Donde empieza el invierno

5

“Kilómetros y silencios”

Lara

Llevamos tres horas sin parar. Tres horas mirando por la ventanilla como el paisaje cambia poco a poco, como los árboles se estiran hacia el cielo y cómo, uno tras otro, los coches nos adelantan sin el menor esfuerzo. El no pasa de cien, nunca. Da igual si hay una recta infinita o si no viene nadie de frente. Cien clavados. Como si estuviera conduciendo un coche fúnebre. Y francamente, no sé si eso me tranquiliza o me da más miedo.

No he podido dormir ni un minuto. Estoy en tensión. No porque me sienta insegura con él —bueno, tal vez un poco— sino porque aún no confío. No sé nada de este chico. A duras penas ha dicho una palabra desde que subí al coche. En la app ya lo advertía: “No habla”. Pero una cosa es no hablar y otra es rugir de vez en cuando en lugar de contestar.

Estamos a unas tres horas de la frontera con Francia. Y de pronto, sin cambiar el tono ni siquiera un poquito, me dice:

—Voy a parar a repostar.

Santo cielo. Por fin.

—Menos mal —respondo mientras me estiro como si acabara de salir de una caja de zapatos—. Pensé que no ibas a parar nunca. Necesito aire.

El gira la cabeza justo para mirarme, con esa expre- sión que no dice mucho pero que igual lanza puñales.

—Si querías parar, podías haberlo dicho.

—No, tranquilo —le sonrio, sin querer parecer imper- tinente—. Solo necesitaba un poco de aire. Además, acabamos de tener nuestra primera conversación de más de dos frases. ¡Esto es histórico!

No responde. Pero juraría que, por un segundo, se le ha curvado un poco la comisura de los labios. ¿Una sonrisa? No, imposible. Seguro que fue el reflejo del retrovisor.

En cuanto paramos en la gasolinera, me bajo sin pensarlo dos veces. Estilo las piernas, miro el cielo, suspiro como si llevara semanas encerrada.

Mientras él llena el depósito, saco el móvil. Tengo mensajes de mi madre y de mi amiga Claudia.

“¿Vas bien? ¿Todo bien con el conductor? ¿Es de fiar? ¿Te ha dicho algo?¿Tiene pinta rara?¿Tú también vas en silencio como él?”

Les respondo con un audio rápido, intentando sonar más segura de lo que estoy:

—Chicas, todo bien. El chico es… muy callado. O sea, muy muy callado. Pero no parece peligroso, más bien parece que lleva demasiadas cosas dentro y no quiere compartir ni una. No hemos hablado casi nada. Estoy viva, de momento.

Mando el audio al grupo donde nos encontramos mi madre Claudia y yo y me apoyo en la parte trasera del coche. A lo lejos, lo veo entrar a pagar.

Me viene a la cabeza todo lo que pasó en los últimos meses. Los formularios, las entrevistas por Zoom, las miles de dudas antes de enviar el dossier. Nunca pensé que me aceptarían. Pero lo hicieron. Prácticas de auxiliar de enfermería en Noruega. Aquel correo me pilló de sorpresa, tanto que lo tuve que leer tres veces antes de reaccionar.

Claudia me animó a ir. Mi madre aunque al principio se asustó con la idea del viaje, acabó llorando de orgullo. Ella sabe lo que esto significa para mí. Salir, ver el mundo, curarme quizás, por dentro también.

Él sale con una botella de agua en la mano. Me la ofrece sin decir nada. No sé si es un gesto amable o simplemente le sobraba una.

—Gracias —le digo.

Asiente. Se mete en el coche. Yo lo sigo.

Apenas hemos hablado, si. Pero algo, aunque sea un milímetro, ha cambiado.

Quizás no sea solo el coche el que está avanzando.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 28.12.2025

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