Donde el viento no tiene dueño

Capítulo 10: La noche de los secretos

Miranda soltó las cuerdas de la falúa y se giró despacio, con los puños y el mentón en alto, lista para pelear si era necesario.

Gabriel salió de las sombras. No llevaba la casaca de capitán; vestía una camisa blanca holgada y sostenía una botella de vino portugués a medio terminar. No parecía enfadado; en su rostro había una mezcla de decepción y una aburrida resignación.

—¿Cómo sabías que lo intentaría? —preguntó Miranda, abandonando toda pretensión de inocencia.

—Porque yo haría lo mismo —Gabriel caminó hacia la borda y miró el bote que colgaba a medio camino del agua—. Eres una espía del Rey, Miranda. Es tu deber traicionarme. Lo que me ofende es que pensaras que el contramaestre dejaría su puesto por accidente. Fui yo quien le ordenó retirarse. Quería ver cuánto tardabas en morder el anzuelo.

Miranda dio un paso hacia él, furiosa por haber sido manipulada de esa manera.

—¡Eres un maldito arrogante! ¡Juegas conmigo como si fuera un ratón!

—Y tú juegas a ser una criada desvalida mientras planeas colgarme de la horca más alta de los muelles de Londres —replicó Gabriel, dejando la botella sobre la borda. Su tono ya no era burlón; era sombrío, casi herido—. ¿De verdad crees que soy el monstruo de esta historia, Miranda? ¿Crees que el Ministerio de Guerra te otorgará una medalla y se compadecerá de los cincuenta hombres de mi tripulación cuando vuestras fragatas nos cañoneen?

—Cumplo con mi deber, Gabriel. Las rutas del oro francés...

—¡Al diablo el oro francés! —interrumpió él, acortando la distancia entre ambos con una rapidez que la hizo retroceder hasta chocar con la madera de la borda—. Ese diario no contiene rutas de oro, Miranda. Contiene los nombres de los lores y ministros británicos que están vendiendo secretos de estado a Francia a cambio de plantaciones de azúcar. Tu querido lord Sterling, el hombre que te envió aquí es uno de ellos. Te envió a morir, Miranda. Si recuperas el diario, te matará para asegurarse de que el secreto muera contigo. Si fallas, los franceses o yo nos encargaremos de ti. Eras una pieza prescindible en su tablero.

La revelación cayó sobre Miranda como un cubo de agua congelada. Sus certezas, todo por lo que había entrenado y arriesgado su vida en los últimos años, comenzaron a desmoronarse bajo la luz de la luna de las Azores. Miró a Gabriel a los ojos, buscando la mentira, el truco del corsario. Pero solo encontró una verdad cruda y dolorosa.

—Mientes... —susurró ella, aunque su propia voz carecía de convicción.

—No miento. Compruébalo tú misma. Conoces los códigos del Ministerio. Lee la página catorce del cuaderno. El nombre de Sterling está allí, firmado con su propio sello de lacre.

Miranda se quedó sin habla, sintiendo el frío de la noche calar en sus huesos. La traición de su propio gobierno la dejaba completamente desamparada en mitad del océano. De pronto, se sintió increíblemente pequeña, despojada de sus títulos, de su misión y de su armadura.

Gabriel la observó en silencio. La furia que había mostrado segundos antes se disipó, reemplazada por una sutil ternura. Dio un paso más, rompiendo el último espacio que los separaba. Extendió la mano y, con una delicadeza infinita, acunó la mejilla de Miranda con la palma. Su piel estaba cálida y olía a vino y sal.

—Ya no tienes que huir, Miranda —susurró él, acercando su rostro al de ella—. Ya no hay misiones. Solo estamos tú, yo y el mar.

Miranda levantó la vista, con los ojos empañados por una mezcla de rabia y desolación. La proximidad de Gabriel, su calor en medio de la noche atlántica fue un imán irresistible. Rompiendo todas las reglas de la lógica y el deber, Miranda se inclinó hacia adelante y buscó sus labios.

El beso comenzó con la desesperación de dos náufragos que se aferran a la misma tabla de salvación. Fue un choque de dientes, labios y respiraciones contenidas en mitad de la cubierta a oscuras. Gabriel la rodeó con sus brazos fuertes, pegando el cuerpo de ella contra el suyo con una urgencia que amenazaba con devorarla, mientras sus manos se enredaban en el cabello castaño de Miranda, que se había soltado de la trenza.

Era un beso prohibido, cargado de secretos y de la certeza de que, a partir de esa noche, el mapa de sus vidas había cambiado para siempre.




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