“Mi dulce favorito”
Stellan
El camino estaba lleno de ramas bajas y hojas secas. Emma me seguía de cerca, esquivando raíces con cuidado, sin dejar de mirar a su alrededor.
—¿Siempre has sido tan misterioso? —me preguntó, medio en broma, medio curiosa.
—No es misterio. Es tradición.
Ella levantó una ceja sin decir nada, pero sonreía. Me gustaba cuando sonreía así, como si tuviera un secreto que solo compartiera con el mundo en fragmentos.
Al salir del bosque, la vio. La vieja estación. Cubierta de enredaderas, con la pintura despellejada y un reloj que se había detenido décadas atrás. Ningún tren pasaba por allí desde hacía años. Pero para mí, ese lugar seguía lleno de movimiento. De ecos. De infancia.
—¿Qué es esto? —preguntó Emma, mirando a su alrededor.
—Mi escondite —respondí—. Mi refugio desde que era crío. Cuando las cosas iban mal en casa o en el colegio, venía aquí. Me sentaba en los bancos a escuchar trenes que ya no existían.
Ella caminó hasta uno de los andenes medio derruidos. Se agachó para tocar los raíles oxidados.
—Es un lugar perfecto —dijo, sin mirarme—. Para traer a alguien importante.
Me quedé en silencio. No porque no supiera qué decir. Sino porque en ese momento sentí que, si habla- ba, iba a decir algo que no estaba listo para confesar. Ella se levantó, se acercó y me sostuvo la mirada.
—Lo digo en serio, Stellan. Es precioso. Y tú... eres precioso también. Aunque aún no te hayas dado cuenta.
El beso fue inesperado. Sencillo. Suave. Como una confesión en voz baja.
Y entonces, sin separarse del todo, me susurró contra la boca:
—Tú siempre serás mi dulce favorito.
No supe qué responder. Solo sé que me quedé allí, con el corazón golpeándome el pecho como si acabara de volver a escuchar un tren fantasma pasar. Pero esta vez... no me sentía solo en la estación. Y así es como de buenas a primera. Nos dimos nuestro primer beso y fue perfecto.