“Torres de cristal vacías”
Stellan
No sé por qué volví a quedar con ella. Podría decir que era por cortesía. Que no tenía nada mejor que ha- cer. Que me apetecía pintar. Pero sería mentira. Hay al- go en Emma que no sé explicar. No es solo lo que dice, sino cómo lo dice. Esa forma que tiene de mirarme, co- mo si no le diera miedo asomarse a mi silencio.
Como si no intentara llenarlo con palabras. Solo... lo habita. Y eso, de alguna forma, me inquieta. Y me atrae a la vez
Aquella tarde me ayudó con un cuadro. Yo no pensa- ba pintar nada especial, solo estaba manchando el lien- zo como quien limpia el polvo con las manos. Pero ella llegó, se quitó la chaqueta, se remangó y dijo:
—¿Qué quieres que haga?
Le di una brocha sin pensarlo. Y, sin saber cómo, acabamos pintándonos el uno al otro. Primero fue en broma. Una línea roja en la mejilla, una mancha azul en la frente. Después, sin darnos cuenta, era como si cada pincelada dijera más que cualquier conversación. La vi concentrada con esa media sonrisa suya, pintándome la clavícula como si fuera parte del lienzo. Y yo, en lugar de detenerla, le marqué una estrella amarilla detrás de la oreja. Nos reímos. Mucho, de cosas absurdas.
Después, cada uno se duchó por separado. Esto es importante decirlo porque pese a que yo tenía muchas ganas de ducharme con ella después de este instante entendí que no era el mejor momento. No hubo insinua- ciones, ni miradas incómodas. Solo agua caliente y la sensación de que algo se había aflojado por dentro. Algo que llevaba mucho tiempo tenso.
Cuando volví al espacio principal de la fábrica, ya más seco y con ropa limpia, ella estaba envuelta en una manta. Le puse una película en el proyector, una que ni siquiera terminé de presentar porque ya estaba acomo- dando con las piernas cruzadas y una bolsa de palo- mitas entre las manos. La película era mala. De esas que se ven solo por el sonido de fondo.
Empezamos a tirarnos palomitas, como críos. Yo le lancé una directamente a la nariz y ella contraatacó con un puñado entero. Luego nos peleamos por la manta. Fue estúpido, ridículo, divertido y entonces, sin planear- lo, nuestras manos se encontraron dentro de la bolsa.
No sé cuánto rato estuvimos así. Ni si alguien dijo al- go. Lo único que recuerdo es que la miré y ella me sos- tuvo la mirada. No fue una mirada cualquiera. Fue de esas que desarman, que rasgan y que entran sin pedir permiso.
Una mirada de amor, aunque ni uno de los dos lo di- jera.
Después se levantó. Caminó por el espacio como si quisiera alargar ese momento sin romperlo. Yo me que- dé en el sofá, observándola en silencio. La vi detenerse frente a una de las torres de botellas. Las tengo por toda la fábrica. Columnas de vidrio vacío. Botellas de vino colocadas con precisión, como si fueran estruc- turas de equilibrio imposible. Algunas tienen etiquetas viejas, otras están cubiertas de cera. Colecciono cosas inútiles. Quizá porque yo también me siento así a veces. Ella estiró la mano, curiosa.
—Ey —le dije de inmediato, con un tono más firme del que pretendía—. No toques eso.
Se giró, sorprendida.
—Cualquiera de esas torres vale más que cualquier bolso de Louis Vuitton que tengas —añadí, medio en broma, intentando suavizarlo.
Ella se rió.
—No tengo bolsos de esos por cierto. Pero tranqui. No los toco —y añadió, señalando la estructura—. Aun- que me gustan.
—¿El qué?
—Las torres de botellas. Veo que estás haciendo co- mo una estructura con las botellas. Está guay.
Nunca nadie se había fijado en aquello como lo había hecho ella. Tal vez fuese porque no habían entrado mu- cha gente desde que mis padres fallecieron.
Pero todos los que lo habían hecho dieron de lado todas las cosas que había fabricado con tanto esfuerzo. No supe qué responder. Porque lo eran. Como ella. Co- mo esto que empieza a crecer entre los dos y que nin- guno se atreve aún a nombrar.