“Lo que nadie pregunta”
Stellan
No supe exactamente cómo prepararme.
Emma me avisó por la mañana que su madre vendría a visitarla. Dijo que solo estaría un rato, que no me preocupara. Pero cuando me dijo “no hace falta que saludes si no te apetece”, supe que precisamente sí tenía que hacerlo.
Estuve diez minutos en la entrada de la fábrica, con las manos en los bolsillos, repasando frases normales que pudiera decir. Ninguna sonaba creíble.
“Vale, Stellan, no la cagues. Solo respira y sonríe… ¿pero qué se le dice a la madre de alguien que significa tanto para ti?”
Pense entonces.
“Hola… hola… no, demasiado simple. ‘Encantado de conocerla’ suena a cliché. Mejor qué… ¿respetuoso? ¿serio? Maldición.”
“Señora… eres tan impresionante como Emma siempre decía… y ahora estoy aquí, intentando no parecer un idiota.” Demasiado creía yo.
“Respeto. Eso es lo que necesitaba mostrar. Aunque no sé si me salía natural o parecia forzado.”
Al final me limité a abrir la puerta y asentir con la cabeza cuando la vi aparecer.
Su madre traía una cesta con pan, un ramo de flores y esa mirada escrutadora que tienen todas las madres que se saben observadas.
Emma me presentó con una sonrisa que se le doblaba un poco al final.
—Mamá, él es Stellan.
—Ah —dijo ella—. El famoso artista.
No me consideraba famoso ni artista. Pero tampoco tenía energías para corregirlo. Así que asentí otra vez. Parecía mi único recurso.
Me senté a su lado mientras Emma preparaba café. La madre paseó la mirada por el espacio, como si tomara nota mental de cada grieta en la pared, cada bote de pintura, cada botella vacía que aún no había recogido.
—Es… muy peculiar este lugar —comentó. No sonó ofensivo, pero tampoco amable.
—Sí —respondí—. Supongo que sí.
Emma volvió con la bandeja y se sentó en el otro extremo del sofá. Durante un rato hablaron de cosas sin importancia: el tiempo, el viaje, una receta que su madre quería darle. Yo solo asentía, como si así pudiera pasar desapercibido.
En un intento torpe de ayudar, me ofrecí a servir el café. Pero al sacar la jarra, me tembló la mano y derramé unas gotas sobre el mantel. Rápidamente intenté limpiar con una servilleta… que no era una servilleta, sino un trozo de tela con pintura acrílica.
Emma se mordió el labio para no reír. Su madre me miró con una sonrisa amable, pero cargada de esa compasión que solo alguien mayor puede ofrecer sin que parezca condescendiente.
—No pasa nada, cariño —dijo—. A todos se nos caen las cosas alguna vez.
Y me sentí como un niño en su primer día de colegio. Hablamos un rato más de tonterías. Del precio del pan. De si en la ciudad el tráfico estaba peor que antes. De que la primavera venía retrasada este año. Yo miraba la cesta con pan y flores como si fuera un ancla a la normalidad.
La madre se levantó a mirar un cuadro a medio acabar que Emma tenía apoyado contra la pared. Era un paisaje que habíamos empezado juntos.
—Este es bonito —comentó— ¿Lo vais a colgar aquí?
Emma se encogió de hombros.
—Quizá. No sé si Stellan querrá terminarlo conmigo.
—Claro que sí —dije, antes de pensarlo demasiado.
Entonces llegó la pregunta que siempre acaba llegan- do.
—¿Y qué planes tenéis para… ya sabes… el futuro? —preguntó su madre mientras revolvía el café—. ¿Habéis pensado si querréis niños algún día?
Tragué saliva. Emma dejó de respirar durante un segundo.
Podía sentir su incomodidad como si fuera mía.
—Bueno… —empecé, pero me quedé ahí, flotando en esa palabra. No había un “bueno” que pudiera salvarme.
Emma soltó una risa tensa y se inclinó hacia su madre.
—Mamá, no vamos tan rápido. Es pronto para pensar en eso.
—Claro, claro… —contestó ella, aunque no parecía convencida.
Un poco después, me excusé para ir a la cocina a por más azúcar. Estuve un rato más de la cuenta, fingiendo ocuparme. Desde allí, sin querer, escuché sus voces desde la sala.
—¿Estás bien con él? —preguntó su madre en voz baja.
—Sí, mamá. Estoy bien. No es… convencional, pero me hace sentir tranquila.
—Se le ve un poco… raro.
Emma tardó en responder. Su tono fue suave, como si no quisiera despertar algo que aún no tenía forma.
—A veces los raros son los que más nos hacen reír.
El resto de la visita fue breve. Comentó que el ramo de flores combinaba bien con la puerta de entrada, que debería pintarla de otro color. Luego preguntó si la estufa gastaba mucha luz. Yo solo respondía con monosílabos. Cada vez que creía que ya se marchaba, sacaba otro tema trivial que duraba diez minutos más.
—Bueno, supongo que ya me voy —anunció finalmente, poniéndose el abrigo.
Emma le ayudó a cerrar la cremallera mientras yo recogía las tazas. La acompañamos hasta la puerta y nos quedamos en el umbral, viendo cómo se alejaba calle abajo.
Emma se quedó mirando por la ventana un rato. Yo me senté en el borde del sofá, todavía con la sensación de que no encajaba del todo en su vida.
Se giró despacio y me buscó con los ojos.
—Tranquilo —me dijo con voz baja—. No tienes que responder cosas que aún no sabemos.
Y por primera vez desde que la conocí, sentí que no necesitaba decir nada. Porque a su lado, el silencio también era una forma de estar.