Donde empieza el invierno

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“Entre mantas y secretos”

Lara

La casa es… curiosa. No en plan “tiene un fantasma en el sótano” —al menos eso espero—, sino en ese estilo rústico que te hace sentir como si hubieras entrado en una postal navideña de los años ochenta.

Camino detrás de Gabriel, intentando seguirle el ritmo. Él se mueve como si conociera cada milímetro de este sitio de memoria, y yo me quedo atrás, mirando detalles.

Primero, una manta doblada en el sofá. Suave, de esas que invitan a envolverte hasta parecer un burrito humano. Luego, un cepillo de pelo apoyado junto a la ventana. Nada raro… hasta que mis ojos se detienen en una taza sobre la mesa. Blanca, con letras negras: Emma.

Emma.

No sé quién es. No pregunto.

Pero mi cerebro ya está haciendo malabares con hipótesis: novia, hermana, madre… aunque el tono de las letras y el desgaste de la taza gritan algo más íntimo. Y justo cuando creo que ya he dejado de mirar, veo una agenda. La tapa tiene unas flores dibujadas a mano, y por alguna razón me da la sensación de que dentro no hay listas de la compra, sino pensamientos de alguien que escribía mucho.

Siento una punzada rara en el pecho. Curiosidad mezclada con… respeto, supongo. Como si acabara de abrir una puerta invisible a la que no me invitaron.

Gabriel me interrumpe, entregándome un par de toallas limpias.

—El baño está al fondo, la calefacción está encendida y si necesitas más mantas, están en el armario del pasillo —dice, con esa amabilidad que a él le sale medida, como si tuviera un límite diario de sonrisas que no puede sobrepasar.

—Gracias —respondo, intentando sonar normal, como si no acabara de fichar una taza con nombre propio.

Seguimos caminando y me enseña mi habitación. Cama grande, sábanas que huelen a suavizante y una lámpara que parece más cara de lo que me atrevería a encender. Pero hay otra puerta al fondo del pasillo. No dice nada de ella. Así que, cuando tengo un momento, me acerco.

La habitación es distinta al resto. Muy distinta. Las paredes están cubiertas de dibujos enmarcados: rostros, manos, paisajes. Todos con trazos intensos, como si quien los hizo hubiera querido arrancar algo de dentro y pegarlo ahí. En una esquina hay estanterías con pequeñas estatuas: figuras abstractas, animales deformados, una sirena con alas. El aire huele a polvo y madera vieja, con un fondo tenue de pintura seca.

La luz entra tamizada por una cortina fina, creando un ambiente extraño, casi onírico. No es una habitación para vivir; es una habitación para sentir. Y yo… siento algo que no sé poner en palabras.

No sé si es fascinación, incomodidad o las dos cosas juntas. Pero lo que sí sé es que, en este momento, me gustaría saber quién demonios es “Emma”.

Decido darme la vuelta antes de que Gabriel me pille. Miro de nuevo a mis manos y como ya he dejado la mochila en lo que va a ser provisionalmente mi habitacion y tengo las toallas en la mano decido ir a pegar- me una ducha o un baño dependiendo de lo que haya dentro.

El pasillo no es muy largo pero si no te conoces la casa te puedes incluso llegar a perder. De hecho no sé dónde se encuentra Gabriel desde que me ha dado las toallas. Pero decido no pensarlo porque seguramente necesita algo de tiempo para estar solo.

Cuando abro la puerta del baño me encuentro con una bañera bastante grande, en forma de ovalada. La bañera ocupa casi toda la pared del fondo, blanca pero con pequeñas marcas de cal que brillan bajo la luz amarillenta del foco. A un lado, el lavabo rebosa de objetos: un cepillo con algunos cabellos atrapados, un tubo de pasta de dientes a medio apretar, un frasco de colonia que parece llevar años ahi. Encima del espejo, la bombilla parpadea a ratos, como si dudara entre apagarse o seguir resistiendo.

El vater está encajado en el rincón, con la tapa levantada y una toalla colgando sobre él, olvidada. Los armarios pequeños de madera clara se abren con dificultad. Podrian parecer nuevos desde fuera pero parece que llevan muchas duchas cuando los tocas. Dentro hay de todo: caja de medicamentos empezados, botes de champú repetidos, un secador enredado en su propio cable. Entre todo eso destacan los objetos más personales, un estuche de maquillaje abierto, una laca de uñas roja que gotea sobre el estante hace ya muchos meses y que nadie ha llegado a limpiar en todo este tiempo. También hay algodones con restos de pintura de labios.

El aire huele a una mezcla de humedad y jabón barato, con un toque dulce, casi imperceptible, de crema corporal. Es un desorden íntimo, de esos que hablan de la vida diaria sin necesidad de palabras.

Cierro la puerta del baño y me quedo un momento quieta, escuchando el silencio que se mezcla con el goteo intermitente del grifo. Empiezo a quitarme la ropa despacio, dejando que cada prenda caiga sobre la banqueta. Cuando porfin estoy desnuda, me miro en el espejo empañado, apenas distingo mi reflejo, solo una silueta borrosa que me observa desde el otro lado.

Abro el grifo y el agua golpea la bañera con un murmullo constante. Paso la mano por la corriente para comprobar la temperatura. Cuando noto el calor justo, me meto bajo ella. El primer contacto me recorre la piel con un escalofrío que me eriza entera, y cierro los ojos para dejarme envolver por la cascada.

El agua baja por mis hombros, me acaricia la espalda y se escucha hasta los pies. Inclino la cabeza y siento como empapa mi cabello, haciendolo pesado, pegado al rostro. Respiro hondo, cada gota parece arrastrar el cansancio del día, borrando lo que pesa.

Alargo la mano hacie el gel, lo vierto en mi palma y lo extiendo despacio por mi piel. La espuma blanca se forma entre mis dedos y pronto el agua la hace desaparecer, llevándose con ella todo resto de impureza. El aroma fresco llena el aire húmedo y me hace sentir ligera.

Me quedo un instante quieta bajo el chorro, disfrutando del calor, del sonido suave que ahora me rodea como un murmullo secreto. Todo lo demás queda lejos, tras la puerta. Aquí solo estoy yo, el agua y este silencio.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 14.06.2026

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