Donde empieza el invierno

16

“Un lugar para quedarse”

Gabriel

Estoy agotado. Entre las salidas perdidas, las discusiones a medias y esa conversación en el restaurante, siento como si este día hubiera durado una semana entera. Mi cuerpo pesa más que mi mochila. Incluso el sonido de las palabras entre nosotros empieza a parecerme cómodo.

Cuando llegamos al hotel —hotel es una forma generosa de llamarlo—, Lara va directa al mostrador. Yo me quedo detrás, como si no tuviera fuerzas ni para hablar. Ella gestiona todo en francés. Rápida, segura. Su tono es seco pero cordial. La recepcionista asiente, teclea algo, le da la tarjeta.

Lara se gira hacia mí y me la extiende.

—Una habitación.

—¿Una? —frunzo el ceño.

—Sí. Solo quedaba una.

—¿Y la cama?

—Compartida —dice, sin inmutarse.

—Ni de coña.

—Perfecto. Entonces conduce tú —responde, encogiéndose de hombros—. Porque no hay otro sitio libre a cien kilómetros a la redonda y yo no pienso dar un paso más.

No responde como si estuviera cansada. Responde como si supiera exactamente que va a ganar.

Me quedo quieto. Analizo sus ojos, esa forma que tiene de mirarme como si estuviera retándome sin decirlo. Al final, asiento. No porque quiera. Porque me da más miedo ella que la noche.

Bajamos a la planta baja, donde hay una pequeña zona común con máquinas expendedoras. No hay mu- cho donde elegir, pero al menos evitamos salir con este frío.

—¿No vas a coger nada caliente? —le pregunto estando delante de la máquina de bocadillos, sin mirarme.

—No me apetece —responde sacando una ensalada de pasta y una botella de Aquarius.

Alzo una ceja.

—Tú misma —murmuro.

Me agacho para coger un bocadillo de jamón y una Coca-Cola. Lo huelo como si esperase algo sospecho- so.

—Esto no es jamón español. Está seco —digo mientras le doy un mordisco. Frunzo el ceño—. Qué crimen.

—Lo mismo decían los romanos de los bocadillos de Britania —me dice, sentándose en una mesa junto a la ventana.

Dejo escapar una leve risa, casi imperceptible, pero está ahí. Me sienta frente a ella.

—No sé si es por hambre o porque ya me haces gracia.

—¿Ya? ¿Eso quiere decir que empiezo a caer mejor?

—He dicho gracia, no mejor —replico, dándole otro mordisco al pan reseco.

Comemos en silencio un rato. Pero es un silencio distinto. Menos tenso. Más parecido a estar cómodamente callados que a estar evitando algo. Ella observa el móvil todo el rato mientras desliza el dedo hacia abajo. Creo que está viendo Tik tok pero no le presta mucha atención. Me da la sensación de que es para descansar mentalmente de todo el día y la entiendo.

También juega con el tenedor en la ensalada, y yo rasgo el envoltorio de una servilleta con los dedos como si necesitara tener las manos ocupadas.

—¿Crees que algún día hablaremos de verdad? —pregunta sin apartar la mirada del móvil.

No respondo de inmediato, pero no esquivo mirarla. Me limito a encogerme de hombros.

—Tal vez cuando terminemos el bocadillo —concluyo.

Cuando subimos a la habitación comienzo a observarla. Está limpia, sin nada especial. Una cama, dos lámparas, una tele colgada en la pared. Dejamos las mochilas en el suelo, uno a cada lado. No hablamos. Cada uno entra a la ducha sin decir quién va primero, como si lleváramos haciendo esto toda la vida.

Cuando salgo, ella está ya tendida en la cama apoyada sobre la pared como si intentara alejarse lo más posible de mí, igual esta noche nos peleamos por la manta, está con el pelo húmedo, cambiando de canal. Todo está en francés. Documentales, tertulias, un reality con subtítulos que no entiendo.

—No pillamos nada —dice, pasándolos a velocidad absurda.

—Espera —le digo. Me agacho, abro mi mochila y rebusco hasta sacar el Fire TV que siempre llevo para los viaje largos y fuera de España. Es mi amigo inseparable.

Ella me mira como si acabara de sacar una navaja suiza.

—¿Que es eso? —pregunta extrañada.

—Lo traje por si tenía que pasar noches en zonas aisladas o aburridas.

—Esto es ambas cosas —responde.

Lo conecto al televisor. Tarda un poco, pero en cuanto carga el menú, aparecen los canales españoles.

El primero que salta es Control de fronteras.

—Venga ya —dice ella, riéndose—. ¿Esto es casualidad o me estás lanzando indirectas?

—Prometo que es casualidad. Y además, eso es ficción. Lo nuestro era mucho más cutre.

—¡Y más tenso!

—Cierto.

Cambio de canal. Sale Españoles por el mundo.

—Mira —dice ella—, ahí podríamos salir nosotros. Una pareja rarísima viajando sin hablarse bien y esquivando controles policiales.

—Y durmiendo juntos en camas obligatorias.

—Un éxito en prime time.

Nos reímos, más de lo que deberíamos. Luego pasamos al siguiente canal: Mi vida con trescientos kilos.

—Uf —murmura Lara—. Me encanta este programa. Todos los jueves lo veo sin perderme uno.

—Yo no entiendo cómo llegan a eso aunque si te digo la verdad nunca he visto un programa —miento mientras respondo apoyándome en la almohada—. Aunque… si lo pienso, cuando estoy mal, a veces también me tiro en la cama todo el día. Solo que sin cámaras y sin hamburguesas.

—¿Y con qué?

—Con silencio —respondo. No me había dado cuenta de que lo iba a decir.

Ella no contesta. Solo deja la mirada en la pantalla, pero en sus labios hay una especie de comprensión sin juicio. Como si por fin hubiera escuchado algo verdadero de mí.

El programa sigue. Un hombre en bata dice que hoy ha sido productivo porque solo ha comido dos veces y no se que de calorias pero me da la sensación de que antes de ir a esa consulta ha llegado a comer seis ve- ces por el camino. No porque lo sepa sino porque lo ha ido narrando.

El televisor sigue hablando. La luz parpadea. El cuarto se vuelve cada vez más tibio, como si el día no hubiera sido tan raro.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 22.03.2026

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