“Promesas tontas”
Lara
Paramos en una gasolinera justo antes de llegar a la frontera. No tiene nada especial: coches entrando y saliendo, gente estresada con café en mano y la típica señora que llena el maletero de bocadillos como si fuese a cruzar el desierto.
Gabriel baja del coche sin decir palabra. Ya ni me sorprende. Lo suyo con el silencio es olímpico. Tiene el arte de no hablar elevado a nivel zen. A estas alturas ya debería estar acostumbrada, pero hay algo en ese tipo de mutismo que me sigue pareciendo sospechoso… o inquietantemente cómodo. No sé.
Mientras él reposta, aprovecho para estirar las piernas, entrar al minimarket y salir con una bolsa de patatas y un Aquarius. Y, cómo no, hago lo que toda persona cuyas emociones dependen del Wi-Fi hace: llamo a Claudia.
Tarda exactamente tres segundos en responder, como si hubiese estado esperando mi llamada desde que me subí a este coche.
—¿Sigues viva? —es lo primero que dice, sin filtro.
—De milagro. El chico no habla, no sonríe y mira la carretera como si le debiera dinero.
—Ay, los intensos… —suspira con una sonrisita burlona—. ¿Y está bueno, al menos?
—No te pienso contestar —respondo, mordiéndome el labio con la misma sonrisa que intento ocultar.
Por supuesto, Claudia lo nota.
—¡Lo está! —grita—. Dios mío, Lara, prométeme ahora mismo que no te vas a enamorar de ningún noruego. Lo digo en serio. Ni aunque tenga barba, ojos tristes y un trauma bonito. No me seas tú, ¿eh?
Me río.
—¿Qué clase de promesa es esa?
—Una que te salva de ti misma. Júramelo. Di: “Juro solemnemente que no me enamoraré de ningún vikingo emocionalmente disponible ni me quedaré atrapada en un fiordo por amor”.
—¿Tú estás bien? —pregunto entre risas—. ¿Tienes fiebre o simplemente ves muchas series de médicos?
—Lara.
—Vale, vale… —hago una pausa teatral—. Lo juro. Ni fiordos, ni barbas, ni noruegos.
—Ni ojos que te miren como si entendieran cosas que tú aún no sabes que sientes.
Me quedo callada un segundo. No por lo que dice… sino porque justo en ese momento, al otro lado del aparcamiento, Gabriel levanta la mirada y, por primera vez, se cruza con la mía. Solo eso. Ni una sonrisa. Ni un gesto. Solo la mirada. Pero algo dentro de mí se tensa. Como si… bueno. Como si mi corazón entendiera algo que yo aún no quiero admitir. Cuelgo la llamada y vuelvo al coche.
Después de la gasolinera, el silencio vuelve al coche como si nunca se hubiera ido. Gabriel, fiel a su estilo, se centra en la carretera con esa intensidad suya que me sigue pareciendo excesiva. A mí se me acaba la batería del móvil, las ganas de hablar y, por algún motivo, también las excusas para llenarlo todo con palabras.
Así que lo dejamos estar. Dejamos que el coche respire por los dos.
Cuando empieza a caer la tarde y el hambre me muerde las costillas, le digo que podríamos parar a cenar. No dice ni sí ni no, pero desvía el coche hacia un restaurante de carretera sin que yo tenga que insistir. Y eso, viniendo de Gabriel, ya es un gesto enorme.
Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, de esas con mantel de papel y servilletas que se deshacen con mirarlas. Pido una ensalada, más por inercia que por hambre real. Él pide filete con patatas. Obvio.
Mientras esperamos, me fijo en una pareja sentada dos mesas más allá. Ella habla sin parar, con las manos, con los ojos, con todo el cuerpo. Yo, mientras tanto, me dedico a asentir de vez en cuando, la miro y le meto bocados enormes a la hamburguesa como si llevara días sin comer.
—Mira esa pareja —digo, apoyando el codo en la mesa y señalando con la barbilla—. Parece que acaban de conocerse. Ella no para de hablar de su vida y él solo engulle patatas como si le pagaran por masticar.
Gabriel echa un vistazo discreto y se encoge de hombros.
—Eso es más normal de lo que pueda parecer.
—¿Ah, sí?
—Mira, yo estoy con una chica que no deja de hablar de su vida mientras yo como mi filete con patatas.
Le lanzo una servilleta.
—Graciosillo.
Sonríe. No mucho, pero lo suficiente como para pillarme por sorpresa.
—Pero dime si no es curioso —sigo—. Cuando dos personas se conocen por primera vez… hay algo raro. Es como si te dieran permiso para imaginar cosas que no van a pasar. A mí me pasaba. Cuando estaba en el colegio y me gustaba un chico, ya me imaginaba los hijos que íbamos a tener. Les ponía nuestros apellidos, les elegía nombre y todo.
Levanta una ceja.
—¿Eso hacías?
—Lo hacía.
—Es siniestro.
—Tú sí que eres siniestro. Que no sé nada de tu vida. Ni una anécdota, ni un recuerdo, ni una frase fuera de libreto.
Gabriel baja la mirada a su plato y corta otro trozo de carne, lento, como si estuviera pensando más de lo que quiere admitir.
—Tal vez no soy de los que cuentan su vida la primera semana. O la segunda.
—¿Y cuándo entonces?
—Cuando siento que vale la pena hacerlo.
Me quedo en silencio unos segundos. No por lo que dice, sino por cómo lo dice: sin sarcasmo, sin distancia. Como si, por un momento, no llevara armadura.
—Pues empieza a prepararte, porque me interesa —le digo, metiendo el tenedor en mi ensalada—. Y tengo buena memoria para cuando te pilles los dedos con tus propias contradicciones.
—Eso no lo discuto —dice en un tono burlón.
El camarero trae la cuenta y Gabriel la coge antes de que yo pueda decir nada. Ni un gesto de superioridad, ni un “yo invito” teatral. Solo lo hace, como si fuera lo más natural.
Cuando salimos al aparcamiento, la noche ya se ha desplegado sobre la carretera: oscura, inmensa, salpicada de farolas solitarias. El aire huele a gasolina y a tierra húmeda.
Decidimos que es momento de buscar un sitio donde descansar. Y mientras el motor rugía, tuve la certeza de que Gabriel no era solo un compañero de viaje, sino el principio de un secreto que aún no sabía nombrar.