Donde empieza el invierno

38

“Fiordos”

Gabriel

Llegamos al embarcadero con tiempo de sobra. El ferry estaba en los planes desde el principio: era la forma más directa de cruzar esta zona de fiordos antes de llegar a Alta. Aun así, al ver el barco esperándonos, tan grande y silencioso en el muelle, siento una pequeña emoción que no esperaba.

Siguiendo las indicaciones, aparco el coche en la zona asignada, junto a una fila de vehículos que ya esperan para la travesía. El metal del suelo vibra levemente bajo las ruedas. Apago el motor y nos bajamos. El aire aquí huele a sal y a metal húmedo.

—Vamos arriba —le digo, y empezamos a caminar por la rampa metálica que lleva a la cubierta de pasajeros. Cada paso suena hueco, mezclándose con el crujido lejano de las amarras tensándose.

Arriba, el viento es frío pero limpio. Desde aquí los fiordos se ven inmensos: paredes de roca que se alzan a ambos lados, coronadas por nieve y atravesadas por cascadas que parecen hilos de plata. El agua, oscura y profunda, refleja un cielo de nubes en movimiento.

—No sabía que podía hacer tanto frío en marzo —dice Lara, encogiéndose dentro de su chaqueta.

—Esto es calor para los de aquí —respondo, sonriendo.

—Entonces debo de ser del sur del sur —replica, y se frota las manos.

Nos apoyamos en la barandilla. Ella me señala una de las cascadas.
—Mira, parece que baja desde el cielo.
—Sí… aunque imagino que tú lo ves todo así —le digo.
—¿Así cómo?
—Como si fuera un escenario. Algo que contar.

Ella se encoge de hombros, pero sonríe. Y durante un rato, solo escuchamos el viento y el motor del barco.

Cuando las casas de Alta empiezan a dibujarse a lo lejos, rompo el silencio:

—Cuando lleguemos, te dejo donde te vayas a quedar.

—Tengo un hostal reservado para la primera semana. Después… ya veré dónde me instalo —responde sin apartar la vista del horizonte.

—Si quieres, puedes quedarte en mi apartamento. Al menos hasta que encuentres algo. Tengo habitaciones de sobra.

Ella se gira despacio hacia mí, con una ceja arqueada.

—¿Estás siendo amable?

No puedo evitar reírme.

—Pasa de vez en cuando. No te acostumbres.

Ella suelta una risa breve y vuelve a mirar el agua. El ferry empieza a desacelerar, y las gaviotas nos sobrevuelan gritando como si anunciaran nuestra llegada. Alta está ahí, esperándonos.

—¿Y tú vives solo? —pregunta al cabo de unos segundos.

—Sí.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Cómo qué?

—Que hables poco. Que parezca que te cuesta compartir el aire —dice, girándose hacia mí con media sonrisa.

—No me cuesta. Solo elijo con quién.

—Ah, vale. Así que soy una elegida —bromea.

—No exageres. Solo te ofrezco un techo —respondo, pero no puedo evitar que se me escape otra sonrisa.

Ella me observa, como si buscara algo detrás de mis palabras.

—¿Y no te da miedo?

—¿Miedo?

—Dejar entrar a alguien que apenas conoces. Podría ser una psicópata.

—Podrías —digo con calma—. Pero ya pasamos una tormenta de nieve juntos. Si querías matarme, era mejor momento.

Lara ríe con fuerza.

—Tenías frío. No quería ser cruel.

El ferry toca el muelle con un leve golpe. Las vibraciones recorren el suelo metálico y un pitido anuncia que podemos volver a los coches. Ella sigue mirándome, más seria ahora.

—Gracias por ofrecerlo, de verdad. No sé si aceptaré, pero… se agradece.

—No hay prisa. Solo piénsalo. Alta no es un sitio fácil si no conoces a nadie.

—¿Y tú conoces a alguien?

—No mucha gente. Alguna que otra.

—Entonces estamos casi empatados porque eso para ti no es conocer a gente —Hace una pausa, suave—. Quizá eso lo haga más fácil.

Durante unos segundos ninguno dice nada. El ferry termina de amarrar y el murmullo de los pasajeros llena el aire.

Ella se separa de la barandilla y se encamina hacia la rampa. Antes de bajar, se gira.

—Si me quedo en tu apartamento, tengo que advertirte de algo.
—¿Tan grave es?
—Depende. —Hace una mueca divertida—. Soy sonámbula.
—¿Y qué haces cuando caminas dormida?
—Nada peligroso… creo. A veces solo hablo o abro puertas. Una vez intenté hacer una tortilla.
—¿Y cómo salió?
—No lo sé, me desperté cuando ya estaba comiéndola.

Me río, y ella también. El viento le despeina el flequillo y por un instante parece más niña que nunca. —Entonces ya sé qué comprar mañana —digo. —¿Candados para la cocina? —Sí. O una cámara de seguridad. Ella ríe otra vez y, por un momento, el aire entre nosotros se siente más cálido que el sol que apenas asoma sobre nosotros. Sus ojos dicen otra cosa. Algo que no alcanzo a entender del todo. Quizá ni ella lo sepa todavía.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 24.05.2026

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