“Distancias cortas”
Gabriel
Terminamos de cenar en silencio. El restaurante se va vaciando poco a poco, y el murmullo de fondo desaparece hasta que solo quedan los cubiertos y alguna cafetera ruidosa. Miro a Lara, que juguetea con el vaso de agua como si aún no quisiera irse.
—No vamos a seguir conduciendo —digo, sin rodeos.
Ella levanta la mirada.
—¿Por?
—Es tarde. No hemos descansado en todo el día. No tiene sentido seguir.
No discute. Solo asiente. Lo agradezco. Hay algo en su forma de asentir que me resulta fácil, como si entendiera lo que no estoy diciendo. Que estoy cansado. Que no quiero seguir fingiendo que el día no pesa. Subimos al coche. Conduzco unos minutos hasta encontrar un motel junto a la carretera. De esos de fachada envejecida, con luces frías que parpadean con un cansancio casi humano. Paro sin pensarlo mucho.
Entro primero a recepción. Pido una habitación para dos. Pregunto si tienen camas separadas. La mujer tras el mostrador me mira con desgana y me da la llave.
—Primera planta, al fondo. Habitación con dos camas —dice.
Asiento y vuelvo al coche. Lara me mira desde su asiento.
—¿Todo bien?
—Sí. Todo bien.
Subimos. La habitación es simple. Dos camas, una mesa, una lámpara de noche. El baño al fondo y… genial. Una mampara de cristal translúcida que da justo a la zona de dormir.
—¿En serio? —murmuro, más para mí que para nadie.
—¿Qué pasa ahora? —pregunta ella mientras deja su mochila junto a la cama más cercana a la ventana.
—El baño. La mampara. Se ve todo.
—No todo —dice, evaluando el cristal con una sonrisa ladeada—. Solo lo suficiente como para incomodar a alguien con problemas de privacidad.
No respondo. Camino hasta la puerta, doy la vuelta y me acerco al baño. El váter no tiene pestillo. Perfecto. Es como si el arquitecto hubiera diseñado esta habitación para torturarme.
—¿Vas a pedir otra habitación? —pregunta, leyendo mis pensamientos.
—No creo que tengan más.
—Pues si te duchas, avisa, para no aplaudir.
Me lanza esa sonrisa suya, insolente, desafiante, como si nada le importara lo suficiente como para tomárselo en serio.
Y, sin embargo, noto que me hierve algo por dentro. No por ella. Por mí.
Por cómo este viaje está empezando a quitarme cosas que me prometí no soltar.
Me siento en la cama más lejana. Ella se queda de pie un momento, observándome. Luego se sienta también.
—¿Por qué eres así? —pregunta de pronto.
—¿Así cómo?
—Callado. A ratos seco. A veces parece que estás a punto de decir algo, pero no lo haces. Y otras, saltas por detalles como si algo dentro de ti estuviera a punto de estallar.
No contesto.
—Mira, estamos viajando juntos porque no me quedaba otra opción. No soy tu amiga ni tu terapeuta, pero si vamos a compartir coche, carretera, cafés de máquina y habitaciones con cristales traicioneros… lo mínimo es que no actúes como si yo fuera una amenaza.
—No actúo —respondo, mirando al suelo—. Soy así.
—No. No eres así. Te estás protegiendo de algo. Lo noto.
Levanto la vista. Me gustaría poder decirle que no. Que no hay nada. Que todo está bien. Pero sería mentira, y si algo no soporto más en este viaje es fingir.
—Para que personas como tú puedan desahogarse libremente —le suelto, casi sin pensar.
Ella parpadea. Me mira.
—¿Qué significa eso?
—Que si yo hablo, tú no lo harás. Y a ti te gusta hablar.
—¿Y a ti te gusta esconderte?
—A mí me gusta respirar en paz.
—Y a mí me gusta saber con quién viajo.
—Lo que tú digas —murmuro, tumbándome de lado en la cama y dándole la espalda.
—¿Por qué eres tan arisco?
—¿Por qué eres tan preguntona?
—No has respondido a mi pregunta.
—Ni tú a la mía.
Silencio. Por un momento pienso que se va a rendir. Pero no. Lara nunca se rinde.
—Eres más arisco que un gato en celo, parece que llevas un palo metido en el culo —dice—. Y no, no pregunto tanto. Solo quiero saber si estoy compartiendo este viaje con un psicópata emocional o con alguien que merece la pena.
No lo puedo evitar. Me muerdo el labio. Esa frase. Su tono. Su forma de decirlo sin peso y con toda la verdad del mundo.
—¿Estás sonriendo? —pregunta.
—¿Yo? —respondo, girando apenas la cabeza—. Se ve que el cansancio te está afectando.
—Menos mal. Por un segundo pensé que tenías los músculos de la cara paralizados. Voy a ducharme.
Asiento, sin moverme.
La escucho rebuscar en su mochila. Coge la toalla, el pijama y unas cosas más. Camina hasta el baño descalza, tarareando algo. No tarda mucho. Oigo el agua caer, el crujido de las tuberías, el ruido suave de las gotas golpeando el suelo.
Cierro los ojos, pero no me duermo.
Cuando el agua se detiene, se hace un silencio espeso. Luego la puerta del baño se abre y la veo salir envuelta en una toalla blanca, el pelo mojado cayéndole por los hombros, los pies descalzos sobre el suelo frío. No parece tener prisa. Camina con naturalidad hacia su cama, como si estuviéramos en mitad del verano, en su propia casa.
Yo, en cambio, me tenso como un resorte. Me giro con rapidez hacia la pared, evitando mirarla. Ni un segundo.
Escucho cómo deja la ropa sobre la cama. Cómo se seca el pelo con otra toalla más pequeña. Cómo suspira.
—Tranquilo, que no muerdo —dice desde el otro lado de la habitación.
No respondo. Me quedo quieto. El cuerpo en modo estatua.
Después de unos minutos, cuando ya no escucho movimiento, me levanto y camino al baño con la ropa en la mano y el pijama debajo del brazo.
Cierro la puerta. Con cuidado. Como si necesitara protegerme de algo que no sé nombrar.
Me cambio dentro del baño. No me ducho. Solo me lavo la cara. Me pongo el pijama —camiseta vieja y pantalón largo— como si me vistiera para una operación quirúrgica. Me aseguro de no salir sin estar completamente cubierto.