Donde empieza el invierno

18

Stellan

No recuerdo la última vez que compartí techo con alguien sin que me pesara. Pero con Emma era distinto.

Había algo en su forma de ocupar el espacio… no lo invadía, lo volvía más ligero. Se movía por la fábrica como si llevase años viviendo allí, como si las grietas del suelo, las manchas de pintura y los restos de metal viejo fuesen parte de su casa también.

—¿No te molesta que haya ropa mía colgada en los tubos del techo? —me preguntó el segundo día, mientras colocaba su camiseta blanca sobre una cuerda improvisada que servía de tendedero.

—No, mientras no pongas música de reguetón a las ocho de la mañana —le respondí.

Sonrió. De esas sonrisas que hacen ruido por dentro. Fue idea suya lo del mural.

—Esa pared está pidiendo a gritos que la pintemos —dijo una tarde, señalando la más alta, donde antes había una estructura oxidada que desmontamos juntos.

—¿"La pintamos"? —repetí, arqueando una ceja.

—Sí, tú y yo. Tú eres el que vive aquí, ¿no? Pues yo soy tu nueva inquilina. Hay que dejar huella. Un mural que cuente nuestra historia. Aunque sea inventada.

—¿Y qué historia quieres inventar conmigo?

—Una de esas que parecen mentira, pero no lo son.

Acepté. No porque me apeteciera pintar. Sino porque era ella quien lo proponía.

Pasamos tres tardes eligiendo colores, trazando lí- neas, esbozando formas sin saber muy bien qué saldría de allí. Yo llevaba años pintando solo. Con ella, en cam- bio, todo era compartido: los pinceles, la música, las risas, hasta los silencios.

—¿Sabes qué eres para mí? —le dije una noche, sin pensarlo demasiado.

—¿Qué? —me respondió sin dejar de mover el pin- cel, concentrada.

—Mi chocolatina. De esas que uno guarda para después, pero al final se come de golpe.

Soltó una carcajada que rebotó por toda la nave. Me gustaba hacerla reír. Me hacía sentir que todavía que- daba algo limpio en mí.

Estábamos así, con las manos manchadas y la ropa salpicada de pintura, cuando sonó mi móvil. El tono era uno que nadie conocía. Un pitido corto, casi militar.

Me puse rígido. Emma me miró, ladeando la cabeza.

—¿Todo bien?

Asentí. Pero no lo estaba. Vi el nombre en pantalla. No tenía foto. Solo un número. Uno que no debería estar ahí.

—¿Quieres que me vaya un segundo? —preguntó, aún con el pincel en la mano.

—No. Solo será un momento.

Me aparté. Salí por la puerta lateral y cerré detrás de mí. El aire de la noche estaba frío y me cortaba los pul- mones.

Deslicé el dedo por la pantalla y respondí.

—¿Sí?

Desde dentro, pude ver su silueta a través del cristal roto. No había vuelto a pintar. Me observaba.

Y en sus ojos había una pregunta que no se atrevía a formular. Porque tal vez intuía que no todo lo que le había mostrado era verdad. Tal vez empezaba a notar lo que yo llevaba años escondiendo algo que no quería decir.

Mi mejor amigo había estado apunto de morir tras un ataque terrorista. Al menos eso fue lo que me dijeron desde el hospital por el que me llamaban. Una bomba le había explotado en los buzones cuando estaba reco- giendo el correo. Estaba estable dentro de la gravedad.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 22.03.2026

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