Donde el viento no tiene dueño

Capítulo 11: La página catorce

El amanecer sobre el Atlántico central trajo consigo un silencio sepulcral. Las Azores ya eran solo un vago recuerdo en la línea del horizonte, y el Albatros avanzaba impulsado por los vientos alisios directos hacia el mar de los Sargazos.

Dentro del camarote, la atmósfera había cambiado drásticamente. El beso de la noche anterior flotaba entre ambos como una tregua invisible y cargada de electricidad, pero Miranda seguía siendo una mujer de mente analítica. No podía permitirse el lujo de dejarse llevar por la pasión de un corsario si todo era una elaborada estrategia para desarmarla.

Gabriel estaba en el alcázar supervisando las velas. Miranda aprovechó su ausencia, se acercó al escritorio reconstruido y tomó el cuaderno de cuero grueso que el capitán había dejado allí a propósito, sin llaves ni cerrojos.

Con los dedos temblorosos, pasó las hojas amarillentas llenas de números y símbolos hasta llegar a la página catorce.

Al principio, solo vio las columnas cifradas habituales del Ministerio de Guerra, un código que ella misma había aprendido a romper durante sus años de entrenamiento en los sótanos de Whitehall. Comenzó a traducir los caracteres mentalmente, usando la clave de transposición clásica de la sección de inteligencia. A medida que las palabras cobraban sentido en su cabeza, el aire pareció congelarse en sus pulmones.

"...Envío adjunto el manifiesto de la Flota de Indias de su Majestad. Tres fragatas ligeras partirán de Kingston sin escolta pesada. El porcentaje acordado de los azúcares y el oro será depositado en la banca de París bajo el nombre clave del Albatros..."

Al final del informe, grabado en la esquina inferior del papel, estaba el sello en relieve. Una rosa heráldica cruzada por una espada. El sello personal e intransferible de lord Sterling.

Miranda dio un paso atrás, dejando caer el cuaderno sobre la mesa. La verdad era un golpe físico. Sterling no estaba intentando salvar a Inglaterra; estaba usando a Gabriel como un brazo ejecutor para saquear los propios barcos británicos, enriquecerse en Francia y luego eliminar al corsario para borrar el rastro. Y ella... ella había sido el cabo suelto enviado a morir en el fuego cruzado.

La puerta del camarote se abrió y Gabriel entró con un mapa enrollado bajo el brazo. Al ver el rostro pálido de Miranda y el diario abierto en la página catorce, se detuvo. Sus ojos azul glaciar perdieron la dureza habitual, mostrando una sobria empatía.

«—Te lo dije, Miranda —dijo con voz suave, dejando el mapa a un lado—. En los salones de Londres se viste de seda para ocultar la sangre en las manos.» Para hombres como Sterling, tú y yo somos solo papel que se quema cuando ya no se necesita.

Miranda se apoyó contra la borda de la ventana de popa, mirando la inmensidad del océano. Sentía una mezcla ardiente de furia y humillación.

—Me entrenó desde los dieciocho años —susurró, con la voz rota pero los ojos secos—. Me dijo que mi padre había muerto sirviendo a la Corona y que era mi deber continuar su legado. Todo fue una mentira.

Gabriel se acercó a ella con paso lento, respetando su espacio, pero deteniéndose lo suficientemente cerca como para que ella sintiera su calor.

—Tu lealtad no era una mentira, Miranda. Eran tus motivos. Eso es lo que te hace diferente de ellos. —Gabriel extendió la mano y tomó la de ella, entrelazando sus dedos—. Ahora la pregunta es: ¿qué vas a hacer con tu libertad? Porque a partir de este momento, ya no eres mi prisionera. Eres libre de bajarte en el próximo puerto.

Miranda lo miró. La calidez de su mano contrastaba con el frío helado que sentía en el pecho. Miró al capitán, al hombre que se suponía que debía colgar de una soga, y vio al único aliado real que le quedaba en el mundo.

—Sterling cree que soy una pieza que puede desechar —dijo Miranda, sus ojos grises encendiéndose con una fijeza letal—. Voy a demostrarle lo peligroso que es dejar un tablero a medio terminar. No me voy a bajar del barco, Gabriel. Nos vamos al Caribe.




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