Donde empieza el invierno

27

“Tormentas”

Lara

Nos despertamos con el sonido de cohetes a lo lejos. El pueblo entero sigue de fiesta. Hay banderas colgando entre los balcones, niños corriendo con globos y señoras con delantal bailando al ritmo de una charanga que parece no haberse acostado en toda la noche.

Gabriel se despereza en el otro lado de la habitación. Yo me quedo unos segundos más en la cama, mirando por décima quinta vez la bendita foto de la Bella y la Bestia que nos dieron anoche en papel fotográfico, intento no volver a reirme para que no se de cuenta, de verdad que lo intento pero es casi imposible, la foto es como si fuera un souvenir oficial. Y lo pienso llevar conmigo todo el viaje. La tengo en la mano, nuestras caras encajadas perfectamente en los huecos del cartón, como si el destino hubiera tenido sentido del humor ese día. Yo, con la melena de Bella; él, con los cuernos de bestia.

Todavía me río. Aunque él no. Desayunamos en una cafetería del pueblo. Pan con mantequilla, huevos re- vueltos y un café que podría revivir a los muertos. Gabriel pide el suyo sin azúcar, y cuando le echo tres sobres al mío, me mira como si acabara de cometer un sacrilegio.

—Eso no es café, es sirope de ansiedad —dice.

—Y tú eres un señor de cuarenta años atrapado en el cuerpo de un... ¿cuántos tienes?

—Treinta y cinco.

—Eso explica muchas cosas.

Me sonríe. Muy leve. Pero me lo quedo.

Pasamos el resto del día en la carretera. El paisaje va cambiando de campos abiertos a bosques espesos. Hamburguesas a medio camino, dos paradas para estirar las piernas y una playlist que él se niega a cantar aunque sabe las letras.

—Vamos, Gabriel. Dime que no conoces esta canción.

—No la conozco.

—Es Take On Me. Todo el mundo la conoce. Esto es como no saber quién es Pikachu.

—No he visto Pokémon.

—¿Qué clase de infancia has tenido?

—Una sin televisión, aparentemente.

—Eso explica aún más cosas.

Él sonríe otra vez. No mucho. Pero para alguien como él, es casi un gesto obsceno de alegría.

Gabriel se limita a conducir todo el viaje. Se ha negado de forma sistematica a dejarme conducir pese a que le he hecho chantaje con publicar la foto en internet pero no se le ha movido ni un poco la ceja ante mi amenaza. Paramos en un restaurante de carretera que hay más camiones que mesas dentro. La comida riquisima pero el servicio lentisimo debido a la cantidad de gente que hay. En cuanto terminamos de comer y reposamos un poco la comida volvemos al viejo Marea donde la carretera nos espera. En cuanto el sol comienza a caer por el horizonte decidimos parar.

Llegamos a una cabaña donde hemos decidido que vamos a pasar la noche. El lugar es de madera vieja y cruje con cada paso, como si se quejara del frío. Está cerca de Hamburgo, pero parece que nos hayamos salido del mapa. Hay árboles por todas partes y el silencio huele a tierra mojada.

Gabriel aparca sin decir mucho. Lo veo mirar alrededor como si no estuviera seguro de haber elegido bien, pero a mí me encanta. Es rústica, tiene mantas gruesas, una chimenea apagada y una pequeña cocina con una tetera antigua.

Cuando entramos, dejo mi mochila a un lado y estiro los brazos.

—¿Seguro que esto no es una trampa? —bromeo.

—Si lo fuera, ya estarías atada en el sótano.

—Romántico.

—Realista.

—¿Hay calefacción?

—Sí. Tú —responde, señalando la leña.

Le saco la lengua. Él se encoge de hombros y empieza a preparar el fuego sin decir nada más.

—Esto es perfecto —digo—. Solo falta algo… quizas un poco de alcohol.

—¿Alcohol?

—Sí, para entrar en calor más rapido. Y para que dejes de fruncir el ceño cada vez que no hay cobertura.

Él sonríe, apenas. Pero no dice que no.

Bajo al pequeño colmado del pueblo mientras él se queda preparando leña para la chimenea. Compro una botella de vino y unas cervezas locales con etiquetas que no entiendo. De vuelta, el cielo se oscurece de forma exagerada, como si alguien estuviera bajando una persiana gigante.

Estamos en el salón. Sentados en el suelo, con las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros. El vino empieza a hacer su trabajo. Me siento más ligera, más sincera. Él también. Aunque sigue hablando poco, cuando lo hace, me mira directamente.

—¿Nunca te dan ganas de salir corriendo? —pregunto.

—Sí —responde, sin pensarlo demasiado—. Todo el tiempo.

—¿Y por qué no lo haces?

—Porque no sabría a dónde ir y tengo que llevar a una chica preguntona hasta Alta. Ya no tengo marcha atras.

Despues de esa respuesta se hace por unos segundos el silencio. La lluvia empieza a caer fuerte y suena como dedos golpeando el tejado.

—¿Y tú? —pregunta él—. ¿De qué huyes?

Me encojo de hombros, fingiendo que no me importa.

—De lo mismo de siempre: de gente que cree saber qué es lo mejor para mí.

Bebemos otro poco. Las mejillas me arden. Él también tiene el gesto más suelto, los hombros menos tensos.

—Una vez escribí una canción —dice de repente—. Nunca la terminé. Era para alguien.

—¿Y qué pasó?

—Se fue antes de que pudiera cantársela.

—¿Te dejo?

—No —responde, rápido, pero su mirada se oscurece—. Solo… desapareció.

Nos quedamos mirándonos. Hay algo en ese silencio que no pesa, que no incomoda. Me acerco sin pensarlo. Él no se aparta.

—¿Alguna vez has querido besar a alguien que no deberías? —pregunto, medio riendo, medio en serio.

Gabriel no responde. Pero su mirada baja a mis labios un segundo antes de que todo se apague.

Literalmente. La tormenta corta la luz y la cabaña queda en negro. Solo se escucha el viento, la lluvia y mi propio corazón desbocado.

—¿Gabriel?

—Estoy aquí.

—No me gusta la oscuridad total.

—No pasa nada —dice—. Es solo un apagón.

Su voz está más cerca. Siento su mano rozar la mía. Y luego su cuerpo. Su calor. Se ha acercado sin querer… o queriendo.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 29.04.2026

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