Donde empieza el invierno

21

“No saber tambien es una forma de querer”

Lara

Gabriel camina hacia el lago en silencio. Despacio, como si cada paso le pesara más que el anterior. Lleva la mirada fija en el agua, en esa calma que parece no pertenecerle.

Yo me quedo a lo lejos, sentada sobre una piedra plana, abrazándome las piernas. El cielo comienza a oscurecer, pero no hace frío. Solo ese tipo de humedad que parece abrazarte entera.
Gabriel se quita la ropa sin prisa y se queda en ropa interior, creo que no se ha dado cuenta de que estoy aquí observandole y se sumerge. No hace ruido. Lo observo. Nada despacio, como si intentara huir de algo que no puede nombrar. Su cuerpo parece más pequeño desde aquí. Más frágil. Más solo.

Hay algo en él que no sé cómo tocar. Pero quiero.

Durante un rato me limito a mirarlo, escuchando el chapoteo suave que rompe el silencio. Pienso en lo fácil que sería levantarme, irme a la casa y dejarlo allí, como si nada. Pero no puedo.

Me incorporo un poco y avanzo hasta la orilla, sin- tiendo el cosquilleo del agua mojando las puntas de mis zapatillas. Me detengo. La idea de tirarme me golpea con fuerza, pero igual de rápido aparece la duda. No es miedo exactamente… quizas sea que el agua esté congelada, es esa sensación de que, si me lanzo, algo va a cambiar.

Me quedo allí de pie, cruzada de brazos, como si buscara excusas. El agua está oscura, y él, a unos metros, parece parte de ella. Me muerdo el labio.
Me descalzo. Dejo los zapatos a un lado, pero sigo dudando. No sé si hacerlo. Si me quito la ropa, me quedaré en ropa interior, y eso… no sé. La idea me da un poco de vergüenza, como si fuese algo demasiado íntimo para que lo viera.

Me giro de espaldas y, despacio, voy soltando una prenda, luego otra, colocándolas en un montón torpe. El corazón me late rápido, pero al mismo tiempo hay una pequeña chispa de emoción.

Camino hasta el muelle. Él no me ha dicho nada, pero sé que me ha visto.

—¿Gabriel? —llamo, con la voz más baja de lo que esperaba.

Él gira solo un segundo, luego vuelve a mirar el agua, como si me estuviera dando permiso sin decirlo.
Y entonces salto.

El impacto me corta la respiración. El agua está helada, pero no me importa. Cuando salgo a la super- ficie, él ya me está esperando con media sonrisa.

—¿Estás loca?

—Bastante. Pero eso ya lo sabías.

Después de un rato tratando de sobrevivir a las bajas temperaturas salimos. Volvemos a la habitación moja- dos, riendo bajito, como si por unos segundos hubiéra- mos engañado al dolor.

Por la noche, él se acuesta del lado derecho de la cama. Yo del izquierdo. Gabriel pone una almohada en el medio, como una frontera improvisada.

—¿Qué es esto? ¿El muro de Berlín? —bromeo.

—Para no incomodarte.

—La almohada me incomodas más —respondo riendome.

Pero lo respeto. Gabriel de nuevo vuelve a poner el aparato y nos quedamos en silencio mientras escucha- mos un programa raro sobre cosas sobrenaturales que a Gabriel parece llamar a la atención. A mí solo me da sueño.

Más tarde, cuando ya estoy dormida o medio dormi- da, lo oigo murmurar algo entre sueños. Una palabra que no reconozco.

—Abby —dice, entre jadeos, con la voz quebrada.

Se agita. Gira el cuerpo. Golpea con una mano la almohada. Tiembla. Entonces me acerco. Y casi sin pensar paso por encima de la frontera de tela que él había puesto y lo rodeo con los brazos. Lo abrazo desde atrás, con cuidado, como si fuera a romperse.

—Shhh —susurro, aunque sé que no me oye.

Pero consigo que se calma. Su cuerpo deja de temblar. Se hunde poco a poco en el sueño. Y yo lo intento pero no puedo. Entonces decide levantarme e ir a mi mochila y sacar un viejo diario que tengo para ir escribiendo cosas. Pensaba que durante este viaje no lo iba a utilizar pero creo que al final si que lo voy hacer.

No sé en qué momento exacto empezó a cambiar, pero hoy, mientras estábamos junto al lago, me di cuenta de que Gabriel ya no es el mismo que subió a este coche hace unos días.
Cuando lo conocí, no respondía a casi nada. Cada pregunta mía rebotaba en él como piedras lanzadas contra un muro. Ahora, en cambio, me pregunta cosas: dónde crecí, qué música escuchaba de niña, por qué tengo miedo a los aviones. No lo hace con la ligereza de quien busca pasar el rato, sino con la atención de alguien que quiere guardar cada detalle en un lugar seguro.

En el agua lo vi distinto. No sé si más libre o más vulnerable, quizá ambas cosas. Se sumergía como si intentara lavarse de algo invisible, y al salir parecía menos pesado, como si hubiera dejado parte de su carga en el fondo. Luego, cuando reímos mojados de vuelta a la habitación, sentí que por unos segundos fuimos dos personas sin pasado, sin fantasmas. Solo dos tontos temblando de frío y riéndose por ello.

Esta noche, mientras dormía, pronunció un nombre: Abby. No sé quién es, pero la manera en que lo dijo… me atravesó. No era un simple recuerdo, era una herida abierta que hablaba por él. Vi cómo temblaba, cómo su cuerpo se tensaba incluso en sueños, y no pude evitar abrazarlo. Sentí su espalda caliente contra mi pecho y la fragilidad de sus huesos bajo mis manos. Me asustó darme cuenta de que quiero protegerlo, aunque ni siquiera sé de qué.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 22.03.2026

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