“Paredes”
Stellan
La tormenta comenzó tímida, como si dudara en instalarse. Primero un murmullo en la distancia, después un golpe seco de viento que hizo crujir la estructura de la vieja fábrica. El techo metálico amplificaba cada gota hasta convertirla en un tambor constante.
Estábamos cenando cuando la luz parpadeó. Una vez, otra, y se apagó, como un suspiro que deja la habitación vacía. Nos quedamos en silencio, escuchando solo la lluvia y algún trueno lejano que parecía abrir el cielo en dos.
Fui a por las velas. El olor a cera encendida se mezcló con el aroma de la sopa aún caliente. La llama proyectaba sombras que se estiraban y encogían sobre las paredes llenas de dibujos; los trazos de carbón y las manchas de pintura parecían moverse, cobrar vida. Me sentí como dentro de un cuadro que respiraba.
Emma se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros. Rebuscó en su mochila hasta sacar un montón de papeles arrugados: planos manchados de café, croquis de edificios imposibles, servilletas con dibujos apresurados.
—Vamos a construir una casa de papel —dijo con una sonrisa traviesa, como si me estuviera invitando a un secreto.
Me senté frente a ella, la rodilla rozando la suya. Sus dedos trabajaban con una precisión casi ceremoniosa, doblando esquinas, marcando pliegues. Yo intentaba imitarla, pero mis paredes siempre se vencían. Nos reíamos cada vez que un tejado se derrumbaba y teníamos que empezar de nuevo.
Fuera, el viento gemía y el agua corría por los canalones como un río desbordado. Dentro, nuestra burbuja estaba hecha de calor, luz dorada y el sonido suave del papel al plegarse. Emma, sin darse cuenta, canturreaba versos de una canción que desconocia por completo. Creo que nunca la he llegado a escuchar; yo la seguía en un murmullo torpe, sin entender la letra pero reconociendo la melodía despues de estar escuchándola por décima vez. Era como ese video de tik tok que te sale cien veces y que al final se te mete en la cabeza y no llegas a sacarte.
Cuando colocó la última pieza, su cabello caía hacia adelante y la luz de las velas le iluminaba el rostro como si fuera una pintura antigua. Me encontré mirándola más tiempo de lo que debería, memorizando la curva de su sonrisa, el destello de sus ojos oscuros, la sombra que dibujaban sus pestañas sobre la mejilla.
—Si todo se derrumbara —dije, antes de que el momento se escapara—, yo volvería a este sitio contigo aunque solo quedarán las paredes.
Ella no contestó. Solo me miró, y en ese silencio había más verdad que en cualquier promesa.