“Promesas que no se dicen en voz alta”
Gabriel
Conduzco desde hace horas. No sé cuántas exacta- mente. Ocho, nueve... quizá más. El paisaje ha ido cam- biando poco a poco: de autopistas anchas a carreteras más tranquilas, de ciudades grises a campos verdes que parecen sacados de una postal.
Hace un rato cruzamos la frontera. Un cartel azul con estrellas doradas nos dio la bienvenida a Bélgica, y Lara aplaudió como si fuera un logro. Me limité a sonreír. Ella no ha dormido nada. Ni yo. Pero hace rato que dejó de hablar y ahora solo me observa. De vez en cuando la veo mirarme de reojo, como si quisiera preguntar algo y no se atreviera.
Hasta que lo hace.
—Gabriel… ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro —digo, sin quitar la vista de la carretera.
—¿Tiene que ver con drogas?
Me río, sorprendido.
—¿Cómo dices?
—Lo que estás ocultando. ¿Es algo ilegal? ¿Estás huyendo de algo? No sé… a veces tengo la sensación de que llevas algo que no puedes enseñar.
—¿Quieres saber la verdad? —me giro un segundo, fingiendo un tono grave—. Si te lo digo… tendré que matarte.
Lara se ríe, aliviada. Su carcajada rompe algo dentro de mí. Una tensión, quizás. Aunque solo dura un ins- tante.
—En serio —añade, más suave—. ¿Estás huyendo?
Niego despacio con la cabeza.
—No estoy huyendo de nadie. Solo estoy siguiendo una promesa que le hice a alguien que ya no está.
Ella se queda en silencio. No pregunta más. Y yo le agradezco en silencio que no lo haga.
Anochece cuando por fin decido parar. El cansancio me hunde en los hombros y siento que si sigo condu- ciendo, acabaremos en una zanja.
—Mira eso —dice Lara señalando una indicación de madera a un lado del camino—. “Hostellerie du Lac”. Tiene buena pinta. Y parece tranquilo.
Asiento sin decir nada y entramos por el camino de grava que lleva hasta una casona de piedra, una de esas casas enormes y antiguas que salen en las postales o en las películas, esta tiene las tejas rojizas. Un hotel pequeño, rústico, casi escondido entre árboles y a pocos metros de un lago inmenso y silencioso. Parece sacado de otro tiempo.
En recepción, la mujer nos mira con una sonrisa can- sada.
—Solo nos queda una habitación. Una cama grande —dice en francés. Lara traduce mientras me mira de reojo.
—¿Dormimos juntos o seguimos buscando?
—Si no queda otra opción.
—¿Cual es el problema?
—Roncas por la noche como un tractor averiado.
—Vete a la mierda. Nos la quedamos. —cojo la llave y me doy la vuelta para observarlo—. Deja de pensar tanto. Tu cabeza no para ni un solo segundo eh. La observo y me doy cuenta de que lleva toda la razón del mundo.
Después de dejar las mochilas, salgo sin decir palabra. Camino hasta el borde del lago, donde una pequeña pasarela de madera se hunde en el agua. Me quito la camiseta, los pantalones, y me zambullo en silencio. El agua está fría. Pero eso no importa.
Bajo, nado, me hundo. Ojalá pudiera quedarme ahí abajo. Congelar este momento para no tener que pen- sar en mañana. Ni en ella. Ni en la promesa.
Sé que Lara me está observando desde lejos. Lo siento. Su mirada pesa más que el agua. Pero por primera vez en mucho tiempo no me importa que me observe. Al menos no me siento tan solo en este mundo lleno de odio y sufrimiento.