Verdades a media voz
Emma
Fue idea mía, como casi siempre que hay un plan sin planificación.
Le dije: "coge una manta y algo para comer", y él ni preguntó a dónde íbamos. Eso me gustaba de Stellan: tenía la extraña habilidad de confiar en mí incluso cuan- do ni yo misma sabía a dónde quería llegar.
Llenamos una mochila con fruta, pan, un queso que olía fuerte pero sabía a gloria, el decia que le gustaba más el tostado y a mi me gustaba el curado, era una batalla que manteniamos siempre, despues cogimos una botella pequeña de vino que llevaba semanas abandonada en el fondo de la nevera. Por el olor deduje que estaria bueno aun. Aunque no fuese una experta catadora.
Salimos sin rumbo. Solo sabíamos que queríamos estar lejos del ruido de la ciudad y de la fábrica, lejos del gris y cerca de algo que respirara aire puro. Que nos liberara de todo tipo de estres del centro de la ciudad.
Caminamos durante una hora por un sendero bordea- do de árboles sin hojas. El invierno aún no se había ido del todo, pero había luz. De esa que no calienta, pero promete.
Cuando encontramos un claro sin gente, nos sentamos. Comimos en silencio, mirando las ramas desnudas moverse con el viento. Me tumbé boca arriba sobre la manta, con los brazos abiertos.
—¿Jugamos? —le dije.
—¿A qué?
—A decir tres cosas que no diríamos en voz alta.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque estoy aburrida, porque me gusta descubrirte, y porque no tienes escapatoria —le dije con una sonrisa—. Ademas sabes que nunca me puedes decir que no. Desde el primer dia que me vista.
Stellan bufó, pero se tumbó a mi lado.
—Llevas razon. Pero tú primero.
—Fácil —dije, y me puse a contar con los dedos—: Uno: me dan miedo los gansos, pero no los patos. Dos: en el colegio robé una chocolatina cada semana durante un trimestre entero. Y tres: odiaba a mi profesor de historia porque hablaba como si tuviera un globo de helio en la garganta.
Me miró de reojo.
—¿Eso es lo peor que no dirías en voz alta?
—Te sorprenderías —contesté, encogiéndome de hombros.
Hubo un silencio largo. Pensé que no iba a jugar. Pero entonces se acomodó mejor, como si necesitara alinearse con sus pensamientos.
—Uno: cuando era pequeño, me gustaba dormir dentro del armario. No sé por qué. Me sentía más seguro allí. Dos: a veces pienso que si desapareciera, nadie tardaría en darse cuenta.
La tercera tardó más. Fue casi un susurro.
—Tres: no quiero tener hijos porque el mundo da miedo.
Me giré hacia él. No dije nada. Solo lo miré.
No fue una declaración con peso dramático. No lo gritó. No lo defendió.
Pero la frase cayó entre nosotros como algo que no podía recogerse del todo.
No discutimos, no había motivo ni promesa. Solo un pensamiento flotando entre los árboles.
Me limité a apoyar la cabeza en su brazo y cerré los ojos.
Un pájaro pasó volando muy bajo, casi rozando la copa vacía que aún tenía en la mano.
Ese instante —en silencio, con vino barato, en mitad de la nada— fue más verdadero que cualquier plan de futuro.