Donde empieza el invierno

45

La librería

Lara

El frío de Alta se me mete por las mangas, aunque camino rápido detrás de Gabriel. Apenas llevamos dos días aquí y todavía no me acostumbro a que el aire sea tan distinto, tan limpio y tan duro al mismo tiempo. Cada vez que respiro, siento como si mi pecho se ensanchara y, al mismo tiempo, me recordara que estoy muy lejos de casa.

Gabriel camina unos pasos por delante, con las manos en los bolsillos y ese aire suyo de quien parece no tener prisa, pero tampoco dudas. Yo, en cambio, sigo mirando todo: las casas de madera pintadas de colores, las calles tranquilas, las luces encendidas a pesar de que todavía es temprano. Hay algo en esta ciudad que parece contenido, como si hablara en voz baja. Puedo llegar a notar incluso la brisa que se adentra del mar que nos rueda. Es única y especial. Pese a las bajas temperaturas no se llega a congelar, es como si eso no fuera con él.

—¿A dónde vamos? —pregunto, acelerando para ponerme a su altura.

Él no responde enseguida. Solo señala con la barbilla hacia un local con un gran ventanal repleto de libros apilados en torres desordenadas. El letrero de madera, un poco gastado por el clima, anuncia el nombre en noruego, con letras doradas que brillan débilmente bajo el sol tímido de la tarde.

—La librería de la que te hablé —dice al fin.

Mi estómago da un vuelco. Lo había mencionado de pasada, como quien no da demasiada importancia al asunto. “Quizá necesiten a alguien unas horas”, había dicho cuando llegábamos aquí. Yo asentí sin pensarlo mucho, pero ahora que estoy delante, siento que la realidad me pesa de golpe. No sé si sabré estar a la altura, si entenderé a la gente, si encajaré aquí.

Entramos. Un timbre suave suena sobre la puerta, como una campanita discreta. Dentro, el olor a papel viejo y a madera encerada me envuelve como una man- ta. Es cálido, acogedor, como si el tiempo aquí fuera más lento. De repente me imagino pasando horas en- tre esos estantes, tocando portadas, ordenando, respirando ese aroma que siempre me ha dado calma.

Detrás del mostrador hay una mujer de unos cincuenta años, con gafas colgando de una cadena y una sonrisa contenida. Levanta la vista en cuanto nos acerca- mos.

—Gabriel —dice en inglés, y luego cambia al noruego. Hablan un par de frases rápidas que no entiendo del todo, pero noto en el tono la familiaridad de quien se conoce desde hace tiempo.

Gabriel me hace un gesto con la mano, indicándome que me acerque.

—Ella es Lara —me presenta—. La chica de la que te hablé.

—Es más guapa en persona de como me la imaginaba.

La mujer me observa con atención, como quien evalúa no solo lo que ve, sino también lo que escondo. Me pregunta directamente sin rodeos:

—¿Tienes experiencia?

Trago saliva.

—He trabajado en un supermercado, en la sección de cajas. No es lo mismo, lo sé… pero me gustan los li- bros. Aprendo rápido.

Asiente, sin perder esa mirada inquisitiva.

—¿Hablas noruego?

—Todavía no, pero estoy estudiando algunas frases. Puedo defenderme en inglés —de momento estoy haciendo muchos méritos para que no me seleccione.

Ella suspira, como si estuviera sopesando pros y contras. Me hace más preguntas: por qué vine a Alta, si estoy estudiando, cuántas horas tendría libres. Contesto con la mayor claridad que puedo, aunque siento que cada palabra se queda flotando demasiado tiempo en el aire.

Por fin, después de un silencio que me resulta eterno, sonríe un poco más amplia.
—Podemos probar. Cuatro horas al día, de cuatro a ocho. No es un gran salario, pero tendrás algo de dinero extra.

Siento que algo me enciende el pecho por dentro, como un fuego chiquito pero real.

—¡Sí, claro! Muchísimas gracias.

Ella asiente y anota algo en un cuaderno. Gabriel me mira de reojo, con una media sonrisa que casi parece orgullo, aunque enseguida la esconde mirando hacia otro lado.

Cuando salimos de la librería, el aire frío me golpea otra vez, pero ahora no me importa. Camino ligera, casi con una sonrisa que me cuesta contener. Como si fuese una niña pequeña que ha conseguido aquello que se ha propuesto.

—Bueno —digo, mientras lo sigo—, parece que tengo trabajo.

Él asiente, con su calma de siempre.

—Te vendrá bien —tres palabras, ni dos ni cuatro. Cada día que paso a su lado tengo más claro que le cobran por palabras.

Lo dice sin más, como si fuera obvio, pero yo siento que detrás hay algo más. Como si en silencio me estuviera diciendo: “te irá bien aquí”.

Y lo sé. No es mucho dinero, pero me hará sentir útil, independiente. Tal vez pueda ahorrar un poco, comprarme algo que necesite o simplemente darme el lujo de tomar un café caliente en alguna cafetería sin sentir culpa. Más que nada, me dará un motivo para estar aquí que no dependa solo de mis prácticas en la residencia.

Mientras seguimos caminando, pienso que, por pri- mera vez desde que llegué a Alta, empiezo a sentir que este lugar puede ser un poco mío también. Que tal vez no solo he venido a aprender en la residencia, sino a descubrir cómo se siente construir un pedacito de vida en un sitio que no esperaba.

Miro a Gabriel, que camina en silencio, como si no necesitara decir nada más. Y aunque él no lo sepa, en este momento siento que me ha regalado algo muy va- lioso: un punto de partida.

Pienso que Gabriel no tenía porqué hacerlo. Podría haberse limitado a dejarme en el hostal que había reservado y ya, a cumplir con lo justo, a no involucrarse más. Pero no. Me trajo aquí, me abrió una puerta que yo sola no me habría atrevido a empujar. Y eso, aunque no lo diga en voz alta, significa mucho.

Lo miro de reojo, con ese gesto serio que parece su manera de estar en el mundo. Enfadado, modo renegón activado. Y me doy cuenta de que, detrás de su silencio, hay una forma distinta de cuidar. No con palabras bonitas ni promesas, sino con actos pequeños, concretos, que cambian mis días sin que yo me dé cuenta.



#3123 en Novela romántica
#119 en Joven Adulto

En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 14.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.