“Casualidades”
Stellan
Esa noche llovía. No una tormenta, sino esa lluvia fina y constante que te cala sin hacer ruido. Estaba colgando un cartel en la puerta lateral de la vieja fábrica, justo al lado de la discoteca. El cartel decía: “No orines aquí. Hay cámaras”. Mentira. Pero a veces las mentiras también son defensas.
Fue entonces cuando la vi. Sentada en el escalón junto a la pared, encogida sobre sí misma. Las piernas abrazadas, los hombros tensos, la mirada perdida. Llovía pero parecía no notarlo.
Era rubia, con el pelo ondulado, empapado por la lluvia y pegado al rostro como una cortina rota. Tenía los labios pintados de rojo, aunque parte del color ya se había desvanecido. Alta, más de lo que parecía al estar sentada, con un tipo de presencia que llamaba la atención incluso sin hacer nada.
Tenía ese aspecto de alguien que salió a comerse la noche… y terminó devorada por ella.
Era un tipo de silencio que no pide ayuda, pero grita igual. Me quedé mirándola un segundo, solo eso. Y ella lo notó.
—¿Qué miras? —disparó, sin levantar del todo la cabeza. Voz cortante como una navaja.
—Nada… perdón —murmuré, volviendo la vista al cartel. Durante unos segundos, no pasó nada. Solo el sonido de la lluvia, de los taxis que se iban y venían. De algún grito lejano en la fila de la discoteca.
Me giré hacia ella otra vez.
—¿Quieres entrar? —pregunte desde la puerta.
—No —respondió sin dudar—. Estoy bien aquí.
Asentí despacio, aunque no lo creía. Estaba empapada. Y ese callejón no era el mejor sitio para estar sola a esas horas.
—Solo lo digo por si acaso, aquí dentro hay estufa, café, chuches, cualquier cosa que necesites y sobre- todo. No llueve. Aquí dentro los problemas se vuelven un poquito más débiles.
Ella no respondió. Se recogió más la capucha y bajó la mirada. Me quedé un momento más dudando. Después, di un paso atrás y hablé con más firmeza.
—Escucha… sé que no me conoces —solté un leve suspiro. No sabía si era para liberarme o coger más fuerza para el argumento—. Y no tienes porqué confiar en mí. Pero te lo digo en serio. Esta zona se pone fea cuando cierra la discoteca. Hay más peligro fuera que dentro. Créeme.
Ella alzó la vista. No con miedo, sino con ese tipo de rabia contenida que no sabes si va a dirigida a ti o al mundo entero. No se movió. Yo tampoco.
—No voy a hacerte nada —añadi—. Puedes quedarte cerca de la puerta si quieres. Mírame. No mataría ni a una simple mosca. Pero al menos entra en calor aquí dentro.
De nuevo silencio. Esta chica parecía que le cobraban por palabras.
Pero entonces sin decir una palabra se levantó. Se subió el bolso al hombro y lentamente, pasó junto a mi y al fin entró.
Le ofrecí una manta vieja. Se la echó sobre los hombros. Caminó hacia la estufa y se sentó en una silla metálica, tirando. No me miro. Yo tampoco insistí. Pasa- ron unos minutos sin que ninguno hablara. Solo el sonido del agua deslizándose por las grietas del techo.
—¿Vives aquí? —preguntó al final.
—Si.
—¿Solo?
Asentí.
—¿Qué es esto?
—Una antigua fábrica. Ahora es más un taller.
—¿Pintas?
—Algo así.
—Pintas muy bien.
—¡Gracias!
Ella miró alrededor. Lienzos, pintura seca, graffitis en las paredes, herramientas oxidadas, alguna figura abstracta que tenía la fe de que en algún momento llegase a una rotonda de algún pueblo. Todo desordenado, pero vivo.
—¿Cómo te llamas?
Abrí la boca, pero me lo pensé mejor.
—¿Y tú?
Ella esbozó algo parecido a una sonrisa. Pero no respondió. Tampoco yo. Pero después de unos segundos me dijo al fin su nombre.
—Me llamo Emma.
—Encantado, yo me llamó…
Y sin dejarme terminar me corto para decirme un nombre.
—Stellan. Lo pone ahí al lado de la puerta.
Yo miré el cartel de reojo, no sé qué hacía ese nombre allí pero asentí con el rostro. Y en ese instante, sin saberlo aún, algo había empezado.
Nos quedamos así, frente a frente, entre silencios y respiraciones contenidas. Afuera la lluvia seguía cayendo, golpeando los cristales sucios de la ventana como un murmullo insistente. Dentro, el calor de la estufa y la manta sobre sus hombros parecían crear una burbuja donde el mundo quedaba detenido.
Emma se acomodó la manta y me lanzó una mirada de reojo.
—¿Siempre recoges desconocidas en tu fábrica? —preguntó con ironía.
Sonríe disimuladamente.
—No. Normalmente recojo trastos. Tú eres la excepción.
Ella soltó una risa breve, seca, pero auténtica.
—Pues vaya honor.
—No te acostumbres —digo, intentando sonar serio, aunque no me sale del todo.
Silencio otra vez. Pero ahora es distinto, menos tenso. Emma acaricia la tela áspera de la manta y murmura:
—Está calentita.
—Te dije que aquí dentro los problemas son más débiles.
Ella me mira por primera vez sin rabia, con un brillo raro en los ojos.
—Ojalá fuese tan fácil.
No sé qué contestar. Así que solo asiento y dejo que el ruido de la lluvia complete la frase que me falta.
Ella jugueteaba con un mechón de su pelo mojado, sin mirarme. Yo hacía ver que ordenaba unas brochas, aunque en realidad solo buscaba no perder de vista su perfil. Y pensé que quizá las cosas empiezan así: sin grandes gestos, sin fuegos artificiales, solo con dos desconocidos compartiendo un refugio en mitad de la tormenta.
—Gracias —dijo al fin, bajito, casi como si le costara pronunciarlo.
—¿Por qué?
—Por dejarme entrar.
Me quedé en silencio, sorprendido. Y entonces ocurrió: esa media sonrisa volvió a asomarse a sus labios, pequeña, frágil… pero real.
Yo asentí despacio, con una sensación extraña en el pecho. Como si esa simple sonrisa hubiese encendido una luz en la fábrica, más cálida que cualquier estufa.
No lo sabía todavía, pero esa noche no solo dejé entrar a Emma en aquel lugar. También, sin querer, la dejé entrar en mi vida.