Gabriel
Después de todo el día recorriendo carreteras secun- darias, llegamos a un pueblo que parece sacado de una postal navideña. Nieve por todas partes. Casas bajas con tejados blancos. Y esas pequeñas luces colgadas de los balcones que parpadean como si alguien estu- viera respirando detrás de cada ventana.
Lara se ha pasado medio viaje mordiéndose el labio. Cada vez que pasábamos por un tramo sin asfaltar, fruncía el ceño y me soltaba un:
—¿Esto es legal?
Como si yo fuera la Dirección General de Tráfico. Pero no se queja de verdad. Solo se pone nerviosa. Y, por alguna razón, me gusta.
Cuando veo que hay una fiesta local, freno sin pen- sarlo demasiado. El pueblo tiene algo... tranquilo. Como si no fuera real. Como si aquí nada pudiera doler. En- contramos un hostal diminuto, de esos que huelen a madera encerada que se mezcla con un leve aroma a jabón de lavanda, envolviendo el lugar en una calma inesperada.
Nos dan una habitación en la segunda planta. Camas separadas esta vez. Ella hace una mueca de alivio y yo finjo no notar que una parte de mí se siente... extra- ñamente sola. Después de dejar las mochilas, nos abrigamos y salimos. Hay música a lo lejos, huele a castañas y la nieve cruje bajo las botas.
—¡Mira! —dice Lara señalando algo frente a la plaza.
Un tren turístico. Una de esas atracciones con luces, pensadas para familias y niños pequeños. Por supues- to, ella quiere subir.
—Ni de coña —le digo.
Ella entrecierra los ojos.
—¿Tienes algo contra los trenes o contra la diver- sión?
No respondo. Pero cinco minutos después, estamos sentados en el vagón de madera, envueltos en mantas que nos dan los organizadores. El tren arranca. Muy despacio. Más lento que nosotros en carretera.
Pasamos junto a un pequeño lago congelado. Niños con gorros de colores se deslizan en trineos impro- visados, riendo como si fuera el último invierno del mun- do. Algunas casas tienen velas en las ventanas. Desde una, alguien canta en francés.
Lara está encantada. Mira todo como si acabara de llegar al planeta.
—¿Sabes? —dice mientras me ofrece parte de su manta— Me gustan los trenes porque te obligan a ir lento. Nadie se sube a uno de estos con prisa.
—¿Y si el destino no merece la pena?
—Entonces haces que el camino lo valga.
Se acomoda un poco más cerca. Siento su hombro rozando el mío. Y no me aparto.
—A veces escribo cartas que nunca envío —dice ella mirando las casas pasar.
La miro de reojo.
—¿A alguien?
—A mí. Al futuro y al pasado. A veces a gente que ya no está. —Hace una pausa— ¿Tú has escrito alguna?
—No —miento.
Ella asiente, no insiste. Solo acaricia el cristal empa- ñado y escribe con el dedo una palabra que no alcanzo a leer.
—Deberías hacerlo alguna vez —dice, sin mirarme—. A veces uno se entera de lo que siente cuando lo escribe.
Nos bajamos unos minutos después, cuando el tren da la vuelta a la plaza. La música sigue, pero ya tengo frío. Buscamos un sitio donde cenar.
Acabamos entrando en una casa de madera conver- tida en restaurante. Tiene una chimenea encendida y huele a pan, ajo y cosas que reconfortan.
Pedimos sin pensar demasiado. Ella sopa, yo esto- fado.
—¿Te das cuenta de que nunca te he oído decir una palabra sobre tu infancia? —me dice cuando ya esta- mos a mitad de la cena.
—¿Y eso te molesta?, ¿te humilla?
—No. Pero... ¿exististe antes de este viaje?
La pregunta me pilla por sorpresa. No por lo que dice, sino por cómo lo dice. Sin juicio. Solo curiosidad. Como si de verdad quisiera conocerme. No la versión que muestro, sino la que escondo bajo llave.
Muevo el tenedor dentro del plato.
—Supongo que sí. Pero hay épocas que prefiero dejar como están. En pausa.
Ella asiente, no me presiona. Cuando salimos, la pla- za está aún más iluminada. Pasa un grupo de niños con bengalas encendidas y un altavoz donde suena una versión acústica de "Hallelujah".
—¿Te apetece un gofre? —pregunta ella.
—¿A ti te queda hueco?
—Siempre queda sitio para un cofre.
Lo pronuncia mal a propósito. Le ha cogido gusto a eso.
Compramos uno en un puesto ambulante. Está cu- bierto de chocolate caliente y fresa. Me pasa un trozo y me lo como. Está asquerosamente bueno.
—Mira eso —dice de repente.
Un cartel de madera gigante con dos huecos para poner la cara. Uno de los típicos que ves en ferias. Me fijo por encima. No sé bien qué personajes son. Solo veo una figura femenina con vestido y otra más… peluda. Algo de cuento infantil.
—Ni de broma.
—Solo una foto. Para reírnos luego.
—No.