Donde empieza el invierno

48

“La herida bajo el hielo”

Gabriel

La carretera hacia la residencia se estira delante de nosotros como una línea negra que atraviesa la nieve. Apenas hay farolas, solo los destellos intermitentes del coche al pasar. Alta se esconde bajo un manto blanco y un cielo que parece tragarse cualquier resto de color. El motor zumba, constante, y el aire caliente de la calefacción empaña un poco los cristales. Aun así, noto cómo me sudan las manos en el volante. No es por el frío, es por ella. Por la pregunta que todavía no ha hecho, pero que sé que está al borde de sus labios.

Lara va a mi lado, recogida en su abrigo, con la cara iluminada a ratos por las luces de la carretera. La miro de reojo y parece que lleva un rato dándole vueltas a algo. Sus manos juegan nerviosas con el cinturón de seguridad. Yo la conozco ya lo suficiente: cuando se muerde el labio inferior y ladea la cabeza así, está a punto de soltar algo grande.

Y lo suelta.

—Gabriel… —su voz rompe el silencio del coche como un cristal que se estrella—. ¿Quién es Emma?

El nombre resuena en el habitáculo y siento como si me hubieran dado un golpe en el pecho. Mis manos aprietan el volante con más fuerza. El coche sigue recto, dócil, pero por dentro todo se tambalea.

Silencio. Ella espera. Yo no respondo. Al menos quiero dejar pasar unos segundos para encontrar las mejores palabras.

El zumbido del motor se vuelve insoportable, como un eco que me taladra los oídos. Quiero decir algo, cualquier cosa, pero la garganta se me cierra. Mi primera reacción es huir, como siempre que alguien se acerca demasiado a ese lugar donde guardo lo más doloroso de mí. Pero Lara no aparta la mirada. La siento clavada en mi perfil, como una lámpara que me desnuda.

—Lo vi en tu casa en una taza… —continúa ella, más suave, como si tuviera miedo de romper algo—. Hay cosas de mujer en el baño. Necesito saberlo.

Me muerdo el interior de la mejilla. Bajo un poco la velocidad. No puedo seguir fingiendo.

Trago saliva y asiento, apenas un gesto, como si mi cabeza pesara toneladas.

—Emma… —mi voz se quiebra con su nombre. Me obligo a repetirlo, más bajo—. Emma era…

Me detengo. El aire me duele al entrar. Respiro.

—Era… mi pareja.

El silencio que sigue es aún más pesado. No quiero mirarla, pero al final lo hago. Sus ojos se abren apenas, pero no hay juicio en ellos, solo sorpresa y… ternura. Esa ternura me desarma más que cualquier reproche.

Sigo hablando, porque si me callo ahora nunca seré capaz de continuar:

—Era de aquí, de Alta. El viaje… este viaje que estoy haciendo… lo planeamos juntos.

Las palabras me salen despacio, como si fueran piedras que arrastro con la lengua.

—Queríamos venir, recorrer cada sitio, llegar hasta aquí. Era su sueño. Me lo repitió tantas veces que se me grabó como un mapa en la piel.

Una risa breve y amarga me escapa de los labios, sin humor.

—Pero ella… —la frase se ahoga. Miro la nieve acumulada en los laterales de la carretera, como si ahí pudiera esconderme—. Ella enfermó. De cáncer. Y ya no… ya no pudimos.

Me callo un segundo, siento un nudo subiendo. El volante tiembla bajo mis manos.

—Antes de morir, me pidió que viniera igual. Que lo hiciera por los dos. Me quedé vacío después de eso. Durante meses no supe qué hacer con mi vida. Todo me recordaba a ella: su cepillo en el baño, su taza en la cocina, su perfume aún flotando en el pasillo.

Y bebía. Al principio una copa por las noches, para dormir. Luego una botella entera, para no pensar.

No era que quisiera olvidarla, era que no soportaba recordarla tan viva en una casa donde ya no estaba.

Hubo días en los que no me reconocía ni yo mismo. Dejé de pintar, de salir, de hablar con nadie. Solo el ruido del hielo al chocar contra el vaso me mantenía despierto, como si cada golpe me recordara que seguía aquí, aunque no supiera por qué.

Supongo que tocar fondo fue lo único que me obligó a volver a mirar hacia arriba.

Y entonces pensé en su promesa. En este viaje. En lo que le debía.

Me llevó meses salir de ahí. Hubo un punto en el que ya no podía más. Mis amigos me obligaron a buscar ayuda, y terminé en tratamiento. No era fácil admitirlo, pero necesitaba que alguien me enseñara a volver a respirar sin una botella cerca. Aprendí a dejar de beber, a poner un pie delante del otro aunque el suelo siguiera temblando. Pero el problema es que eso solo sirve para el alcohol. No hay terapia, ni pastillas, ni grupos de apoyo para olvidar a alguien. Nadie te enseña qué hacer con los recuerdos cuando el amor sigue ahí, intacto, como si el tiempo no sirviera de nada.

La confesión queda flotando en el aire del coche. Me siento desnudo, vulnerable. Como si acabara de abrir la puerta de un cuarto que llevaba años cerrado.

Lara no dice nada. Solo me observa, y por primera vez soy yo el que no soporta ese silencio.

—Yo… —mi voz se parte otra vez. Respiro hondo, forzándome a no quebrarme del todo—. Yo le prometí que lo haría. Y aquí estoy.

Aprieto el volante y noto cómo se me humedecen los ojos. Odio llorar delante de nadie. Pero ahora no puedo evitarlo.

Ella rompe el silencio con una suavidad que me sorprende:

—Gabriel… —me llama, como si acariciara mi nombre—. Gracias por contármelo. Ahora me siento bastante mal por habertelo sacado. Tendría que haber salido de ti cuando estuvieses preparado. Lo siento.

Giro un poco la cabeza, la miro apenas un instante. Hay lágrimas en sus ojos también.

—No pasa nada, no es fácil —confieso, con un hilo de voz.

—Lo sé —responde ella. Y me sonríe. Una sonrisa triste, comprensiva, que me atraviesa entero.

El coche sigue rodando, y durante unos minutos nadie habla. Solo el ruido del motor y el golpeteo del viento contra las ventanillas. Pero algo ha cambiado: el secreto ya no pesa sólo sobre mí. Lo comparto con ella.

Me atrevo a soltarlo del todo:



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 05.07.2026

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