Donde empieza el invierno

35

"Lo que no dice"

Lara

Un ruido seco nos obliga a frenar. Gabriel detiene el coche en el arcén y, al bajar, vemos que una de las ruedas traseras está completamente desinflada.

—Qué bien… —murmura.

No parece preocupado. Abre el maletero, saca el gato, la llave de cruz y la rueda de repuesto. Se arremanga sin prisa, pero con esa seguridad de quien ha hecho esto más veces de las que puede contar… mientras yo, de pie a su lado, solo logro preguntarme cómo puede alguien parecer tan competente y a la vez tan ridículamente concentrado, como si estuviera resolviendo un crucigrama de alta tensión con un tornillo suelto.

Primero afloja las tuercas, girando la llave con un movimiento firme y preciso. Luego coloca el gato bajo el coche, justo en el punto de apoyo, y empieza a levantarlo. Sus manos trabajan con una rapidez casi mecánica: quita la rueda dañada, la aparta a un lado y encaja la nueva en un solo gesto. Vuelve a colocar las tuercas, ajustándolas en cruz para que queden perfectas, y baja el coche al suelo.

Todo en menos de cinco minutos. Yo flipando, claro. Un equipo de Fórmula 1 podría contratarlo como mecánico. Aunque, con lo terco que es, capaz que en una parada de boxes él se queda quieto y dice algo como: “dejadme en paz, que estoy con mi silencio ahora, dadme una vuelta más”.

Me quedo observando en silencio, sorprendida por lo natural que le sale. Hay algo en la forma en que se mueve, en su concentración, que me atrapa. No sé por qué, pero me gusta. Y, por primera vez desde que nos conocimos, siento algo extraño en el estómago. Una especie de cosquilleo que no esperaba.

Después nos detenemos en un pequeño pueblo escondido en el rincón más inhóspito del mundo. La parada es breve, pero yo me alejo más de lo que Gabriel considera “prudente”.

Él se queda junto al coche, revisando algo en el maletero, y yo sigo por una calle lateral. El pueblo parece detenido en el tiempo: fachadas desconchadas, un par de gatos cruzando la carretera, olor a madera húmeda, mezclado con la sombra verde de las hojas. También es un aroma fresco, resinoso, como si el aire estuviera impregnado de savia.

Entonces lo veo. Un mural enorme cubre la pared lateral de un edificio abandonado. No es un paisaje ni un retrato. Es una mezcla de colores y formas que parecen moverse si los miras mucho rato: rojos que se funden con dorados, manchas verdes que se convierten en olas azules, una mano apenas visible, unas alas incompletas, una curva que podría ser una sonrisa… o un horizonte.

—Bonito, ¿eh? —dice una voz detrás de mí.

Me sobresalto. Gabriel está ahí, con las manos en los bolsillos.

—Es… diferente.

Él lo mira de una manera extraña, como si lo conociera desde antes.

—No es diferente, es libre —dice.

—¿Tú entiendes de arte? —pregunto, medio en broma.

—Un poco —responde tras una pausa—. Conozco bastante bien a los dos locos que lo pintaron.

Lo miro, pero él aparta la vista hacia otra parte de la calle. Me pregunto si habla de artistas locales, amigos suyos o… no sé a qué se refiere exactamente.

No insisto. Seguimos caminando y, sin plan, nos topamos con una pequeña iglesia. La puerta está entreabierta. No parece haber nadie.

—Vamos a ver —propongo.

Dentro huele a madera vieja y cera apagada. La luz entra filtrada por las vidrieras, tiñendo el aire de azules, rojos y amarillos. Me siento en uno de los bancos delanteros, mirando cómo los colores cambian con cada nube que pasa frente al sol.

Aunque me da mal rollo todos estos sitios, no sé por qué, pero siempre me han llamado la atención.

Gabriel se queda atrás, muy atrás, sentado en la última fila. Baja la cabeza y murmura algo. Pienso que reza. Pero no. Lo escucho, muy bajo, apenas un hilo de voz:

—Lo siento.

No me atrevo a girarme. No sé si esas palabras son para alguien o si, en realidad, son para él mismo.

Salimos de la iglesia. El sol del mediodía nos golpea con calma, contrastando con la penumbra fresca del interior. Gabriel camina a mi lado, con las manos en los bolsillos, como si todo el mundo pudiera esperar a que él decidiera moverse. Yo, en cambio, siento que cada paso acelera un poco más mi curiosidad.

—¿Tienes sed? —me pregunta, sin mirarme del todo, pero con esa voz tranquila que siempre logra que quiera responder que sí.

Asiento y señalamos una pequeña cafetería en la plaza del pueblo. Las mesas están vacías, solo alguna sombra que se mueve lenta bajo los toldos. Pedimos dos refrescos y nos sentamos en un banco, disfrutando del aire tibio y de la sensación de que este lugar parece detenido en el tiempo. Gabriel juega con la pajita, dándole vueltas dentro del vaso, y yo lo observo como si fuera un misterio que quisiera descifrar.

Termino mi bebida más rápido de lo que esperaba. Dejo la botella vacía sobre el banco y me levanto con un pequeño propósito secreto: quiero un imán del pueblo. Siempre hago esto. En cada lugar, en cada parada, busco ese pequeño recuerdo que luego guardo en mi mochila. Es como un hilo invisible que une todos los sitios por los que pasamos.

—No tardes —me dice Gabriel, levantando la mirada por un segundo.

Sonrío sin responder y me adentro entre las calles estrechas. El camino de piedra y las miradas de algunos de los pueblerinos me sigue mientras camino hacia la tienda de souvenirs, pequeña, acogedora, con un mostrador lleno de imanes de colores y postales. Encuentro uno que me gusta: un dibujo sencillo de la iglesia que acabamos de visitar, con un toque de nostalgia que no puedo explicar.

Lo pago y lo meto con cuidado en mi mochila, entre libros, mapas y otros imanes que esperan su lugar definitivo. Cuando salgo, Gabriel me espera apoyado contra la pared, como si siempre supiera dónde voy a aparecer. Me sonríe. No dice nada, pero no hace falta: entiende mi ritual, lo acepta, incluso le parece simpático.

—¿Lista para seguir? —pregunta.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 24.05.2026

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