Lara
El primer rayo de sol se cuela por la rendija de la cortina y me acaricia los párpados como si quisiera levantarme con delicadeza. Me giro hacia la ventana, medio dormida, hasta que noto el calorcito entrando en la habitación. Abro los ojos.
La habitación está bañada en una luz suave, do- rada. Me incorporo un poco, estiro el cuello y entonces lo veo: Gabriel duerme a mi lado, en la otra cama, profundamente. Como si no hubiese pasado la noche haciendo ruidos raros y removiéndose cada dos por tres. Parecía tener pesadillas o algo parecido. Yo he dormido a cachos, con el corazón en vilo por si de repente gritaba o se caía de la cama.
Y ahora míralo. Duerme como un angelito. Tiene un mechón de pelo pegado en la frente, como si fuera un niño pequeño, y hay algo en eso que... no sé, me resulta atractivo. Demasiado, quizá. Es curioso cómo alguien tan cerrado, tan de pocas palabras, puede tener ese aire indefenso cuando duerme.
Decido dejarlo descansar. Ayer condujo todo el día sin quejarse. Y ser tan renegón, tan hermético, tan hom- bre muralla... eso debe agotar. Hasta su silencio parece que pesa.
Me levanto con cuidado, cojo el móvil y salgo al exterior. El aire fresco me despeja un poco. El pueblo donde hemos parado está casi desierto a esta hora. Huele a pan recién hecho y a calma.
Busco un banco de madera cerca de la entrada del hostal y me dejo caer. Marco el número de Claudia.
—¡Hola!, ¿sigues viva? —responde medio dormida de nuevo con su broma—. ¿Ya estás en Noruega o qué?
—Todavía no, mujer. Pero voy camino. He sobre- vivido a la primera noche con mi compi de viaje. Y qué te digo... el chico es una maravilla. No para de hablar, es como una enciclopedia ambulante. Ayer me contó su historia completa: que si escaló el Kilimanjaro, que si cruzó en kayak hasta Islandia...
—¿Qué? —se ríe—. ¿Ese es el mismo que me dijiste ayer en la llamada que tenía los labios sellados todo el día?
—El mismo. Pero tenía que adornarlo un poco. Si te digo que apenas ha dicho tres frases completas, que pone cara de susto cada vez que le hago una pregunta y que anoche parecía estar luchando contra sus demo- nios mientras dormía… ¿cómo le das emoción a eso?
Claudia suelta una carcajada al otro lado.
—Estás loca, tía. Pero me gusta. Sigue obser- vándolo. Los calladitos siempre esconden cosas.
—Ya... —respondo bajito—. Eso me da un poco de miedo.
Cuando cuelgo con Claudia, respiro hondo antes de llamar a mi madre. Sé lo que viene. Y no me equivoco.
—¿Comes bien? —pregunta de inmediato, sin un hola siquiera—. ¿Y el abrigo? No me digas que sales solo con esa chaquetita fina. Y dime la verdad: ¿no es peligroso subirte al coche de un desconocido?
—Mamá… —digo alargando la palabra, con una mezcla de cariño y cansancio—. Estoy bien. El chico es un encanto. Me cuenta cosas preciosas de su vida nómada. Creo que fue pastor de llamas en Perú.
Se hace un silencio breve. Después, un suspiro largo.
—No me hagas bromas con eso, Lara. Tú me entiendes: estoy sola aquí, tu padre se pasa el dia en el bar y tus hermanos están en el colegio y si te pasa algo… —su voz se quiebra un instante.
Me muerdo el labio. No puedo contarle la verdad. No que apenas abre la boca, no que parece arrastrar fantasmas cada noche, no que me inquieta tanto como me atrae.
—De verdad, mamá. Estoy bien. Te escribiré cuando crucemos a Alemania, ¿vale?
—Promételo —dice.
—Prometido.
—¿Que tal te trata la gente por donde estas?
—Bien. De momento la gente es simpática y los sitios a los que hemos parado parecen sacado de una postal. Así que de verdad estate tranquila. No me van a raptar ni voy a dejar de escribirte.
Cuando termino, me quedo un momento en silencio. Escuchando. Viendo cómo se levanta poco a poco el pueblo. Las primeras bicicletas, el café que se sirve tras una ventana, una anciana que riega macetas.
Entonces escucho la puerta del hostal abrirse detrás de mí. Me giro.
Gabriel aparece, ya vestido, peinado, con cara de persona que lleva despierta desde hace horas. Hasta huele a limpio, como recién duchado. Me mira con esos ojos de tormenta y asiente levemente, como si ya estu- viésemos en mitad de una conversación silenciosa.
Y yo ahí, sentada. En pijama y con el pelo hecho un desastre, probablemente aplastado de un lado y encres- pado del otro.
Genial. El perezoso madrugador ha decidido dejarme en evidencia.
—Buenos días —murmuro, recomponiéndome un po- co.
—¿Has dormido bien? —me pregunta, con voz sua- ve, como si recordara también su noche agitada.
Lo miro. Sonrío con descaro.
—Como un tronco. Tú en cambio… parecías tener una guerra montada en sueños.
No dice nada. Pero me sostiene la mirada. Y por un instante, veo algo en sus ojos. Algo que no sé si es tristeza, o culpa, o simplemente cansancio.
Pero dura poco. Luego gira la cabeza, mira al coche y dice:
—Cuando estés lista, arrancamos.
Me quedo viéndolo alejarse.