“Entre la ventana y el abismo”
Stellan
Emma estaba junto a la ventana del salón. La luz gris de la tarde entraba a través del cristal empañado y le dibujaba un contorno suave, casi frágil. Tenía los brazos cruzados, el cuerpo ligeramente girado hacia fuera, como si cualquier palabra mía pudiera empujarla un paso más lejos.
—No sé qué te pasa últimamente —dijo, sin mirar- me—. Es como si estuvieras… lejos. Como si todo lo que digo rebotara contra una pared invisible que has puesto entre nosotros.
Cada sílaba me golpeó más fuerte de lo que quise admitir. No había gritos, no había acusaciones abier- tas… y eso lo hacía peor. Porque la calma en su voz era el tipo de calma que precede a una tormenta.
Yo no respondí de inmediato. El reloj del pasillo mar- caba los segundos con un tic seco que parecía burlarse de mi silencio. Sentía cómo la frustración me subía desde el estómago hasta la garganta, pero no era contra ella. Nunca contra ella. Era contra mí, contra esta incapacidad mía de mantener a salvo a las personas que amo.
—No es eso —dije al fin, buscando un tono neutral que no sonara a excusa—. Es… complicado.
Emma se giró despacio. Sus ojos me buscaron, y cuando los encontré, vi algo más que enfado: vi una decepción que me atravesó como un cuchillo.
—¿Complicado? —repitió—. Lo único que quiero es entenderte, Stellan. Pero cada vez que me acerco, te escondes más.
Apreté la mandíbula. Me habría resultado más fácil que me gritara, que me lanzara cualquier acusación irracional, porque al menos eso podría responderlo. Pero lo que me decía era verdad, y lo que no podía decirle… también.
Tragué saliva, sintiendo el peso de todas las cosas que me callaba. La imagen de aquello que más temía perder se me incrustó en la mente, como una fotografía que no puedes arrancar aunque quieras.
—No se trata de ti —susurré, con una voz tan baja que dudé que me oyera.
Emma dio una risa breve, sin humor.
—Entonces se trata de algo que no quieres contarme.
No supe qué responder. Lo que ella no entendía es que contarle la verdad no cambiaría nada… salvo para peor.
El silencio se extendió entre nosotros como una cuerda tirante a punto de romperse. Podía oír su respiración, medida, controlada, como si también estuviera librando su propia batalla por no decir algo de lo que luego se arrepintiera.
Ella volvió la mirada hacia la ventana. Afuera, el cielo se había vuelto de un gris más oscuro, y una ráfaga de viento golpeó el cristal, haciéndolo vibrar. Quise acercarme, pero mis pies parecían anclados al suelo. Y aunque cada fibra de mi cuerpo me pedía que cerrara la distancia, mis propios fantasmas me ataban con más fuerza de la que podía romper.
La conversación quedó flotando, sin resolución, como una herida que ninguno de los dos estaba dispuesto a curar.