“Ofertas”
Lara
El ferry ha tardado apenas veinte minutos en cruzar el tramo de fiordos que nos separa de Alta. Parece poco tiempo para tanta belleza, pero en ese corto trayecto he tenido espacio para pensar, para sentir ese cosquilleo nervioso que siempre aparece cuando algo nuevo está por comenzar.
El barco reduce la velocidad y el motor se vuelve más suave, casi un susurro. Las casas de madera con techos rojos empiezan a acercarse, marcando el final del viaje. Gabriel me da un leve empujón para que nos preparemos para bajar.
Nos ponemos en pie y caminamos hacia la rampa metálica que conecta la cubierta con el muelle. El suelo vibra bajo mis botas y el olor salino se mezcla con la humedad de la mañana. La gente se mueve con calma, como si todos compartiéramos esa sensación de alivio y expectativa.
—Me gustaría buscarme algo para sacarme un dinero —le digo a Gabriel sin mirarlo, mientras bajamos la rampa.
Él se detiene un instante, mira el agua y luego se gira hacia mí.
—Conozco a alguien —responde con su voz tranquila.
—¿Ah, sí?
—Tiene una librería. El turno sería por las tardes. Hace unas semanas cuando sabía de mi presencia me dijo que si estaba interesado pero yo no me veia preparado. Al menos aun no. La última noticia que tengo es que sigue buscando a alguien. Ya sabes que en Alta no vive tanta gente para que sobre los candidatos a trabajar. No hay que hacer mucho, solo estar allí, mantener la puerta abierta y… tener buena imagen.
Le lanzo una mirada de reojo.
—¿El hombre de hielo me está haciendo un cumplido?
No sonríe, pero sus ojos parecen hacerlo por él.
—Si estás interesada, podrías empezar cuando quisieras. Es una chica que quiere tomarse un descanso y busca a alguien que la cubra unas semanas.
Me quedo pensando un momento, cruzando los brazos.
—¿Y solo es eso? ¿Estar y… verme bien?
Se encoge de hombros con una leve sonrisa.
—En teoría, sí. Aunque supongo que también tendrás que saber dónde está cada libro… o al menos fingirlo.
Me río y vuelvo a mirar el puerto que ahora tenemos a nuestros pies, sintiendo cómo este lugar empieza a ser un nuevo capítulo en mi vida.
Una gaviota se posa en la barandilla a pocos metros de nosotros y me observa fijamente.
—Parece que hasta las gaviotas me están haciendo entrevistas de trabajo —bromeo.
Gabriel niega con la cabeza, pero esta vez su sonrisa es sincera.