“No siempre quiere ser contada”
Lara
Cuando abro los ojos, me doy cuenta de que la tele sigue encendida. Están dando un programa de vestidos de boda y el volumen está bajito, como si no quisiera despertar a nadie. Giro la cabeza y veo a Gabriel durmiendo boca arriba, con la boca abierta y los brazos completamente extendidos. Parece un crío derrotado después de un partido de fútbol. No se ha movido en toda la noche. Ni rastro de pesadillas. O al menos, si las ha tenido, yo no me he enterado. Lo cual ya es un avance.
Observo la pantalla. Una novia entra llorando a una tienda, dice que nada le queda bien, que no se ve guapa, que su madre no la apoya. Cambio de canal, pero solo hay noticias o anuncios, así que vuelvo al de las novias.
Me cuesta imaginarme con un vestido así. Blanco, enorme, lleno de tul y con esa carísima energía de “voy a ser feliz para siempre”. Supongo que siempre he tenido claro que no me voy a casar. No porque no crea en el amor, sino porque el amor parece no creer demasiado en mí. He tenido mala suerte con los hombres. Y tampoco me esfuerzo mucho en cambiar eso.
Gabriel se mueve. Emite un sonido confuso, como un zombi al despertar, y se rasca la cara con torpeza.
—¿Qué hora es? —dice sin abrir los ojos.
—Hora de bajarnos al buffet si queremos algo decente.
Cinco minutos después estamos en la cafetería del hotel. El buffet está lleno de ruido, platos, vapor de café y gente arrastrando maletas con la cara aún medio dormida. Yo cojo fruta, un par de tostadas y un café con leche.
Gabriel, en cambio, carga su plato como si fuera a atravesar el desierto: huevos revueltos, bacon, salchichas, algo que parece tortilla y pan con tomate.
—Veo que el programa de gente con sobrepeso de anoche no te ha quitado el hambre —bromeo.
—Nos espera un día largo y duro —dice mientras se sienta frente a mí—. Además, ya que no había cale- facción, por lo menos que nos salga rentable el desayuno.
Sonrío. Me gusta esa manera tan práctica que tiene de justificar sus caprichos. Después de recoger las mochilas volvemos al coche. Las nubes están bajas y cubren parte de la autopista. El silencio entre nosotros es cómodo.
Paramos en una gasolinera a las afueras de Troyes. Mientras él reposta, bajo del coche y estiro las piernas. El aire está frío, pero agradezco el cambio de postura.
—¿Quieres que te cuente algo? No se lo he contado a nadie ¿y sabes qué es lo peor? Que cuando estás con alguien que te hace sentir que no vales nada. Que no eres suficiente. Que lo que eres, tal cual, es un error y empiezas a creértelo. Y lo peor no es que te lo digan; es que lo vas haciendo tuyo hasta que dudas de quien eras antes de que te lo repitieran.
Gabriel me mira, sin decir nada. Me imagino como tiene que estar su cabeza ahora mismo con gabrieles pequeñitos corriendo de un lado a otro con una señal de alarma en medio sonando mientras tratan de encontrar la mejor respuesta posible pero no llega a tiempo y sigo.
—Con uno de mis ex me pasaba eso. No me insultaba, ni me gritaba. Pero me apagaba. Poco a poco. Me hacía sentir que mis ideas eran tontas, que mis planes eran absurdos, que si hablaba mucho era porque no sabía estar en silencio. Al final, me quedé callada hasta conmigo misma.
Sigo mirando al frente, sin buscar su reacción. El viento me golpea la cara, suave. Cuando me giro para volver al coche, Gabriel está tendiéndome su abrigo. No dice nada. Creo que las personitas han llegado a la conclusión de que lo mejor es eso. Solo lo deja sobre mis hombros y sigue repostando como si no hubiera pasado nada. Y, sin embargo, lo ha hecho todo.
—¿Puedo preguntarte algo? —le digo cuando vuelve a meter la manguera en su sitio.
—Puedes —responde, sin mirarme.
—¿Por qué vas allí? A Alta, quiero decir. ¿Qué hay allí que no puedas encontrar aquí?
Él no responde de inmediato. Solo apoya las dos manos en el techo del coche y aprieta. Fuerte. Tanto que los nudillos se le vuelven blancos. No sé si está enfadado, dolido o simplemente cansado.
No insisto. Subo de nuevo al coche y mientras él termina de pagar, curioseo en la guantera. No es que quiera invadir su privacidad. Bueno, quizás sí, un poco. Pero no por cotilla, sino porque quiero entenderle. Porque algo de él me duele, y no sé por qué.
Encuentro una pequeña libreta doblada en el hueco de la puerta. La abro sin pensar. En la última página hay un dibujo: una niña de espaldas, de pie sobre una colina, mirando al cielo. Lleva coletas, no hay nombre, ni fecha. Solo líneas suaves, sencillas, pero llenas de algo que no sé describir. Ternura quizás.
—¿Qué haces? —pregunta de pronto.
Me sobresalto. Él está ya en la puerta, mirando la libreta en mis manos. Se la quita sin brusquedad, pero con firmeza, y la guarda.
—¿De quién es? —pregunto.
No contesta.
—¿Por qué no quieres que nadie conozca tu vida?
Ya está en el asiento, arrancando el motor. Mira al frente.
—Porque mi vida no siempre quiere ser contada —responde.
Me quedo callada unos segundos. Luego digo, suave:
—Antes de llegar a Alta te lo voy a sacar. Lo sabes, ¿verdad?
Él sonríe de lado, sin apartar la vista de la carretera.
—Confías mucho en ti misma, ¿no?
—Sí —respondo—. Y como tú no hablas, seguiré contándote yo. ¿Te he hablado del segundo chico con el que estuve?
Él no contesta. Pero tampoco cambia de emisora. Así que empiezo.
—Era diferente al anterior. No me apagaba, pero me hacía creer que yo no podía vivir sin él. Que era lo mejor que me había pasado. Y durante un tiempo me lo creí. Le perdoné muchas cosas. Mentiras, desprecios, silencios incómodos. Una vez me dejó plantada en el hospital cuando me habían ingresado por un mareo. Me dijo que no era para tanto. Que seguro que estaba exa- gerando.
Siento cómo me arde la garganta. Trago saliva y sigo.
—Lo peor fue que cuando por fin me fui, me sentí culpable. Como si le hubiera fallado a alguien. Como si romper con él me hiciera mala persona.