Donde empieza el invierno

19

Lara

—Esto no estaba en el acuerdo —digo, medio en broma, medio en serio, mientras veo cómo aparece un cartel enorme con orejas de ratón en el horizonte—.

—¡Disneyland! ¿En serio? —Gabriel no contesta. Solo señala la salida. Luego pone el intermitente y, sin decir nada más, sale de la autopista.

—Gabriel —insisto, intentando que suene a adver- tencia amistosa—, te recuerdo que tengo que llegar antes del lunes. Hoy es miércoles. No hay margen para excursiones mágicas.

—Solo será un momento —dice, sin mirarme—. Ni siquiera voy a entrar.

Me cruzo de brazos, escéptica.

Aparca lejos, casi donde no hay coches. Apaga el motor y permanece unos segundos inmóvil, como si le costara respirar. Yo tampoco digo nada. No quiero pinchar una herida que no sé ni dónde está.

Se baja del coche. Lo sigo con la mirada desde el asiento del copiloto. Camina lento, arrastrando los pies, como si cada paso pesara. Va hacia el maletero, lo abre y rebusca algo. Parece que coge un objeto muy pequeño, pero no logro distinguir qué es.

Luego, lo veo dirigirse a una de las entradas latera- les, no a la principal. Se queda quieto ahí, en la valla. Mira a todos lados. Por un segundo, pienso que se va a colar.

Pero no lo hace. Solo observa. Como si esperara que alguien saliera de allí. Como si buscara a alguien entre el gentío que se oye más allá de los árboles. Y enton- ces… lo pierdo de vista.

—¿Gabriel?

Nada. Me siento tonta llamándole desde el coche. Pero en menos de cinco minutos regresa. Sube de nuevo. No dice una palabra. Se abrocha el cinturón y, sin mirarme, susurra:

—¿Conduces tú?

Le observo de reojo. Los ojos le brillan. Está tragando saliva con dificultad. Asiento en silencio y nos cambia- mos de sitio. Cuando me siento al volante, noto que sigue sin hablar. La mandíbula apretada. Las manos cerradas sobre su regazo.

Conduzco unos kilómetros. El silencio es incómodo. Hasta que no puedo más.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué fuiste a hacer? —pregunto sin mirarle—. ¿Tenías algo allí dentro? ¿A alguien?

Silencio.

—¿Sabes lo cansado que llega a ser que siempre contestes en silencio o esquives mis preguntas? Es agotador de verdad. Pero nada.

—Lara, por favor —suelta de repente y cuando ya estaba enfocada en la carretera.

—¡Es que no entiendo nada, Gabriel! Me traes aquí, te vas sin decirme nada, vuelves con esa cara de funeral y luego me pides que conduzca. ¿Quieres que te acompañe o que te adivine?

—¡He dicho que basta! —su voz retumba en el coche. Luego se pasa una mano por la cara, como si se arrepintiera—. Perdón. Es solo que… cuesta.

—¿El qué?

—Todo.

Le miro de reojo. Se ve que está haciendo un esfuerzo por no derrumbarse del todo.

—¿Quieres que pongamos música?

Asiente con la cabeza.

—¿La tuya?

Se encoge de hombros. Yo pongo una playlist de las mías, llena de letras absurdas y ritmos tontos. El coche se llena de una canción pop que rima “estrella” con “paella”. Él no dice nada. Pero tampoco cambia.

Yo sonrío, aunque me duela un poco.

Al rato, mientras avanzamos por la carretera, le digo:

—Sea lo que sea, solo quiero que me lo cuentes cuando puedas. No me gusta ir con los ojos vendados.

Él mira por la ventanilla. Y entonces, como en un su- surro, murmura:

—Hoy... sería su cumpleaños.

Me quedo quieta.

—¿De quién?

Se queda unos segundos pensando.

—De una persona especial. Quería venir aquí.

No digo nada. Solo bajo el volumen de la música y aprieto un poco más el volante. Él sigue:

—Traje algo. Solo... quería dejarlo ahí. Sin entrar.

No le pregunto qué era. No necesito saberlo. A veces el respeto tiene más valor que la respuesta.

Conduzco sin decir nada más. Y esta vez, el silencio sí sabe a compañía.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 22.03.2026

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