“Domingo sin prisa”
Emma
Nos despertamos tarde. Ni siquiera por pereza, sino porque el cuerpo lo pidió así. Cuando abrí los ojos, Stellan ya estaba despierto, tumbado de lado, mirando el techo como si intentara encontrarle forma a las man- chas.
—¿Qué ves? —le pregunté, aún con la voz dormida.
—Una ballena o un país. No lo tengo claro.
Nos reímos un poco y luego no dijimos nada durante un rato. Me gustaba eso de estar con alguien con quien no hacía falta llenar cada espacio.
Nos levantamos sin plan. Fuimos a por café, pero no quedaba leche. Así que acabamos en el supermercado del barrio, los dos en pijama debajo de los abrigos, como dos adolescentes sin calendario.
La discusión empezó en la sección de lácteos.
—¿Entera o semidesnatada? —preguntó él, mirando el cartón con gesto filosófico.
—Semidesnatada —dije, como quien vota en una elección importante.
—¿Por qué no entera? Tiene más sabor.
—Porque somos adultos funcionales y eso es lo que hace la gente adulta funcional.
—Yo creo que ser adulto es precisamente tener el derecho a comprar la leche que te da la gana.
Terminamos comprando las dos. Porque al parecer la convivencia también es eso: pequeñas rendiciones alternadas.
De vuelta en casa, pusimos una peli, pero a mitad ya nos habíamos perdido el hilo. Yo estaba medio enredada en sus piernas, él jugueteando con mi pelo.
—¿Quieres que la rebobine?
—¿Para qué? Ya estamos en lo mejor —dijo.
Luego pintamos un trozo de pared que llevábamos semanas diciendo que íbamos a arreglar. Elegimos un color azul raro. No el que yo habría elegido, ni el que él quería. Un azul intermedio. Uno que ninguno de los dos amaba, pero que encajaba. Pintamos solo la mitad antes de que se nos acabara el entusiasmo y nos diera hambre otra vez.
Comimos pan con aguacate y una tortilla medio cruda. Nos sentamos en el suelo, frente a la pared inacabada, como si admiráramos una obra de arte moderna.
—¿Tú qué crees que es un hogar? —pregunté de repente.
Él se quedó un segundo en silencio.
—Un sitio donde no tienes que fingir que no tienes miedo.
—¿Solo eso?
—Eso y café. Y una cama donde se pueda dormir sin armaduras.
Me hizo sonreír.
Yo pensé en mi respuesta un momento antes de soltarla, sin mirarle directamente.
—A veces no necesito grandes cosas —dije—. Solo alguien que no me canse cuando estoy en silencio.
Él no dijo nada. Solo se acercó un poco más y apoyó la cabeza en mi hombro.
Y fue ahí, en ese rincón con olor a pintura fresca, con dos cartones de leche en la nevera y una película pausada en la tele, donde pensé por primera vez que tal vez eso era exactamente lo que había estado buscando sin saberlo: un domingo cualquiera, sin prisa, con alguien que supiera estar sin hacer ruido.