Donde el viento no tiene dueño

Capítulo 12: El mar de la calma

Tres semanas después, el Albatros se adentró en las aguas estancadas del mar de los Sargazos. El viento, que hasta entonces los había empujado con fuerza, murió por completo. El océano se transformó en un espejo de cristal líquido, cubierto por densas alfombras de algas doradas que flotaban inmóviles bajo un sol de justicia que derretía la brea de las uniones de la cubierta.

El barco estaba varado, esperando una racha de viento que no llegaba. La tripulación se resguardaba bajo los toldos de lona, jugando a los dados o durmiendo para evitar el desgaste por el calor sofocante.

Para Miranda y Gabriel, la calma chicha del océano se convirtió en un catalizador. Sin batallas que librar ni misiones que planear, el espacio del camarote se llenó de una intimidad inevitable y abrasadora.

A media tarde, Miranda estaba sentada en el suelo del camarote, con la camisa blanca de lino abierta en el cuello y el cabello recogido en un moño alto improvisado para mitigar el calor. Examinaba un mapa de las Antillas junto a Gabriel, que estaba arrodillado a su lado, sin casaca y con las mangas de la camisa arremangadas, mostrando los tatuajes de brújulas y nudos marineros que adornaban sus brazos bronceados.

—Si Sterling sigue el plan del diario, estará esperando el cargamento de oro en el puerto militar de Port Royal dentro de dos semanas —explicó Gabriel, trazando una línea con el dedo sobre el papel—. Pensará que el Albatros ya ha sido hundido por los franceses o que yo tengo el botín a buen recaudo. No espera que entremos por la bahía principal.

—Port Royal es una ratonera para un barco corsario —advirtió Miranda, sintiendo la cercanía del hombro de Gabriel contra el suyo—. Hay cuarenta cañones en el fuerte costero. Si entramos bajo bandera falsa, nos descubrirán en cuanto pasemos la punta de la línea.

—Por eso no entraremos como el Albatros —Gabriel giró la cabeza hacia ella. Sus rostros estaban tan cerca que Miranda podía oír el sutil silbido de su respiración—. Entraremos como el navío personal de una alta dignataria de la Corona británica que regresa de una misión secreta. Entraremos contigo, Lady Miranda.

Miranda sonrió, una sonrisa afilada y llena de una complicidad que habría escandalizado a la sociedad londinense.

—Es un plan suicida, capitán. Me encanta.

Gabriel la observó en silencio, su mirada descendiendo desde sus ojos grises hasta la curva de su cuello, donde una gota de sudor se deslizaba lentamente debido al bochorno del camarote. La tensión acumulada durante semanas de batallas, mentiras compartidas y el deseo contenido explotó bajo el calor del trópico.

Gabriel dejó caer la pluma que sostenía y, con un movimiento firme, tomó a Miranda por la cintura, levantándola ligeramente para sentarla sobre el borde de la mesa de mapas. Los papeles se dispersaron por el suelo, pero a ninguno le importó.

Miranda le rodeó el cuello con los brazos, atrayéndolo hacia ella con una urgencia que ya no buscaba respuestas ni verdades, solo el contacto de su piel. Gabriel la besó con una ferocidad contenida, un beso con sabor a sal, ron y a una libertad salvaje que solo el océano podía otorgarles. Sus manos grandes y curtidas por los cabos bajaron por la espalda de Miranda, desabrochando el lazo de su camisa de lino, mientras ella buscaba con desesperación el calor de sus hombros desnudos.

En mitad de un océano muerto, donde el viento se había olvidado de soplar, el camarote del Albatros se convirtió en el único lugar del mundo donde la vida latía con una fuerza incontrolable. Eran dos proscritos, despojados de sus pasados y de sus patrias, uniéndose en una alianza que iba mucho más allá del deber o la venganza.

De repente, una vibración sutil recorrió el casco del barco. El crujido lejano de una vela mayor que volvía a inflarse rompió el silencio exterior. Desde la cubierta, el grito del contramaestre resonó como una campana:

—¡Viento de popa! ¡Sargazos se mueve! ¡Preparen las drizas!

Gabriel se separó un centímetro de los labios de Miranda, con la respiración entrecortada y una sonrisa de pirata iluminándole el rostro.

—Parece que el mar está de acuerdo con nuestro plan, mi lady —susurró, dándole un último beso corto en la frente antes de levantarse—. Próxima parada: el Caribe.




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