“Un baile imperfecto”
Gabriel
La convivencia empieza sin manual de instrucciones. Nadie nos explica cómo juntar dos mundos tan distintos bajo el mismo techo. Supongo que ambos pensamos que sería sencillo… y supongo que ambos nos equivo- camos.
Lara lleva tres días aquí y mi casa ya no es mi casa.
Antes, si dejaba las llaves en la mesa, las encontraba en el mismo sitio. Ahora, pueden aparecer en el sofá, en la encimera de la cocina o en un bolsillo de su chaqueta “porque ahí me venían mejor”. La mesa del salón tiene migas y un vaso de agua olvidado desde ayer. El pasillo huele a café a las siete de la tarde, y mi cocina… mi cocina parece la escena de un crimen gastronómico.
—¿Tú limpias mientras cocinas? —le pregunté ayer, observando la montaña de cucharas, cáscaras, bolsas abiertas y harina esparcida como si hubiera nevado bajo techo.
—No, yo creo en la libertad de expresión culinaria —contestó, con una media sonrisa.
—Eso no es libertad, es una guerra.
—Una guerra deliciosa —añadió, probando la salsa con el dedo… y luego ofreciéndome para que probara yo.
No sé si la salsa estaba buena o si simplemente era ella, mirándome así, tan cerca.
El primer día apenas hablamos. Ella en el salón, viendo series y escribiendo en su portátil, yo encerrado en mi estudio intentando concentrarme… con la música que ponía de fondo colándose bajo la puerta. Una mezcla imposible de reggaetón, jazz y algo que juraría era música balcánica.
El segundo día ya había invadido el baño: toallas colgadas de cualquier forma, frascos de crema desper- digados por la repisa, y su perfume flotando en el aire, como si me recordara que aquí ahora hay vida. Por la noche, cenamos en silencio. Un silencio distinto al que solía tener. Antes era vacío. Ahora… es como si estuviera lleno de algo que no sé explicar, pero que me tiene más atento de lo que debería.
Hoy ha nevado otra vez. Pasamos la mañana intentando encender la chimenea. Lara insistía en soplar las brasas como si fueran velas de cumpleaños.
—Vas a apagarlas —le dije, quitándole el fuelle.
—No, las estoy motivando.
—No son personas.
—Pues yo creo que sí me entienden —y me sonrió como si estuviera hablando de mí, no del fuego.
Cuando las llamas subieron, me dio un aplauso exagerado y, al pasar junto a mí, dejó la mano en mi hombro un segundo más de lo necesario. O yo quise creerlo.
Por la tarde, cocinamos juntos. Bueno… cocinó ella, yo fui el ayudante torpe que trocea cosas y recibe órdenes. Me pidió “cortar la cebolla finita” y cuando vio el resultado, me dijo que parecía “arquitectura de guerra”.
—Es que me desconcentras —le respondí, y fue la primera vez que me miró sin bromear.
—Pues imagínate si me pusiera en serio… —dijo, y siguió cocinando como si no hubiera soltado nada.
Por la noche, me preguntó si me estaba costando dormir solo en mi habitación. Ya que durante toda la semana que estuvimos de viaje practicamente dormimos juntos o en la misma habitación o coche. No le respondí con sinceridad. Le dije que no, que todo iba bien. La verdad es que me está costando… pero no como pensaba. Me cuesta porque llegue a acostum- brarme a sus ruidos, a su olor, a su desorden… y a la forma en que a veces me rozaba sin querer.
Podría decir que nuestra convivencia es un baile imperfecto. Yo doy un paso hacia el orden, ella hacia el caos. Yo cierro una puerta, ella abre una ventana. A veces chocamos, a veces giramos juntos. El ritmo no es el mío, pero la música… la música ya no me deja indiferente.
Despues de estos tres dias y mientras Lara está empezando su primer día en la residencia decido ir a dar un paseo por Alta. Quiero sentir la brisa golpeando directamente el rostro.
El aire huele a tierra húmeda después de la lluvia y las calles, medio vacías, parecen guardar los mismos secretos de siempre. Camino sin rumbo fijo hasta que, casi sin pensarlo, me detengo frente a un bar. Es el bar con mas solera de toda la zona y lo ampara sus mas de sesenta años que lleva abierto. El viejo bar de siempre. La fachada sigue igual, sigue igual a como lo recordaba. La pintura descascarada, cartel medio torcido, la puerta que cruje con sólo mirarla. Hace años que no ponia un pie aquí.
Empujo la puerta y entro. El olor a madera vieja y a cafe requemado me golpea de golpe, como si el tiempo no hubiera pasado. Miro alrededor, algunas caras nuevas, otras que me suenan de lejos. Me siento extraño, como si estuviera entrando en una versión guardada de mi pasado.
De repente, alguien me llama por mi nombre:
—¿Gabriel? ¡No puede ser!
Me giro y ahi está. Ruben. El mismo de siempre, aun- que con más canas y un par de arrugas en la frente. Me sonríe como si el tiempo no hubiera contado.
—Ruben… —digo, sorprendido—. Vaya, no me esperaba encontrarte aquí.
Él suelta una carcajada y se acerca a darme un abrazo fuerte.
—¡Y yo menos a ti! ¿que haces aquí? ¿tan pronto? pense que ni te dejarías ver hasta dentro de unos meses, si acaso.
—Las cosas cambian —respondo encongiendome de hombros—. Decidi venir antes de lo planedo.
Ruben me mira de arriba abajo, como si intentara leer en mi todo lo que no estoy diciendo.
—¿Y que tal estás? —pregunta con un tono más serio—. Porque, siendo sincero, no pareces el mismo chaval de antes.
—Supongo que no lo soy —respondo, esquivando su mirada por un instante—. Han pasado muchas cosas.
Se queda en silencio un momento y luego asiente.
—Ya me lo imagino… ¿y como viniste hasta aquí? ¿en coche, en tren?
—En coche, ha sido un viejo largo pero necesitaba hacerlo —contesto.
Ruben sonríe otra vez, aunque sus ojos conservan un matiz de nostalgia.
—Pues me alegro, de verdad. No sabes lo que me alegra verte aquí, en este bar de siempre. Quien lo diria… parece que el tiempo da vueltas y nos trae de regreso.
Nos reimos los dos y por un instante, siento que nada ha cambiado.