15
“Cosas que no se dicen”
Lara
Me despierto con un golpe seco.
—¡Mierda! —dice él, apretando el volante con los nu- dillos blancos. Me incorporo, todavía medio dormida, con el cuello dolorido por la postura.
—¿Qué pasa?
Gabriel no me mira. Está tenso, mordiéndose el labio inferior como si quisiera tragarse las palabras.
—Me he pasado una salida.
—¿Y?
—Y que era un sitio al que quería ir —responde, sin ocultar el enfado.
—Vale... no es tan grave, ¿no?
—Sí lo es. La siguiente salida está a veinte minutos. Y me estoy quedando sin gasolina. Y... y me va a hacer perder tiempo.
—Bueno, lo recuperamos. Ya está.
—No, no lo entiendes. —Ahora sí me mira. Los ojos le brillan, como si lo que acaba de pasar removiera algo más profundo—. Puse el GPS en silencio porque te habías dormido. No quería molestarte. Pero claro... co- mo no escuché la alerta, me la salté. Me quedo en silen- cio unos segundos. No sé si me habla a mí o a sí mis- mo.
—¿Y por qué no me dijiste que querías parar ahí?
—Porque pensé que llegaría sin problemas.
—Ese es tu problema —digo, bajando la voz—. No me cuentas nada. Me llevas en este viaje pero no me dejas ver hacia dónde vamos. ¿A dónde quieres ir?
Él no responde. Solo aprieta el volante una vez más y desvía la mirada hacia la carretera.
—Gabriel, te he preguntado algo —insisto.
—Nada —responde al cabo de unos segundos. Ape- nas un susurro.
—¿Nada? ¿Me estás diciendo en serio que todo esto… tus silencios, tus enfados, el susto con el control, todo… no significa nada?
—No es lo que crees —añade.
—¿Y qué creo, según tú?
No contesta. Otra vez ese muro, y no el de Facebook. Suspira… Y yo también lo hago.
El coche sigue devorando kilómetros como si nada pasara, pero aquí dentro, el aire es espeso.
—Vale —digo, alzando las cejas—. Entonces, ¿me dejas adivinar? ¿Eres un agente encubierto que trans- porta información confidencial en forma de playlist ins- trumental? ¿Un espía con un trauma auditivo?
Nada.
—¿O estás trasladando las cenizas de tu gato y no quieres que se te enfríe el recuerdo?
Silencio. Pero me parece ver cómo se le mueve ape- nas la comisura de los labios. ¿Una sonrisa reprimida? No estoy segura. Pero de nuevo lo he conseguido por segunda o quizás tercera vez en este viaje.
—Esto es agotador, Gabriel. Estás aquí, pero no es- tás. Me haces sentir como si estuviera ocupando el a- siento de otra persona. Como si me hubiese colado en una película que no entiendo.
Él niega con la cabeza, pero no dice más. Yo resoplo.
—¿Sabes qué? Pues si vamos a ir así, al menos que suene algo decente.
Agarro mi móvil y lo conecto al coche. Busco una playlist que me haga sentir viva, con voces, letras, algo que me recuerde que no somos robots. Empieza a sonar una canción suave, le pega completamente a este momento del viaje. Gabriel no dice nada. Ni un gesto. Solo sigue conduciendo. Me da la sensación como si estuviese pensando en todo y en nada a la vez. Su mirada está en la carretera pero tengo la ligera sensa- ción de que su cabeza está en algún sitio muy muy le- jano y no es precisamente el país de Shrek.
El silencio entre los dos se llena con la voz de la cantante. Es mejor que este vacío cargado de cosas que no se dicen.
Y por un momento, solo por un momento, me permito apoyar la cabeza en el cristal y mirar el mundo pasar.
Paramos a comer en un pueblo de postal, literal- mente. Casas de madera, montaña al fondo, un puesto de recuerdos junto a un restaurante con mesas de pie- dra. Paramos a comer en ese pintoresco lugar con mesas al aire libre bajo unos toldos que se mueven con el viento. El lugar parece detenido en el tiempo: man- teles de cuadros, camareros que no tienen prisa, y un menú escrito a mano en una pizarra con tiza. Pedimos algo al azar: sopa del día para él, quiche para mí. Pan crujiente. Agua fría. Hasta el aire parece que huele a leña y romero.
Por un momento pienso que seguirá mudo, como en el coche. Pero entonces, con la cuchara en la mano, Gabriel dice:
—Lo siento por lo de antes.
Levanto la vista. ¿He oído bien?
—¿Lo dices en serio?
—No estoy acostumbrado a tener que explicar lo que siento. A veces me doy cuenta de que espero que los demás… simplemente lo entiendan.
—Ya, bueno —respondo—. No soy adivina. Solo hu- mana. Con estómago, por cierto, y muchas preguntas.
—No quería gritarte de veras —dice sin mirarme—. Pero me jodió equivocarme de salida. No por ti. Por mí. Había... un sitio donde quería parar. Una tontería. Pero me apetecía.
—¿Qué sitio?
—Un lago —responde, bajando la voz—. Está un poco escondido, al lado de un bosque. Es de esos sitios donde no hay nada, pero parece que está todo.