“Solo quédate”
Emma
Me desperté con esa sensación extraña que no sabes de dónde viene, como si el día tuviera un tono distinto antes de empezar. No era tristeza, pero tampoco alegría. Solo… raro.
Me vestí sin pensarlo demasiado y salí temprano para hacerme los análisis. No era nada urgente, solo algo rutinario, pero no tenía ganas de dar explicaciones a nadie. Ni siquiera a Stellan.
El centro estaba casi vacío, el olor a desinfectante se me metía por la nariz y me recordaba a los inviernos de niña, cuando me enfermaba y mi madre me llevaba al médico. Firmé, me senté, y esperé sin mirar el reloj. En menos de media hora estaba de vuelta en la calle, con la banda adhesiva aún en el brazo y un frío que me atravesaba la chaqueta.
Cuando llegué a casa, Stellan estaba en la cocina, removiendo algo en una taza. Me miró de reojo.
—¿Qué tal? —preguntó.
Me quedé en el marco de la puerta, con la bufanda todavía puesta.
—Bien —sonreí, pero esa sonrisa era solo un puente para esquivar la pregunta. Caminé hacia él y, antes de que pudiera seguir, le solté un beso en la frente.
Él frunció ligeramente el ceño, como si quisiera saber algo más, pero no insistió. Me pasó la taza. Café con leche. Caliente.
Un rato después fuimos a sala que Stellan tenia en la fábrica para crear. O como el decia el rincon de la inspiración. Ninguno de los dos dijo que quería ir, pero terminamos allí, como siempre. El lugar estaba silencioso salvo por el eco de nuestros pasos y el sonido de las herramientas que Stellan encendía. Me senté en una de las mesas, observando cómo él trabajaba. Había algo tranquilizador en su manera de moverse, como si no tuviera prisa por terminar nada.
Yo hojeaba un cuaderno, dibujando garabatos sin sentido. No necesitábamos hablar. A veces, lo único que quería era esto: un silencio que no pesara, alguien que simplemente estuviera cerca.
Lo miré de reojo, y por un momento pensé en decirle lo que me rondaba la cabeza desde hacía semanas. Pero no lo hice. Tal vez otro día.
Pasamos la mañana en la sala, Stellan estaba con- centrado en algo que no entendía del todo, pero me dejaba observarlo en silencio. Su manera de mover las manos mientras explicaba ideas que solo él parecía captar me hacía sonreír por dentro. Yo intentaba organizar mis propias notas, pero más de una vez me perdía mirando cómo sus cejas se fruncían en esa concentra- ción que me parecía casi tangible.
Cuando el estómago empezó a quejarse, él fue el primero en sugerir que paráramos.
—Hora de comer —dijo, con ese tono seco que a veces parecía brusco, pero que en el fondo era cóm- plice—. ¿Qué te apetece?
—Lo que sea, mientras no implique cocinar demasiado —respondí, medio riendo—. Mi habilidad en la cocina se limita a quemar pan y preparar té.
Él levantó una ceja, como si quisiera reprenderme, pero terminó riendo suavemente. Caminamos hacia la cocina, un espacio pequeño pero acogedor, lleno de luz que entraba por la ventana. Me sentí un poco ridícula al notar que incluso la forma en que él abría la nevera parecía estudiada, como si cada movimiento tuviera un propósito secreto.
Decidimos improvisar un sándwich y acompañarlo con un café. Mientras él se encargaba de cortar el pan, yo leía en voz alta los rótulos de las latas y cajas, burlándome de los nombres demasiado serios de algunos productos.
—¿“Mostaza Dijon”? Suena a que podría conquistar Europa —dije, y él soltó una carcajada breve, que llenó toda la cocina.
Nos sentamos en la mesa, los sándwiches humeando frente a nosotros. Encendí la televisión y, por pura rutina, aparecieron los Simpson. Me sorprendí riendo más de lo que esperaba. Él se dejó llevar también, y por un instante todo parecía simple, ligero.
Comimos hablando de cosas pequeñas: qué episodio nos gustaba más, qué escena nos había hecho reír, cómo a veces los personajes de la serie exageraban hasta parecer reales. No recuerdo cuándo fue exactamente, pero hubo un momento en que nuestras manos se rozaron al pasar la mantequilla, y ambos nos quedamos congelados un segundo antes de reír, nerviosos y conscientes de la cercanía.
Después de comer, él insistió en limpiar mientras yo recogía los platos. Hacerlo juntos era raro y cómodo al mismo tiempo; nuestras miradas eran de complicidad, cruzadas que decían más que cualquier conversación.
Por la tarde, decidimos salir a dar un paseo. El sol estaba alto pero suave, y el viento traía un aire fresco que nos despejaba la mente. Caminamos por calles conocidas, pero no nos importaba nada más que seguir juntos, paso a paso. Él señalaba cosas que le parecían curiosas: un graffiti en una pared, una tienda antigua que resistía el tiempo. Yo, en cambio, me sorprendía a mí misma escuchándolo atentamente, como si esas pequeñas observaciones fueran lecciones sobre cómo mirar el mundo.
Encontramos un pequeño parque, y nos sentamos en un banco. Hablamos de todo y de nada: de recuerdos de la infancia, de planes que quizás nunca cumpliríamos, de sueños que todavía no nos atrevíamos a nombrar. Me sentí viva y tranquila al mismo tiempo, algo que no había experimentado con tanta intensidad en mucho tiempo.
Al volver a su fábrica —o como yo preferia llamarla, nuestro hogar—, la tarde ya se había tornado dorada. Nos quedamos en la sala, esta vez sin trabajo ni obligaciones. Él se recostó en el sofá mientras yo buscaba un libro para leer en voz alta. Suspiró y me dijo que le gustaba escucharme, incluso cuando leía cosas absurdas o historias que solo tenían sentido en mi cabeza. Esa simple frase me hizo sentir que cada momento compartido valía más que cualquier logro tan- gible.
Cuando la noche cayó, preparamos algo ligero para cenar y terminamos viendo más episodios de los simpson, envueltos en mantas, con el frío de la ventana y el calor de la luz suave sobre nosotros. Me recosté un poco sobre su hombro, y él no dijo nada, solo dejó que mi cabeza encontrara su lugar, y sentí que, por primera vez, podía ser completamente yo misma sin necesidad de máscaras ni defensas.