Donde empieza el invierno

34

“Colores sin final”

Emma

Lo encontré en el almacén del fondo, de espaldas a mí, mirando la pared como si fuera un espejo que le devolvía algo que yo no podía ver.

Me acerqué despacio, y entonces lo noté: un mural a medio hacer, apagado por el polvo y los años, con colores que parecían haberse quedado a medio respirar.

—¿Es tuyo? —pregunté.

El giró la cabeza y sonrió, aunque no fue una sonrisa completa.

—Sí. Lo empecé hace mucho.

—¿Por qué nunca lo terminaste?

Se encogió de hombros, y su voz salió tan baja que casi tuve que leerle los labios.

—Porque cuando lo empiece de verdad, será algo que no quiero que se acabe.

No supe qué contestar. Me quedé mirando la pared, intentando imaginar el final que él no había pintado. Tal vez por eso lo dije:

—Entonces vamos a empezarlo ahora.

Frunció el ceño, como si no hubiera entendido.

—Sin plan. Sin boceto. Lo que salga.

Pasó un instante largo antes de que aceptara. Después, sacó un par de botes de pintura y me tendió uno. No preguntó si sabía pintar; tal vez ya sabía que no importaba.

La noche se nos echó encima sin que nos diéramos cuenta. La luz del único fluorescente lanzaba sombras raras sobre la pared, y la pintura olía a algo vivo, como si fuera capaz de latir entre nuestras manos. El trazaba líneas rápidas, yo manchas de color que se mezclaban con las suyas. A veces hablábamos, a veces el silencio lo decía todo.

En un momento, me miró con una gota de pintura azul en la mejilla y se rió. Yo también me reí, sin saber si era por la pintura o por la forma en que la luz le marcaba los ojos.

Seguimos pintando hasta que la pared estuvo cubierta de algo que no sabíamos describir. No era un paisaje ni un retrato. Era… nosotros, tal vez. Algo que sólo podía existir porque lo habíamos hecho juntos.

Cuando dejamos los pinceles, nos sentamos en el suelo, frente al mural. El apoyó la cabeza en mi hombro, y por un momento pensé que si esa noche no terminaba, tampoco me importaría.

—¿Ves? —dijo, cerrando los ojos—. Ahora sí que no quiero que se acabe.

Yo tampoco.

La pintura aún estaba fresca y el olor se mezclaba con el frío que entraba por la ventana entreabierta. Frente a nosotros, el mural parecía respirar. No tenía un centro ni un final; empezaba en un rincón con manchas rojas y doradas, que se diluían en verdes y azules como si fueran mares, y entre todo eso, formas que apenas se intuían: la silueta de una mano extendida, un par de alas a medio desplegar, una línea curva que podía ser una sonrisa o un horizonte.

No era bonito en el sentido tradicional. No buscaba la perfección. Pero tenía algo que atrapaba la vista, como si cada color escondiera una palabra que sólo nosotros conocíamos.

Me quedé mirándolo hasta que entendí que esa pared, en ese estado inacabado, ya estaba completa para mí. No porque hubiera un punto final, sino porque habíamos llenado el espacio con algo que no necesitaba explicación.

Cuando por fin aparte la mirada, comprendí que no era el mural lo que me quedaba grabado, sino aquel instante: la certeza de que, en medio de los colores, ya nos habíamos encontrado.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 24.05.2026

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