“Cosas que no se dicen”
Gabriel
Sigo tumbado. El techo de la cabaña parece más bajo esta mañana. El silencio es distinto, como si la noche hubiera dejado algo suspendido en el aire.
Lara está en el baño, lleva ya un rato. Escucho el grifo, una puerta que se cierra, sus pasos descalzos. Imagino que se mira al espejo y trata de encajar lo que no recuerda.
Yo tampoco recuerdo. Y no sé si me alivia o me incomoda. Estoy vestido, ella también lo está. Al menos anoche no hicimos ninguna estupidez que hoy debamos desenterrar. O eso quiero pensar.
Cuando sale, lleva el pelo mojado y la cara algo pálida. Camina despacio, con una mano en la sien.
—¿Estás bien? —pregunto.
Asiente sin mirarme—. Solo tengo dolor de cabeza. El vino no era tan bueno como parecía.
No contesto. Ella tampoco dice más. No mencionamos la cama, ni lo cerca que estábamos, ni lo que pudo o no pudo pasar. Nos preparamos en silencio. Cada uno se ocupa de sus cosas como si fuéramos dos desconocidos que se cruzaron en el pasillo de un hostal.
Observo que ella parece bastante dolorida como si tuviese bastante resaca. Así que decido antes de marcharnos bajar al pueblo a comprar unas aspirinas.
Salgo de la cabaña con las llaves en el bolsillo. El aire es frío, más de lo que esperaba. Me arrebata un poco la respiración y siento que me despierto de golpe. El camino hacia el centro del pueblo es estrecho, empedrado, y apenas hay movimiento a esta hora. Un par de gatos se cruzan, me observan como si supieran más de lo que deberían, y desaparecen entre las casas bajas.
Al llegar a la plaza, descubro que nada está abierto todavía. Los bares con las sillas apiladas, las persianas de las tiendas echadas. Camino de un lado a otro sin rumbo claro, intentando adivinar qué lugar podría vender medicamentos. Pregunto a un hombre que barre la entrada de su casa; me mira con desgana y me señala una calle más arriba. Sigo la indicación, pero me topo con una farmacia cerrada. Horario reducido.
Respiro hondo, conteniendo la frustración. Lara estará en la cabaña esperando, con ese dolor atravesándole la cabeza. Siento cierta urgencia por no dejarla demasiado tiempo sola, aunque no sé bien por qué me importa tanto.
Decido probar suerte en un colmado que empieza a levantar la persiana. El dueño, un anciano encorvado, me atiende sin prisa, como si el tiempo le perteneciera. Le pregunto por aspirinas. Al principio me dice que no, que solo vende lo básico, pero después rebusca en un cajón polvoriento y aparece con un blíster a medio terminar. No me importa. Le pago lo que pide, agradecido, y salgo casi corriendo.
El regreso se me hace más corto. La cabaña espera en silencio, igual que la dejé. Cuando entro, Lara está sentada junto a la ventana, con la frente apoyada en la mano. Me mira sin decir nada. Extiendo la caja.
—Las encontré.
Ella sonríe apenas, una curva leve en los labios que casi no dura. Toma las pastillas, murmura un “gracias” y bebe un trago de agua. Yo me quedo de pie, observando cómo la tensión de sus hombros parece aflojarse poco a poco.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero esta vez no es tan incómodo.
Antes de subir al coche, ella murmura:
—A veces es mejor no remover lo que no se recuerda.
Y asiento. Porque sí. Porque si lo nombro, quizá se rompa algo que aún no sé si quiero conservar.
Horas después, ya estamos de nuevo en la carretera. Campos verdes, cielo encapotado, viento de lado. Ella canta algo. Yo finjo no oírlo.
Paramos en un pequeño pueblo que celebra un mercado medieval. Un cartel pintado a mano cuelga sobre la plaza: Willkommen zum Mittelalterfest!
Ella se entusiasma. Se mueve entre los puestos como una niña en una tienda de caramelos. Compra pan de ajo, una bolsa de frutos secos y un tarro de mermelada de arándanos.
—Para cuando volvamos a tener pan. O simplemente ganas de comerla.
Mientras yo busco algo de queso, la pierdo de vista. Cuando la encuentro, está en un tenderete de objetos inútiles: marionetas, figuras que bailan con el sol, bolas de nieve, cosas que coleccionan polvo en estanterías ajenas.
—Mira esto —dice, enseñándome un pequeño muñeco de trapo con cara de zorro y una flor en la oreja—. Podríamos colgarlo del retrovisor. Tiene estilo. Sonríe como si supiera que voy a negarme.
—No. El coche está bien como está.
—¿"Bien" significa aburrido?
—"Bien" significa funcional.
Ella se ríe. Sigue rebuscando. Encuentra una figura de un perro con cabeza móvil, de esas que se balan- cean con cada bache del camino.
—Este también me gusta. Se llamará Klaus.
—Lara...
—Por favor. El coche está demasiado serio. Le vendrá bien algo de... alma.
Le lanzo una mirada. Pero ya ha pagado.
Y la vendedora le desea un buen viaje con un acento tan marcado que ni siquiera me molesto en entenderlo.
Volvemos a la carretera.
Ella coloca el zorro en el retrovisor, con una cuerda improvisada. Y a Klaus lo ancla en el salpicadero, frente a mí. Su cabeza se mueve rítmicamente, como si estuviera de acuerdo con todo.