo de su bota. Forzar la cerradura le llevó menos de un minuto. Se asomó al pasillo: el contramaestre no estaba en su puesto; probablemente había bajado a las bodegas a revisar los barriles de agua.

Se deslizó como una sombra hacia la cubierta superior. El aire nocturno, cargado de aroma a tierra húmeda y flores silvestres de las islas, le llenó los pulmones. La cubierta estaba sembrada de sombras. Nadie la vio avanzar hacia la amura de babor, donde una pequeña falúa de servicio colgaba de los pescantes, lista para ser usada en emergencias.

Desatar los nudos de las cuerdas sin hacer ruido fue una tarea agónica. Centímetro a centímetro, Miranda comenzó a arriar el bote hacia el agua oscura de la bahía. El corazón le latía con fuerza. Estaba a punto de lograrlo. Un par de metros más y saltaría al bote para remar hacia la libertad.

—El agua de la bahía está helada a estas horas, milady. Y hay corrientes traicioneras que la arrastrarían directamente hacia los acantilados.

La voz masculina, áspera y cargada de una ironía fría, llegó desde la penumbra del mástil de mesana. Miranda se congeló.




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