Donde empieza el invierno

31

“Risas, migas y miradas”

Lara

Gabriel se baja del coche para repostar, y yo aprovecho para llamar a Claudia. Me contesta casi al segundo.
—¡La trotamundos! —exclama con entusiasmo—. A ver, cuéntamelo todo: ¿por dónde vais?

—Acabamos de dejar atrás una zona preciosa, llena de lagos y bosques. —Sonrío al recordarlo—. Te habría encantado, parecía sacado de un cuadro.

—¿Y no me mandas fotos? Inaceptable.

—No tengo manos para todo. Entre el termo, el bocadillo y aguantarle las miradas raras a Gabriel, es practicamente imposible.

Se ríe.
—¿Y cómo va el chico del misterio?
—Pues… habla un poco más. —Digo, intentando sonar casual—. Incluso me ha contado un par de cosas sobre su ciudad y su trabajo.
—Vaya, se está abriendo. Igual pronto te confiesa que tiene un hobby secreto, tipo coleccionar sellos o bailar salsa.
—Lo de la salsa lo dudo mucho. —Río—. Aunque ya no me contesta solo con “sí” o “no”. Eso ya es un avance.

Le cuento que paramos en un mirador y que él me dejó elegir la música para un tramo entero del viaje. Claudia hace un sonido exagerado de aprobación.

—Eso en mi idioma es amor.

—Es paciencia. —Respondo, y ambas soltamos una carcajada.

Seguimos charlando de tonterías: que en el último pueblo compré unas galletas artesanas buenísimas, que casi me tropiezo bajando de una piedra para hacer una foto, y que he descubierto que Gabriel tiene una manera muy meticulosa de guardar todo en el coche. Cada cosa parece tener un sitio exacto. Incluso el cinturón de re- puesto está enrollado como si fuera un lazo.

Cuando colgamos, me quedo mirando alrededor. El asiento del copiloto tiene unas migas que no son mías, la guantera está llena de mapas doblados con precisión y hay un olor suave, como de perfume que ya no está pero se niega a irse del todo.

Abro el compartimento central buscando un chicle. Entonces la veo:

Una foto. Una chica de sonrisa amplia y pelo largo, como atrapada en un instante feliz. La cojo con cuidado, mirándola apenas unos segundos, y después la vuelvo a dejar exactamente donde estaba. No sé por qué, pero siento que no debería estar mirándola.

Gabriel regresa al coche, se sienta y arranca. Yo lo observo de reojo antes de hablar:

—¿Has hecho este viaje antes con otra persona?

Se queda quieto un segundo, los ojos fijos en la carretera.

—No de esta forma.

Parece que ahí podría acabar, pero él carraspea y cambia el tema.

—¿Dónde quieres parar a comer?

Saco el móvil para buscar restaurantes por la zona.

—Pues… —murmuro mientras deslizo con el dedo— aquí no hay nada. O eso, o los de Google Maps se han olvidado de pasar por aquí.

—¿Y si seguimos un poco más? Seguro que encontramos algo.

Media hora después, lo que encontramos es un Burger King en mitad de la nada. Aparcamos y entramos.

Cuando estamos en la cola, pedimos al mismo tiempo:

—Un menú Long Chicken.

Nos miramos y sonreímos.

—¿En serio? —me río—. Yo pensaba que te ibas a pedir el menú infantil, con corona de cartón incluida.

Él niega con la cabeza, pero se le escapa una sonrisa.

—Tú sí que eres infantil.

—Sí, pero yo lo llevo con orgullo.

Comemos tranquilos, sin prisas. La tensión de antes se ha escondido bajo el pan del bocadillo y el olor a patatas fritas… aunque en mi cabeza, la imagen de la chica de la foto sigue sin borrarse.

Mientras comemos, me doy cuenta de algo curioso: Gabriel no toca la hamburguesa hasta que no ha terminado todas las patatas.

—¿Siempre comes así? —pregunto, señalando su bandeja.

—¿Así cómo?

—Primero las patatas, luego la hamburguesa. Es como… un ritual.

—No es un ritual. —Dice, encogiéndose de hombros—. Es que no me gusta que se enfríen.

—Ya, pero la hamburguesa también se enfría.

—Sí, pero me gusta que las patatas estén perfectas. La hamburguesa… aguanta más.

—Me encanta. Eres como esos que comen los caramelos por colores.

—¿Tú no te comes los caramelos por colores?

—Eres un psicopata, que lo sepas.

—¿Tú no tienes manías?

—Muchas. Pero las disimulo mejor.

—Eso está por ver.

Sigo comiendo y él me mira con una leve sonrisa.

—Por ejemplo… —dice— siempre das dos mordiscos pequeños y uno grande. Lo has hecho tres veces ya.

—¿Me estabas contando los mordiscos? —pregunto, fingiendo indignación.

—Observando. Es diferente.

Nos reímos y seguimos charlando.

—¿Cuál ha sido la cosa más rara que has comido en un viaje? —pregunta él.

—Calamares en su tinta… pero en un puesto callejero, en pleno agosto, con treinta y ocho grados. Fue una decisión muy cuestionable.

—Suena… intenso.

—Lo fue. ¿Y tú?

—Reno. En un viaje al norte.

—¿Reno? —frunzo el ceño—. ¿Cómo pudiste?

Ahora cuando vea a Papá Noel no voy a poder mirar- lo igual.

—Era eso o pasar hambre.

—Excusa barata.

Terminamos riendo, y cuando doy el último sorbo a mi refresco él añade:

—Pues que sepas que este Long Chicken ha sido un acierto.

—Claro, si lo he elegido yo. Sabes que cada decision que yo tome es la mejor
—No, si al final voy a tener que darte la razón más veces. No se de que me sonará esto.
—No te preocupes, ya me encargo yo de recordártelo.

Ahora me mira con esa mezcla de curiosidad y cautela que siempre trae consigo. Sus ojos buscan algo que aún no se si puedo llegar a darle del todo, pero sé que debo intentarlo si me hace una pregunta. Es un instante extraño, en el que el aire parece más pesado, y siento que cada palabra que salga de mi boca será examinada.

—Lara… —su voz baja, medida, con ese tono que siempre me hace sentir que va a decir algo importante—. ¿Por qué decidiste ir a Alta? No es un viaje cualquiera, y sé que no lo haces por casualidad.

Trago saliva. La ventana frente a mí muestra el cielo gris, las montañas cubiertas de nieve y el viento que levanta pequeñas ráfagas que golpean los cristales. Me apoyo un segundo contra el respaldo, buscando fuerzas para ser honesta, aunque me tiemblen las manos.



#9104 en Novela romántica
#1587 en Joven Adulto

En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 29.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.