Donde empieza el invierno

12

“Cubrir a ciegas”

Lara

Suenan violines. Otra vez. No sé cómo he llegado a esta situación, encerrada en un coche durante horas con un hombre que tiene el gusto musical de un monje tibetano melancólico. Música instrumental, suave, eté- rea, como si estuviésemos ascendiendo al cielo por una autopista francesa.

Intento aguantar. De verdad. Pero llega un punto en que no puedo más.

—¿Te importa si cambio esto? —pregunto, ya con el dedo sobre la pantalla del móvil.

El niega con la cabeza. Un gesto seco, ni siquiera gira el cuello. Pero no dice que no. Así que lo tomo como un “haz lo que quieras, pero si me pones reguetón salto en marcha”.

Pongo algo neutro. Indie suave. Algo con voz huma- na, al menos. Siento que acabo de recuperar el oxí- geno.

Hace dos horas que hemos cruzado la frontera. Atrás quedó España, sus peajes interminables y los carteles de embutidos. Ahora el paisaje se va volviendo más verde, más húmedo, más… francés.

Gabriel dice que quiere parar un rato en Toulouse. No sé si por el coche, por él o por los dos.

Entramos en la ciudad con calma. Las casas tienen tejados inclinados, balcones con geranios y un aire de domingo perpetuo. Buscamos un lugar para estirar las piernas y cargar combustible, pero al llegar a una zona más urbana nos encontramos con un control policial.

Genial.

Un agente levanta la mano. Gabriel frena con suavi- dad. Yo lo miro. Él está rígido. Inmóvil. Las manos en el volante, los ojos al frente como si estuviera intentando pasar desapercibido a base de convertirse en estatua.

El policía se acerca. Habla en francés.

—Hola. Revisión de rutina. Sus papeles, por favor.

Gabriel busca los documentos, pero le tiembla un po- co la mano. Yo estiro el cuello, sonrío al agente.

—Viajamos a Alta, Noruega. Está un poco cansado, pero soy yo quien habla mejor francés —digo con naturalidad. El policía me mira, asiente.

Revisa los papeles. Frunce un poco el ceño.

—¿Y en el maletero que lleváis? —pregunta y Gabriel se me queda mirando como si no fuera con él las cosas.

Pero en cuanto lo ve señalar la parte trasera veo como Gabriel trata de moverse en el asiento como si algo le molestase y no estuviese cómodo.

Oh, no. Gabriel baja del coche, despacio. Le explica algo al agente. No sé exactamente qué dice porque baja la voz, pero usa las manos. Gesticula poco, lo justo. Yo me inclino un poco hacia adelante, como si pudiera ayudar desde dentro, pero no hago nada.

El agente observa. Mira al maletero. Se lo piensa. Y al final… asiente. Le devuelve los papeles a Gabriel y se marcha sin abrir nada. Gabriel sube al coche. Cierra la puerta y suelta un leve suspiro. Miro sus manos. Le tiemblan un poco cuando mete la llave y gira el con- tacto.

No puedo más. Tengo que decirlo.

—¿Te vas a explicar algún día o te tengo que seguir cubriendo sin tener idea de lo que pasa?

El me mira un instante, con esos ojos que parecen pensar algo.

—No es tan sencillo de explicar.

Y después en el ambiente se queda un silencio tenso. El coche arranca y avanzamos. Él no responde nada más. Y eso, en cierto modo, me responde.

—¿Dónde aprendiste a hablar francés tan bien? —decide por fin y por iniciativa romper el silencio.

—En el instituto.

—Hablas muy bien. Muchas gracias por sacarme del apuro. No sabría que hubiese hecho.

Pero no llega a responderme nada más a la pregunta anterior y me frustra.

Una hora más tarde, paramos a repostar en las afue- ras de Toulouse. Él se queda junto al surtidor, revisando algo del motor otra vez. Yo entro en la estación, compro dos cafés —uno solo, uno con leche, por si acierto—, y vuelvo sin decir nada.

Le tiendo el vaso. Lo coge. Sus dedos rozan los míos. Están fríos.

—Yo tampoco hablo cuando estoy asustada —digo.

No me mira. Solo asiente. Y por alguna razón, eso basta por hoy.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 08.02.2026

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