Emma
Esa mañana me levanté con una claridad que dolía. Como si de pronto todo lo que había ignorado durante semanas se hubiera encendido frente a mis ojos con una luz imposible de apagar.
No lloré, no grité. Solo supe lo que tenía que hacer. Llamé a Irene y le pedí que me pasara a buscar. Bajé con una caja en brazos. Dentro, todo lo que me queda- ba de él: camisetas suyas, una pulsera que me regaló, una entrada de cine que nunca me atreví a tirar y la carta que escribí pero nunca le entregué.
El trayecto fue en silencio. Irene no preguntó nada. Solo me miró una vez, cuando paró frente al portal, y me dijo:
—Si necesitas que arranque antes de que termines y lo atropelle, solo tienes que mirarme.
Asentí. E intenté ocultar la risa que se me había formado de la burrada que acababa de soltar.
Subí la escalera con la caja apretada contra el pecho. El corazón me golpeaba las costillas como si quisiera advertirme, pero llegué hasta el timbre igual. Pulsé una vez. Luego otra.
Él bajó sonriente. Como si fuera una cita. Como si no supiera que todo se había acabado desde hacía días.
—Ey, qué sorpresa. Pensé que—
No lo deje terminar.
—No digas nada. No finjas. Y sobretodo no pongas esa puta sonrisa de gilipollas.
Sus cejas se fruncieron.
—¿Qué pasa?
Le acerque la caja y la deje entre sus manos con más fuerza de la necesaria.
—Esto es lo que queda de ti en mi vida.
—Emma, no entiendo…
—Gracias —le digo—. Gracias por darme cuenta de que valgo muchísimo más. Que merezco algo mejor. Y que lo voy a encontrar.
Y sin decir nada más, me doy la vuelta y bajo las escaleras como si llevara alas. Subo al coche e Irene me mira. Arranca sin preguntar, no le digo nada. No necesito. Saco el móvil. La pantalla se enciende. Y ahí, como un parpadeo leve, aparece el recuerdo de ano- che. Como si mi cuerpo lo trajera de vuelta sin pedír- selo.
Después de aquella película rara que él eligió —una con dibujos que hablaban de la luna y de la tristeza—, nos quedamos tirados entre palomitas y chuches, rién- donos por cosas que no tenían gracia. Yo estaba cansa- da. Pero también tranquila.
Stellan me ofreció acompañarme a casa. Dije que no hacía falta, pero igual vino. Caminamos en silencio, sin prisas. No intentó besarme ni buscar mi mano, ni inven- tar excusas para alargar el camino.
Solo caminó a mi lado.
Cuando llegamos a mi portal, se metió la mano en el bolsillo y me dio su móvil.
—Por si algún día vuelves a sentirte en un callejón sin salida —me dijo—. A veces hay alguien poniendo carteles para arreglar la noche. Aunque no lo veas.
Lo tomé, sin saber qué decir.
—Buenas noches, Emma —añadió, y se fue.
Miro el teléfono ahora. Respiro hondo. Mientras subo en el ascensor hasta casa, me siento rara. Ligera- mente… liviana.
Le escribo: Gracias por no hacerme sentir como un trofeo ni como un error. Gracias por ser un respiro.
Él responde enseguida:
¿Un respiro? Yo aspiraba a ser al menos una choco- latina.
Y entonces sonreí.
Y esta vez por primera vez en mucho tiempo sentí que era de verdad.