“Las habitaciones que aún no existe”
Emma
Aquel domingo me desperté antes que él, lo cual ya era raro. Stellan solía ser el primero en levantarse, an- dar descalzo por la fábrica y prepararse un café en esa taza de metal vieja que decía “Norrland rocks” como si fuera su amuleto. Pero ese día, no estaba en la cocina. Tampoco en el patio. Lo escuché al fondo, en una de las habitaciones que aún no habíamos tocado. La misma que siempre mantenía cerrada con una excusa diferen- te: que había goteras, que olía raro, que no tenía senti- do entrar.
Empujé la puerta con cuidado. Y ahí estaba él. De espaldas. Arrodillado. Pintando una de las paredes con trazos suaves, de un azul tan suave que parecía cielo. Me quedé en silencio unos segundos, observando. Ha- bía una estantería pequeña, con libros infantiles. Un cojín redondo en el suelo. Un peluche en una esquina. Y en la pared, un boceto a lápiz: una luna dormida rodeada de estrellas.
—¿Stellan?
Él se giró bruscamente. Como un niño al que han pillado haciendo algo prohibido. Se levantó de golpe, intentando tapar la pared con el cuerpo.
—No es lo que parece —dijo, frotándose las manos llenas de pintura.
Me acerqué por detrás y lo abracé, rodeándole la cintura con los brazos. Apoyé la cabeza en su espalda.
—Entonces dime qué parece —le susurré.
Al principio no dijo nada. Solo se quedó ahí, inmóvil, respirando hondo.
—Es una tontería —contestó al fin—. A veces me gusta imaginar cómo sería todo si las cosas hubieran ido distinto.
—¿A qué te refieres?
—A mí. A mi vida. A tener un sitio... donde se escuche risa. Donde alguien corra por los pasillos y me llame papá. Dios. Suena ridículo, ¿no?
Me separé apenas para mirarlo de lado. No sonreía, pero sus ojos estaban tranquilos. Por primera vez en días.
—No suena ridículo. Suena bonito. Y valiente.
Él se encogió de hombros.
—Supongo que solo es una forma de ordenar el caos. Crear algo. Aunque no exista.
—Tal vez existe. Solo no ha llegado aún —le dije.
Se giró completamente y me miró por unos segun- dos. De esos silencios que no incomodan. Los suyos, que ya empezaba a entender.
—¿Y tú? —preguntó entonces—. ¿Te ves... en un lugar como este?
—Si el lugar tiene paredes azules y lunas dormidas, puede que sí.
Se acercó un poco más. Rozó mi mejilla con sus dedos manchados de pintura. No nos besamos. Ni ha- cía falta. Pero en esa mirada, en ese gesto torpe pero sincero, supe lo que todavía ninguno de los dos se atrevía a decir. Que ya no éramos dos desconocidos que se cruzaron por accidente.
Éramos algo que empezaba. Algo que, sin decirlo, ya sabíamos que dolería si un día se rompía.