Donde empieza el invierno

23

“Una nota desafinada”

Lara

Tomamos una ruta secundaria para evitar autopistas. Gabriel no lo dice en voz alta, pero sé que lo hace por mí. Desde que salimos del hotel en Bélgica, no hemos cruzado ni una sola palabra sobre lo que pasó esa noche. Ni sobre Abby. Ni sobre la forma en la que dormimos. O nos abrazamos. O fingimos no haberlo he- cho. El paisaje cambia. Campos abiertos, vacas disper- sas, casitas bajas. Me recuerda a un puzzle que una vez intenté montar con mi madre. Uno de esos que te desesperan porque todo es verde y cielo.

—Te juro que el desvío era por aquí —dice Gabriel, sin mucha convicción, mientras gira el volante y entra- mos por una carretera secundaria que parece más un sendero de cabras que una vía europea.

—¿Y tu GPS?

—Está... pensándoselo.

—Estupendo. Vamos directos al centro de Bélgica rural sin cobertura.

La ruta alternativa, según él, era para evitar las autopistas. “Más tranquilo, más paisajes, menos tráfico”. Lo que no dijo es que también implicaba más rotondas sin señalizar, pueblos con nombres imposibles y dos cabras cruzando como si fueran las dueñas del asfalto.

—Tranquila —dice—. No estamos perdidos.

—Ah, claro. Estamos… geográficamente desorien- tados. Que es diferente.

Él no responde. Solo aprieta un poco más el volante. Lleva horas conduciendo, y aunque no lo diga, se le nota el cansancio. Así que decido ponerle remedio a mi manera. Enchufo el móvil, abro Spotify y selecciono mi lista más ridícula: Clásicos de ducha (volumen estridente).

El primer tema es “Total Eclipse of the Heart”. Pura intensidad dramática.

—¿Qué haces? —pregunta Gabriel sin mirarme.

—Ambiente musical. Es importante para no matarnos en medio del campo belga.

—¿Puedes bajarlo un poco?

—No.

Subo el volumen y empiezo a cantar. Mal, delibe- radamente mal. Y con gestos. Como si estuviera en el videoclip más pasional de la historia de la humanidad.

—Lara, por favor…

—THERE'S NOTHING I CAN DOOOOOO—!!!

—Estás rompiendo cristales en Holanda con eso.

Pero no baja el volumen. Yo sigo. Me marco un solo de corazón roto. Me llevo la mano al pecho, cierro los ojos dramáticamente.

Y entonces lo oigo. Una nota. Pequeña, fugaz, un ta- rareo.

—¡Te pillé! —grito, apuntándole con el dedo—. ¡Eso ha sido una nota!

—Una nota… desafinada —responde, intentando mantener la seriedad.

Pero ya es tarde. Se le escapa una sonrisa. Y a mí también.

Nos reímos. Los dos. De verdad. Por primera vez desde que empezó este viaje lleno de silencios, curvas y cosas que ninguno se atreve a decir. Dura unos segundos. Pero es real. Y suficiente. La carretera sigue. Y por primera vez, no parece tan larga.



#9014 en Novela romántica
#1520 en Joven Adulto

En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 08.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.