Donde empieza el invierno

6

“Silencio a 100 km/h”

Gabriel

El silencio no siempre es incómodo. A veces es necesario. A veces, es lo único que queda. Ella habla mucho. No de forma molesta, pero si constante. Como si tuviera miedo de que el silencio dijera algo que no quiere escuchar. Me hace preguntas al azar, lanza comentarios al aire, espera respuestas que no siempre llegan. Y por suerte, no se enfada si no las recibe.

Yo me limito a conducir. No paso de cien. Podría, claro. Pero no lo hago. No por precaución, no por alguna razón lógica. Solo porque sí. Me acostumbré a esa velocidad. Me permite estar atento. A todo y a todos.

Hace un rato paramos a repostar. Ella lo agradeció como si la hubiese salvado de un encierro de horas. Me hizo gracia por dentro.

No lo mostré, por supuesto. Me limité a sacar la botella de agua que llevaba de más y dársela sin decir nada. No me preguntó porque, solo dio las gracias. Ahora está otra vez hablando. Algo sobre cómo consi- guió las prácticas, lo del Erasmus, lo del papeleo. La escucho. No por educación, sino porque me resulta… curioso. Hay algo en su voz que me mantiene despierto, alerta. Como si no pegara con el coche, ni con la ruta, ni conmigo.

De vez en cuando dice cosas que no entiendo del todo, o suelta una risa sola, como si se respondiera a sí misma. No sé si eso me incomoda o me da algo parecido a envidia.

—¿Tú estudiaste algo? —pregunta de pronto, girando la cabeza hacia mí.

Lo pienso un segundo.

—Un ciclo de mecánica —respondo.

—¿Mecánica?

Asiento. No miento. Es verdad, aunque no toda la ver- dad.

—Interesante —dice—. Aunque bueno, más que intresante, útil. Nunca sobra alguien que sepa arreglar cosas.

Se queda en silencio por primera vez en un buen rato. Me atrevo a mirarla de reojo. Tiene los pies cruzados en el salpicadero. Está mirando el cielo, como si esperara que algo cayera de allí.

—No soy buena con los silencios —murmura.

No respondo.

—Pero contigo estoy aprendiendo —añade, casi en broma.

Los primeros kilómetros transcurren con ella hablando sin pausa, como si tuviera miedo de dejarme solo con mis pensamientos. Yo me limito a asentir de vez en cuando, a mirar la carretera, a no pasar de cien.

—¿Siempre conduces tan recto? —pregunta de repente, inclinándose un poco hacia mí.

—¿Recto?

—Sí. No te sales ni un centímetro, ni siquiera para esquivar un bache.

—Mejor así.

—Vale, vale… —ríe suave—. Me da seguridad, ¿eh? No es crítica.

No digo nada. Ella acomoda el cinturón y vuelve la vista hacia la ventanilla.

—¿Eres de Madrid?

—Sí.

—Yo soy de Zaragoza. Bueno, de un pueblo peque- ño. ¿Has estado alguna vez?

—No.

—Pues deberías, se come muy bien. Te llevaría a un sitio de tapas que… bueno, claro, no somos amigos todavía. Pero te lo recomiendo.

—Tampoco hace falta serlo para comer.

La miro de reojo. Ella arquea las cejas, sorprendida, y sonríe.

—Anda, sabía que eras capaz de hablar más de tres palabras seguidas.

—Cuando hay motivo sí que hablo más.

—¿Y que motivo tiene que haber?

—Que valga la pena.

Se queda callada un segundo, pensativa, antes de soltar una risa ligera.

—Vale. Pues intentaré que valga la pena.

No respondo. Pero por dentro, algo parecido a una sonrisa se me queda anclado. Ella no lo ve. Ni falta que hace.

Esbozo algo parecido a una sonrisa. No me ve. No hace falta. Volvemos a quedarnos callados. Pero esta vez, el silencio no pesa.

Más tarde aparto la vista un poco para darme cuenta de que Lara lleva un rato jugueteando con la radio, pasando de emisora en emisora sin decidirse.

—¿No te molesta que toque esto? —pregunta.

—Mientras no rompas nada.

Se ríe.

—Tranquilo, soy de apretar botones, no de romperlos.

No contesto. Ella se detiene en una canción y em- pieza a tararear. Al cabo de unos segundos, me mira de reojo.

—¿Tú cantas?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

—Pues deberías. Es terapéutico.

—Prefiero conducir.

Ella sonríe, ladeando la cabeza.

—¿Conducir es tu terapia?

—Supongo.

Se queda en silencio unos segundos, como si se lo estuviera apuntando mentalmente. Hay algo en la carretera, en la música baja que sale del altavoz, en el aire que entra por la ventanilla entreabierta, que hace que todo esté bien por un momento. Sigo conduciendo. Cien. Siempre cien. Y pienso, sin decirlo en voz alta: Que siga hablando. Que me quite, sin saberlo, un poco del ruido que llevo dentro.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 28.12.2025

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