Donde empieza el invierno

7

"Lo que no vi venir"

Emma

—Emma, como no salgas ya, me voy sin ti.

La voz de Irene suena desde el pasillo, con un tono entre la burla y la verdad. Ya lleva los tacones puestos y está sentada en el borde del sofá mirando el reloj del móvil como si fuera una bomba a punto de explotar.

—¡Dame cinco minutos! —grito desde el cuarto—. Solo me falta el pintalabios.

—Llevas diciendo eso desde hace quince.

Me miro al espejo una última vez. Vestido negro, corto pero elegante. Me hace sentir segura, aunque hoy no tengo tan claro por qué necesito sentirme así. Chaqueta vaquera con parches —la que él me regaló—, tacones bajos porque soy realista, y un delineado que me ha quedado sorprendentemente decente a la primera. Qui- zá eso era una señal.

Salgo de la habitación. Irene me observa con una sonrisa torcida.

—Te perdono solo porque vas guapísima.

—Gracias —digo, nerviosa, ajustando la chaqueta.

—Vamos, el autobús no espera. Y esta noche tampoco. Va a ser la mejor noche de nuestra vida.

Corremos calle abajo hasta la parada. Irene va man- dando audios mientras caminamos. Yo intento no mirar el móvil. Él no ha escrito. Pero eso no significa nada, ¿no?

El autobús llega. Subimos casi sin aliento, corriendo, empujándonos. Un grupo de chicas con purpurina y vino barato, ocupa los asientos del fondo. Nos sentamos en medio. La ciudad se va desdibujando tras los cristales empañados.

—¿Estás bien? —pregunta Irene en voz baja.

—Sí. Solo... quiero pasarlo bien esta noche.

—Pues vas a pasarlo genial. Ya verás.

La discoteca es una explosión de luz, ruido y cuerpos en movimiento. La música golpea en el pecho como un segundo corazón. Él está allí, esperándome. Me besa al llegar. Me susurra algo al oído que no escucho del todo, pero sonrío igual. Irene desaparece entre la gente. Yo bailo con él. Me dejo llevar. Durante un rato, todo es perfecto.

No sabía cuánto rato llevaba bailando sola.

Al principio no me importaba. Pensaba que Irene volvería en cualquier momento con dos chupitos más y ese plan suyo de “vamos a reírnos de todos los hombres del mundo”. Pero no volvió. O si volvió, no la vi. Y después de un rato, dejé de buscarla.

Ya no sabía si estaba bailando o simplemente tamba- leándome. Todo era luces moradas y azules y ese humo artificial que huele a plástico quemado. El suelo pegajoso. El aire caliente. El bajo golpeando en mi pecho co- mo si alguien lo golpeara desde dentro.

No sé cuánto había bebido. Lo justo para olvidarme de Sergio por un rato. Lo justo para dejar de pregun- tarme por qué últimamente era tan distante. Tan ausente. Tan… otra persona.

Él había dicho que se quería ir. Que estaba cansado. Que me fuera con Irene y lo pasara bien. Que me lo merecía. Y yo, tonta de mí, le creí.

Tragué el último sorbo de lo que fuera que tenía en el vaso. Vodka con algo. No lo recuerdo. Me giré buscan- do una cara conocida, pero ya no reconocía ni la mía. Me sentía vacía. O demasiado llena. No sé. Algo raro me pasaba en el pecho. Como si estuviera esperando que algo malo ocurriera sin saber por qué.

—¿Dónde estás, Irene? —murmuré, en voz baja, casi sin abrir los labios.

El calor era insoportable. Decidí ir al baño a mojarme la cara. Me abrí paso entre un grupo de chicas que gritaban al ritmo de una canción que ni siquiera podía reconocer. El pasillo hacia los baños estaba más oscu- ro, más silencioso. Se sentía como otro mundo. Respiré más tranquila.

Pero el baño de chicas estaba ocupado. Me apoyé en la pared, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Cerré los ojos un momento.

Fue entonces cuando escuché una risa. Una carca- jada masculina. Baja. Familiar.

Abrí los ojos despacio, como si ya supiera lo que iba a ver. La puerta entreabierta del baño de discapacitados dejaba ver parte del interior. Me acerqué. No porque quisiera. Algo me llevó allí. Algo que ya lo sabía antes de que ocurriera.

Y lo vi. Sergio, ¡Mi Sergio! De espaldas.
La camiseta gris que le regalé por su cumpleaños.
Y sus manos, firmes, agarrando la cintura de una chica que no era yo. Una morena, con un vestido rojo ajusta- do, con las manos enredadas en su cuello como si fuera suyo.

Se estaban besando de verdad. Con esa intensidad que pensé que solo tenía conmigo.

Sentí un puñetazo en el estómago. No. Más abajo. Como si me arrancaran algo de raíz. Todo giró. Todo se volvió ruido. No sé si grité. No sé si me escucharon.

Solo sé que me giré. Que corrí. Que empujé la puerta de salida de emergencia sin pensar y una alarma chilló por un segundo, agudo y sucio, como mi cabeza.

Salí a la calle. El aire helado me golpeó la cara. Me temblaban las piernas. Tropecé bajando las escaleras traseras del local y me senté en el último escalón. Me abracé a mí misma.

No lloré al principio. Me quedé ahí. Aturdida. Escuchando el eco de mi respiración, sintiendo el sabor amargo del alcohol y la rabia mezclados.



#7224 en Novela romántica
#961 en Joven Adulto

En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 18.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.